Alguien gira la cabeza y mira el cielo, y no ve nada. Una niña llora mirando el cielo, luego mira sus manos. Muchos ni siquiera se molestan en mirar, porque saben que es azul, que está arriba, que hay nubes, que no pasa nada. Y pasa.

Mientras dos caminan juntos, y uno de ellos piensa que por fin van de la mano, y el otro piensa en lo sudada que se siente su mano. Mientras la señora bebe café con sus amigas, aunque no le guste el café ni sus amigas. Mientras el joven vende cuadros con fotos impresas de muros, calles, veredas, y otras postales que también vende gente a su alrededor. Mientras el sol se hace más caliente y él se cambia de silla para evadirlo y ella cierra los ojos para imaginarse allá, lejos, donde sol es sinónimo de mar.

“Mira, esto parece la escena de una película”, le dice ella, mientras explica: tienes que flotar con los brazos abiertos y la cabeza sumergida hasta la mitad. Ahora abre los ojos y mira el cielo. No vas a ver bien por el sol, y esa vista, así, con los ojos entre abiertos, un azul enorme, el resplandor que apunta a todas partes y el sonido  de tu respiración con los oídos sumergidos en el agua. Parece la escena de una película, explica mientras se da cuenta de algo. Justo en ese momento es feliz.

Todavía feliz mira aparecer en el cielo un globo, vuela alto, despacio. Lo ve hasta que desciende y a no lo ve más.

La niña llora mirando el cielo. Segundos antes, mientras reía y corría alrededor de una fuente, abrió la mano y el hilo resbaló. Llora y se mira la mano, no entiende por qué la abrió y por primera vez siente que sí hay consecuencias.

“Pobrecita”, dice la señora que bebe café, mientras alguien canta: al fin la tristeza es la muerte lenta de las simples cosas/ Esas cosas simples que quedan doliendo en el corazón.

Escrito por Daniela Hibirma

Daniela Hibirma (Venezuela, 1991). Estudió Comunicación Social, trabajó en distintos medios de comunicación tradicionales, digitales y audiovisuales. Actualmente reside en Santiago, Chile.