Entrevista a Sol Iametti* (Buenos Aires, 1986)

¿Cómo, cuándo y dónde llegaste a la poesía?

Llegué a la poesía a través de la música. Los fines de semana la casa se llenaba de canciones gracias a mi papá. Spinetta es uno de los letristas que caló más hondo. De tanto escuchar el vinilo de Almendra, terminaba repitiendo la letra de “Muchacha ojos de papel” una y otra vez en mi cabeza.

Más tarde llegaron los primeros poemas. Tendría 10 o 12 años. Eran intentos cursis y algo torpes, anotados en fichas de papel que escondía en mi cuarto. Cada tanto mi hermana me recuerda que no la dejaba leerlos.

Hace poco los volví a encontrar y pude ver cómo persistía sobre los finales, sobre las rimas, casi como queriendo escribir una canción.

El nexo entre las letras y la música siempre pulsó fuerte en mí, al igual que el baile. Escribir es parecido a bailar con los ojos cerrados. Lo que busco es ese estado de libertad. A pesar del vértigo, siempre puede más el impulso de ir hacia lo desconocido.

¿Qué te parece que le sobra o que le falta a la poesía actual, pensándola en comparación con el lugar que ha ocupado en los primeros años del siglo XX?

Veo a la escritura como una casa de los días. En un momento hubo que echar abajo paredes y muros, volver a los cimientos. Ahora toca reconstruir. La estructura siempre es necesaria al igual que la dedicación, ese “pulir el poema” que vertebra el todo. Creo que reparar en las técnicas y los recursos de otras instancias literarias puede potenciar la voz propia.

Hace unos meses Elena Medel, poeta y editora de La Bella Varsovia, propuso una dinámica creativa en Instagram a la que tituló «Un mes de poemas». En ella nos alentaba a escribir un poema por día a partir de una consigna que podía ir desde la glosa y la aliteración hasta la libertad absoluta. Me pareció una iniciativa preciosa porque hacía un repaso de algunas técnicas y recursos que desafían al tono narrativo, haciéndonos volver sobre los pasos de lo que fue, no para quedarnos ahí, sino para tomarlo como referencia y construir algo nuevo.

Retomando la metáfora de la pregunta anterior, los movimientos pequeños también son necesarios para medir el espacio de danza. Ahí también está la libertad, en la posibilidad de elección.

Teniendo en cuenta tu propia experiencia, ¿es el discurso del poema realmente un discurso involuntario?

Hace unos años escuché a Luisa Valenzuela en una charla abierta y mencionó algo sobre el vértigo a la página en blanco. Dijo que en realidad no le tememos a ese vacío que invoca, sino a lo que podía aflorar en la página si diéramos rienda suelta a lo que tenemos para decir, para decir-nos.

En mi experiencia, la escritura íntima —sea poema o diario— siempre apareció como un reflejo. Involuntariamente para la que sostiene la tinta, pero no para la que está del otro lado.

¿Creés en la poesía (en la escritura en sí misma) como medio de insurrección?

Sí, y retomando la respuesta anterior, opino que puede ser inclusive un medio de insurrección propia. «Empujar todo lo dicho / y todo lo por decir», escribía Juarroz. O en palabras de Marguerite Duras: «Escribir a pesar de todo pese a la desesperación. No: con la desesperación

En cada movimiento que nos lleve más lejos de lo que podríamos ir, hay algo de insurrección.

¿De qué manera se articula el enorme trabajo que conlleva una plataforma como Liberoamérica con las políticas culturales emergentes y la inclusión de toda una nueva y pujante generación de escritorxs?

Liberoamérica sigue tejiéndose y en el camino va enlazándonos. En cada punto geográfico se consolida la iniciativa para que se materialicen proyectos editoriales, lecturas abiertas y encuentros literarios.

Desde Argentina, junto a mis dos grandes compañeras Andrea García y Lucía Bima, fuimos articulándonos para que la primera antología pudiera tener alcance a nivel nacional, avocándonos a un trabajo intenso de difusión y visitas personalizadas a las librerías de Buenos Aires, Córdoba y Salta para dar a conocer la propuesta de Liberoamérica. Hacia el norte, Isabel Suárez hizo, y continúa haciendo, un trabajo inmenso para recopilar y concretar la impresión de la antología en Bolivia. En España la antología ya es un hecho de la mano de Darío Zalgade, Marta Castaño, Laura Pardo. Lo mismo en Uruguay, gracias a Romina Serrano.

