Fui a casa de Alejandra cuando era una niña. Nunca la conocí bien, pero sus padres daban unas fastuosas celebraciones en las fiestas de fundación de la ciudad. Mis padres entonces eran todavía personales, no tan preocupados, les gustaba bailar. Asistimos tres años seguidos, la situación para mi hermano y yo era siempre la misma: llegábamos acicalados, pero apenas cruzábamos la puerta, nos enviaban a la sala de juegos que, si bien era bastante amplia, al tercer año, ya nada de lo que estaba dentro podía entretenernos demasiado. Ahí hacíamos rodar las pelotas del billar con las manos porque los tacos eran muy pesados aún para nosotros; lanzábamos los dardos con desgano porque el tablero cada año estaba más bajo; los juegos de mesa habrían sido interesantes de no ser porque estaban todos incompletos.

Mientras tanto, en la sala de estar, los adultos armaban al azar y gracias al mecanismo de la nostalgia unas magníficas coreografías al ritmo de los éxitos de los setentas y ochentas. Nosotros escuchábamos el sonido distorsionado de la música y los zapatos en perpetuo movimiento, que viajaba desde la sala y cruzaba la puerta del salón de juegos. Creo que en ese contexto nació mi gusto por la música vieja, en ese escenario de querer estar afuera, no bailando con los adultos porque nunca pude aprender a hacerlo, pero al menos viéndolos y aplaudiéndolos desde un sillón.

El último año que fuimos a la fiesta en casa de Alejandra también fue el último año en que mis padres irían a una celebración por gusto, incluso por la necesidad de divertirse y gastar un poco más de dinero de lo habitual. Después limitarían mucho esas posibilidades, ellos dicen que se hicieron viejos, yo creo que dejaron de ser jóvenes. Al ser el último año (no sé si ya lo sabían o fue una coincidencia), pero a mi papá se le fue la mano con el alcohol y mi mamá decretó que le sería imposible conducir a casa tan tarde y en ese estado. Nos quedaríamos a dormir. La idea por si sola me irritaba profundamente pues en el mundo no había lugar más seguro para mi inseguridad que mi cama. Nos ofrecieron el cuarto de Alejandra, ella dormiría con sus padres. Como si yo, a mi edad, hubiera estado ebria, no recuerdo con claridad esa noche. Estoy segura de que, por el motivo que fuere, no me correspondió dormir en la cama de Alejandra que, además, era inmensa en comparación a la mía. Ahora se me ocurre que incluso sonaba lógico el conferirme la cama de una niña, porque yo era una niña.

Las imágenes se disparan en el espacio sobre el cual planteo el recuerdo, a la fuerza varias veces. Es decir, si lo confieso en descarrilamiento con alguien a quien acabo de conocer hace unas semanas, esas imágenes se proyectan sobre la mesa un poco sucia de la cafetería a la que caminamos sin darnos cuenta mientras hablábamos de nuestros miedos. Aparecen, o mayormente recuerdo, colores. Son colores brillantes y típicamente femeninos que, cubiertos por el halo de oscuridad propio de la noche, se vuelven otros colores. El rosa se vuelve violeta, el amarillo pastel se vuelve patito, el turquesa se vuelve violeta también y hasta el verde pierde su brillo y se parece al violeta. En este cuadro al que me atengo, proliferan los violetas, y los negros ni mencionar. Es difícil traspasar las sensaciones a colores porque a la gente generalmente le hacen falta descripciones no tan líquidas, en este caso, colores mucho más concretos, como el azul, el rojo o el blanco. Lamentablemente no tengo esos colores.

Seguramente fue en un sillón. Esa habitación, como cada sección de la casa, tenía una dimensión que yo entonces categorizaba como “de lujo” porque no estaba hecha solo para dormir como la mía, sino que tenía su pequeña área para jugar o descansar sin tener que dormirse necesariamente, para eso era el sillón rechoncho que además tenía un reclinatorio de pies. Estoy casi segura de que, en ese sillón pequeño, pero cómodo, se me destinó dormir, mientras mis padres y mi hermano se acomodaban en la cama de Alejandra. No siento haber dormido bien, incluso hoy me pesa esa noche abrumadora, siempre las malas noches son más memorables que las buenas. Hasta el momento en que se abrió la puerta, el único tono que pintaba mi visión era el negro, no había ni despuntes de color, era una noche completamente oscura. El color surgió cuando una luz externa, como de un foco prendido afuera en el pasillo o incluso en el primer piso, estuviera violando la opacidad sutilmente. No fue un golpe de luz, sino una interrupción tenue que no despertaría a nadie. Yo estaba despierta sin embargo, era una muy mala noche.

El hermano mayor de Alejandra entró. Nunca había visto su rostro antes porque nunca estaba presente, pero como todos hablaban de él, podía imaginármelo. Al verlo en el marco de la puerta, con la cabeza un poco gacha, inspeccionando el espacio, las manos sobre el pecho como queriendo tantear y a la vez acallar el latir de su corazón, la imagen mental que yo había formado sobre él, en mi mundo de ideas, correspondió parcialmente a su verdadera figura, ahora iluminada, hasta donde era posible, por la luz. Me lo había imaginado antes no porque deseaba verlo, sino porque lo que se decía de él causaba el deseo de verlo, por curiosidad al menos. Era un chico brillante, maravilloso, deportista e intelectual. A primera vista no era tan impresionante. Era un chico, sí, pero nada más.

