Roma (2018) es una película que deja sentimientos encontrados. En hermosa, sí; desde el inicio hasta el final, la fotografía es magnífica, la recreación, cada detalle de la casa de sus protagonistas, el cine, la playa. La presencia del agua es fundamental, su carga simbólica. El agua abre y antecede el cierre de la película. A partir de ahí, cuando las heridas han sanado, cuando se ha perdonado, se puede llegar al cielo, como vemos en la última toma. Entonces, recobramos la fuerza y la vida puede continuar.

Si pensamos en esta cinta como un entramado, diremos que cada punto está debidamente unido, soldado. No hay pormenor que falte o esté de más. La banda sonora extradiegética no hizo falta; bastó, la intradiegética, marcada por los éxitos del México de ese momento, los años 70. Está situada en la colonia Roma, cerca del centro de la ciudad, en Ciudad de México. En dicha colonia vive esta familia formada por la señora Sofía (Marina de Tavira), su marido médico y sus cuatro hijos. Ahí trabaja Cleo (Yalitzia Aparicio), una joven criada indígena que junto con Adela (Nancy García) se responsabilizan del cuidado de los cuatro niños de la casa, del orden y la limpieza. También está la abuela, un personaje que, pese a su invisibilidad, cobra fuerza en determinado punto de la trama. Es una familia de la alta burguesía de ahí, que la casa tenga las comodidades necesarias, tres autos, y los niños, pista de auto de juguete.

Cleo, es la protagonista, y a la par de que se deteriora la vida familiar, ella debe enfrentarse a un embarazo en el que el “novio”, no se hace responsable. ¿Cuál es la historia en sí? La vida íntima de estos personajes. Sabemos que la película es un homenaje a la vida de las mujeres que rodearon la infancia de Cuarón, un “homenaje al matriarcado”; encontramos en éste, las evocaciones, los vaivenes de la vida en familia, la ira, la cotidianeidad, las frustraciones, la rutina.

Para 1983, por ejemplo, año en que tengo más clara una conciencia sobre el México en que vivo (nací en 1976), hay muchas cosas que existen y que ahora vuelven con Roma. Por ejemplo, los cines grandísimos (cómo olvidar el cine Diana, en Colima), los globeros, el águila inolvidable de banca Serfin, el Centro Médico Nacional del IMSS, ahora Hospital Siglo XXI. En este recuerdo, hay sin embargo, algo de dulzura, de utopía. Tal vez esto es lo que me parece contradictorio.

En la casa de mi infancia, nunca tuvimos quién nos apoyara en la labor doméstica, de ahí que mis comentarios puedan ser errados. No obstante, los expongo. En la cinta, se habla de un sector privilegiado de la sociedad; un sector que tiene el dinero suficiente para vacacionar, para reunirse con la familia de lejos, para comprarse un auto. La situación de las empleadas domésticas parece estar perfecta, es decir, son parte de la familia. Es una mirada sumamente romántica, pese al cuartucho en que viven, el exceso de responsabilidades, estar siempre disponibles aun cuando el cansancio priva sus piernas. Si es una crítica a la normalización de esas vidas, me parece una crítica que se entiende mal: “ah, mira, qué bien; qué hermoso”. Aunque se intente puntualizar en ella con la frase de Sofía a Cleo: “estamos solas”, me sigue perturbando ese aspecto “lindo”, cuando sabemos que es uno de los sectores más discriminados y más si hablamos de vestimenta, color de piel, origen, creencias y lengua.

Otro punto que me incomoda en la película es la mirada de los protagonistas hacia la situación social que se vive en ese momento. Es una mirada desde la ventana, esa burbuja que se romperá en determinado momento. La abuela y Cleo están en una mueblería y ven a través de la ventana la manifestación de estudiantes que se convierte en un enfrentamiento con policías. Aunque no se nombra este conflicto, sabemos que corresponde al Halconazo o la Matanza del Jueves de Corpus de 1971. Cosa extraña, pero el número estudiantes muertos asciende a más de 100 y tengo la impresión de que la mirada, los sentimientos, los cuestionamientos, los reclamos, se desbordan más sobre el 68. El novio de Cleo, con pistola en mano, situará a las dos mujeres frente al conflicto. Luego, la parte más desgarradora, la mujer pidiendo ayuda mientras agita un cuerpo agonizante, los dolores de parto de Cleo, la imposible que resulta llegar al hospital, su bebé muerto y al fondo, en la sala de parto, el amortajado de ese cadáver pequeñito.

La familia no volverá a referirse al suceso. Cleo tardará en reponerse, pero lo demás, parece igual, incluso, superada la “única borrachera” de Sofía, las cosas toman un nuevo orden, un nuevo ritmo. ¿Cuántas mujeres en México, en América Latina, en el Mundo, tienen la solvencia necesaria para remontar por segunda vez? ¿Los divorcios, son tan encantadores? Es como decir que el dolor, el sufrimiento, las penas, las frustraciones, los problemas, los gritos, la autoestima, la enfermedad y un largo etcétera, son apenas un vuelco de la existencia. Casi nada, un empujón. Es una mirada dulce, nostálgica sobre una infancia que se tuvo y en términos generales, partiendo de lo que vemos, fue buena para Cuarón, algo que celebro. Pero, para otros niños, para otras empleadas domésticas, para otras mujeres abandonadas, lastimadas, violentadas, ¿sucede lo mismo?

En comparativa con este tiempo y aquél, y esto ya no se relaciona con la propuesta de la cinta, si pensamos en clases sociales, la única clase que puede sostener una casa con esa extensión, dos empleadas domésticas, vivir bien aunque no se tenga un empleo fijo, salir de vacaciones, es la clase alta. Es decir, la minoría. Lo que sí refleja muy claramente la película, es la devaluación de nuestro dinero, las carencias, los salarios cada vez más alejados del costo de las cosas. El país, en lugar de avanzar, ha retrocedido y nos hundimos en políticas y leyes inservibles. Lo que no ha cambiado: La figura ausente de ciertos padres, esos hombres que sólo le interesa esparcir su semilla dejando hijos, o generaciones “de estragos” a su paso. Los relatos que hay alrededor de cada una de estas historias, lo que deberán enfrentar las familias abandonadas, los estereotipos, los círculos viciosos de la historia. Como dije, sentimientos encontrados ante una película que parece magnífica.

Escrito por Nadia Contreras

Escritora. Autora de poesía y relatos cortos. Dirige Bitácora de vuelos ediciones (https://www.rdbitacoradevuelos.com.mx/) y en la página Incendio de imágenes (https://www.nadiacontreras.com.mx/) comparte recursos, libros, talleres, videos, relacionados con la Poesía.