Hoy ha muerto Jackie. Jackie era un perrito pardo con motas blancas en su rostro, la criatura más redonda, cálida y leal que jamás haya husmeado los rincones de un jardín. Su incesante coleo semejaba el péndulo de un reloj dotado de vida propia. Pero, hoy, la cola de Jackie quedó sin cuerda.

Todos, en la casa, guardan hondo silencio. Vuelven del veterinario con ojos inundados de una tristeza cobalto de largo aliento, recién estrenada, y, sintiéndose ajenos, se encierran en sus habitaciones. Contemplan, incrédulos, unas paredes que ya no albergan ni albergarán, jamás, a Jackie.

Desde cada pieza, asoman, al pasillo, sollozos de pena; desconsuelo que vence las puertas cerradas. Todos compartían a Jackie, pero ya no compartirán el dolor que les produce su partida. Compartían los rayos de luz que bañaban su peludo perfil. Compartían el aire de domingo de sus juegos y sus alegres correteos en el parque cuando la noche mecía su palacio de estrellas.

Huérfanos de Jackie, han sido devueltos a su desnuda realidad: excepto cuando se hallaban con él, nunca aprendieron a estar juntos. Si sus lagrimales fueran soberanos, brotarían de ellos corrientes que formarían ríos. Arrastrando sus recuerdos, a modo de cantos rodados, los sedimentarían en un mar de desesperación.

Y es que hoy, sin Jackie; hoy más que nunca, se saben solos.

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Etna Miró , diciembre 2018

Escrito por Etna Miró

Escritora, escriptora.

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