No me asusté, de todas formas no estaba en mi casa, esos espacios no me correspondían, quizás al menos por motivos circunstanciales, solo el sillón. Por lo demás, tenía mucho recelo de que los dueños de casa me vieran despierta y se sintieran obligados a ofrecerme un vaso de lecho o algo así. Fingí dormir de la mejor manera que pude, como me imaginaba que me vería durmiendo.  No sé si el hermano de Alejandra, este chico tan maravilloso e inteligente fue engañado por mi escueta actuación o solo fingió hacerlo. Realmente creo que no le importó. Mis padres dormían con un cansancio que ni siquiera sus respectivos empleos, de los que tanto se quejaban, les habían podido propinar. Escuchaba sus respiraciones lejos de la mía, mucho más débil. El hermano de Alejandra se sentó cerca de mis pies que estaban helados, probablemente sí sentía miedo, pero no quería decírmelo a mí misma. Tomó uno de ellos y empezó a acariciarlo, luego lo mantuvo en sus manos por un tiempo que se me hizo considerablemente largo. Una de sus manos, no supe distinguir si la izquierda o la derecha a pesar de que me presionaron mucho por averiguarlo, ¿no tienen ambas manos la misma textura, el mismo tamaño?, empezó a subir por mi pierna, por debajo del vestido verde de algodón que mi mamá me había comprado para mi cumpleaños de ese año.

Antes de que la preocupación por dormir en una habitación ajena, y la ira contra mi padre por su liviandad con los tragos, se disiparan, me fijé en un detalle importante de la habitación de Alejandra: tenía un baño propio. Aunque sin duda era plausible arquitectónicamente, nunca se me había ocurrido que un cuarto de alguien que no fuera un adulto, pudiera tener un baño privado. Este baño en particular, de baldosas también rosadas, era grande, tenía una bañera bonita, lavabo e inodoro con sistemas de auto limpieza que ni mis padres habían conocido y una pequeña manguerita anexada al inodoro, para lavarse las partes íntimas de las niñas sin tener que recoger el agua en baldes, como lo hacía mi mamá conmigo.

El sillón, repentinamente, perdió toda su seguridad. El hermano de Alejandra iba acercando las puntas de sus dedos a la entrepierna, donde se acumulaba un gran miedo que se recubría de vergüenza. No sé porque sentía vergüenza, pero era eso lo que más me atormentaba durante el paseo de esa mano por mi muslo paralizado. Pensaba en el baño, un cubículo cálido y seguro, desde donde sin importar el olor a húmedo, me quedaría a dormir o a esperar que amanezca, al menos. El brillante hermano de Alejandra, en poco tiempo, notando la somnolencia imperecedera de mis padres y aún más de mi hermano, se lanzó sobre mi cuerpo y ya no fue una, sino dos y por mi parte, sentí quinientas manos que se posaron y pasearon por mi cuerpo a su gusto. Seguía fingiendo dormir, él sin duda, por algo era tan inteligente, sabía que yo ya no dormía, pero ese estado de prohibición, lo excitaba mucho más. En cierto punto en el que las lágrimas iban a romper mis párpados como una ola incontrolable que puede derribar una presa, los abrí. Esa acción me dio una fuerza que no sabía que poseía hasta entonces, empujé al hermano de Alejandra de mi lado y corrí hacia el baño. Le puse cerrojo a la puerta y me quedé a esperar, otra vez fingí que dormía, aunque me sería imposible hacerlo.

Pronto vi, por la hendija de la puerta del baño, que la luz pálida que había invadido la habitación se iba difuminando hasta desaparecer. Me senté sobre la tapa del inodoro y abrí el chorrito de agua de la manguera, me lo eché encima mientras mis lágrimas de odio, de vergüenza y de asco se mezclaban con esa agua tibia y pura, tecnológicamente creada para facilitarles la vida a las niñas y a sus madres. Esperé a que amaneciera sosteniendo con fuerza mis piernas contra mi cuerpo, como para evitar que alguna parte de mi cuerpo, mis pies fríos, mis manos temblorosas, mi boca blanca, se me escaparan. El punto de seguridad se redujo al inodoro y su manguerita. A la mañana, increpados por el agua que se salía por la hendija de la puerta del baño privado del cuarto de Alejandra más que por mi ausencia en el sillón, todos los adultos de la casa derribaron la puerta. Me encontraron empapada, resfriada y azul sobre el inodoro, no había perdido mi posición. Cuando mi madre me preguntó alterada qué había pasado y mi padre, aun mareado, me tocó la cabeza para retirar de inmediato su mano azorada por el frío, le contesté que estaba sucia, muy sucia y que quería tener un baño propio de vuelta en mi habitación, un lugar para poder escapar, cuando fuera necesario.

 

Escrito por Andrea Armijos Echeverría

Andrea Armijos Echeverría. (Quito, 1996). Licenciatura en Artes Liberales por la Universidad San Francisco de Quito, con especialización en Literatura e Historia del Arte, minor en Historia. Segundo lugar en el concurso de Cuento y Caricatura Feriado Bancario (Ministerio de Cultura, 2013). Tallerista de Escritura Creativa en la Casa de la Cultura Ecuatoriana (2013-2015) a cargo del poeta Edwin Madrid. Ganadora del concurso-beca de relato Interpretatio 2013 de la USFQ. Ganadora del Lucha Libro Quito 2016. Ha escrito y publicado ensayos y artículos en revistas nacionales e internacionales como Líneas de Expresión, Revista Literaria Visor, Revista INDEX, Revista Marabunta y Revista Espora. Autora del libro de cuentos y prosas poéticas "Cómo tratan las mujeres a sus peces dorados" (FLAP, 2016). Antalogada en el libro "Despertar de la Hydra: Antología del nuevo cuento ecuatoriano" (La Caída, 2017) y en "Señorita Satán: nuevas narradoras ecuatorianas" (El Conejo, 2017). Docente de Lengua y Literatura y parte del comité editorial de Líneas de Expresión.

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