Andrea, ¿adiviná qué? Estamos en el Perito Moreno, ahora en París, ahora en Seúl, ahora en Santiago, ahora en La Paz, ahora en Cartagena, ahora en Reikiavik, ahora en Salsipuedes… No podemos dejar de aparecernos -como intermitencias- en distintas ciudades alrededor de la Tierra… Justo antes de esfumarnos y reaparecer lejos de Salsipuedes, en ese microsegundo se me viene preguntarte: si con decir en voz alta una ciudad, ya estamos aparecidas en ella ¿por qué no podemos parar de nombrar sitios?

No podemos dejar de nombrar sitios porque es un modo de empujar nuestras múltiples existencias.  Porque somos exploración en terreno.  Porque somos textos interrumpidos que debemos perseguir el enigma asociado. Un capítulo sigue a otro. A veces la serie aparece rota y revuelta. De muchos textos se ha perdido el original y sólo existen como cita, vamos una y otras vez, a las fuentes.

¿Por qué no nos podemos quedar en una sola ciudad, o en una sola palabra?

Porque si nos detenemos se nos vienen las cosas encima. ¿Será porque somos energía en movimiento?

Me ocurre que me interesa más las cartografías de las personas que sus biografías. Y eso supera la idea de estado-nación, me interesa en las personas sus desplazamientos, su instinto de fuga. Estoy atenta a las huellas orográficas en su piel, sus extravíos, sus itinerarios.

¿La palabra es ley?

Depende quién la emita, los griegos, en el siglo V AC, imprimieron en sus tragedias las leyes inconscientes del parentesco, Freud solo sistematizó. Lástima que hoy la palabras se use de un modo tan banal, se hace ruido, no se respeta la palabra como relieve en la superficie.

¿Cuánto vale una palabra?

Un mordisco al lugar común, un beso en la frente.

¿Qué marcas hay en tu cuerpo de las geografías que habitaste?

Zonas de conflicto, zonas de violencia, zonas de luz, zonas de negociación, de perdón y de reparación. Zonas de catástrofe, zonas de plenitud. Pero los cuerpos no son como las habitaciones, jamás conservan las huellas evidentes.

¿Qué cartografías te describen?

Los mares abiertos del Estrecho de Magallanes, la vetas salinas del desierto del Sinaí, las montañas agrestes del Valle de Sarajevo, la selva frondosa del Orinoco, las aguas cristalinas del Adriático.

¿Qué es una frontera?

Acudiendo a la alquimia, una frontera es un lugar de transformación, de transmutación de los metales.

Y ahí nos detuvimos, como si nuestro hechizo fuera también quedarse estáticas ante preguntas que piden una lógica. Nos gusta poder quedarnos, pasar de la fugacidad a la contemplación, sentir un paisaje. Hacerlo cuerpo.

 

 

Andrea Jeftanovic (Santiago, 1970).  Es narradora, ensayista, crítica teatral y docente. Ha publicado las novelas Escenario de guerra y Geografía de la lengua, y los volúmenes de relatos No aceptes caramelos de extraños y Destinos errantes.

En el campo de la no ficción, es autora de los libros Conversaciones con Isidora Aguirre, Hablan los hijos y Escribir desde el trapecio. Ha recibido varios reconocimientos, entre los que destaca Premio Círculo de Críticos de Arte de Chile. Parte de su obra figura en antologías extranjeras y nacionales, y ha sido traducido a otros idiomas.

Es columnista de teatro en el el diario El Mercurio. Ha realizado pasantías y conferencias en Alemania, Estados Unidos, España, Portugal, México, Perú, entre otros. Doctorada en Letras en la Universidad de Berkeley, California combina la escritura con su labor académica en la Universidad de Santiago de Chile.

Web oficial: www.andreajeftanovic.cl

 

 

Escrito por Yanina Giglio

Yanina Giglio (Bs. As. 1984). Estudió Cs. de la Comunicación Social en UBA. Obtuvo un PGCert en "Escrituras: Creatividad Humana y Comunicación" por FLACSO y se diplomó en "Neurociencias y educación" por la Universidad de Morón. Es correctora de estilo, coordinadora de talleres literarios, cofundadora de Odelia editora y crítica cultural en radio y prensa digital. Publicó "La Do Te" (Alción, 2015) y en diversas antologías, de narrativa y de poesía.