Si bien sostener una propuesta colectiva de esta magnitud implica muchísimo esfuerzo y coordinación, como todo puente, entendemos que el trabajo en equipo es clave a la hora de fundar las bases para que Liberoamérica pueda seguir creciendo y habilitando espacios de encuentro, ya sea en el escenario digital como en el plano real.

¿Qué libro de poesía nadie debería dejar de leer y por qué?

Difícil elección. Tengo un par en mente, pero si tuviera que elegir uno sería «El pájaro rojo» de Mary Oliver, editado por Caleta Olivia.

Es uno de los últimos que leí y que considero un tesoro por donde se lo mire. Escribe desde lo pequeño y cotidiano, sin excesos ni desconciertos. Nombra la resonancia, lo sencillo, lo vital.

Al leerlo recordé el instante-ya que intenta captar Clarice Lispector en «Agua Viva» (otro gran libro). Ese instante casi imperceptible que intentamos asir a través del arte: «estoy intentando captar la cuarta dimensión del instante-ya, que de tan fugitivo ya no existe porque se ha convertido en un nuevo instante-ya que ahora tampoco existe. (…) Y en el instante está el es de sí mismo. Quiero captar mi es. Y canto un aleluya al aire como lo hace el pájaro.»

Siguiendo esta línea, lo que me interesa de «El pájaro rojo» es su canto vital, el «estar vivo / en esta fresca mañana / en este mundo roto», que ella menciona en su poema Invitación. Ese ejercicio de contemplación y presencia que se manifiesta en pocas líneas y a punta de flecha; «misterio, a punto de abrirse» dice en la página 77, y dispara al corazón que muerde.

Por último, me quedaría con este fragmento de belleza inesperada que llevo conmigo desde que lo leí:

Prestar atención.
Sorprenderse.
Contarlo.

Así es en la poesía, como en la vida.

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*Sol Iametti (Buenos Aires, 1986). Poeta, escritora, colaboradora editorial en Liberoamérica. Autora de La hija del cambio (Autores de Argentina, 2015) y Aledaña (Autores de Argentina, 2016).

Escrito por Vanesa Almada Noguerón

Vanesa Almada Noguerón (Buenos Aires, 1980). Tiene estudios en Letras y en Gestión Cultural. Su labor literaria ha recibido diversos reconocimientos tanto a nivel nacional como internacional, entre los cuales se cuentan el Premio Poesía de las Américas (2008), Premio Municipal de Cultura CMC (2012), Premio Latin American Intercultural Alliance (2013) y Premio Raúl González Tuñón (finalista, 2017). Parte de su trabajo se encuentra disponible en las revistas de creación literaria Desnuca2, La Avispa, SEA Digital (Arg.), Pangea (Ciudad de Salamanca), Ergo (Universitat de València) y El Humo (Querétaro, México), así como también en diversas antologías poéticas de Europa y Latinoamérica: Colectivo Literario Ó (Puerto Rico; Erizo Editorial, 2012), Poetas y Narradores Contemporáneos (Buenos Aires; De los Cuatro Vientos, 2013), FIPA (Mar del Plata; Editorial Martín, 2014), Entre realidades y poemas (CABA, Editorial Dunken, 2015), Poetas Argentinas (Euskadi; Biblioteca de las Grandes Naciones - Colección Digital, 2015), La Juntada-Festival de Poesía Joven Argentina (Buenos Aires; Ediciones La Guillotina, 2015-2018), El Círculo (Lima; Submarino Ediciones, 2017), Ahora que calienta el corazón (Madrid; Verbum, 2017) y Liberoamericanas: 80 Poetas Contemporáneas (Argentina-Uruguay, 2018), entre otras. Participó en FIPA (Festival Internacional de Poesía del Atlántico, 2014), La Juntada-Festival Internacional de Poesía Joven (2015 a 2018), 42º a 44º Feria Internacional del Libro de Buenos Aires, FIPMAD (Festival Internacional de Poesía de Madrid, 2017), Festival de Poesía de Acá (Mar del Plata, 2018), MardelPAN (SADE, 2018). Actualmente, reside en la ciudad de Mar del Plata y colabora en Liberoamérica, revista y plataforma literaria. De su autoría: Entre los ruidos© (Baldíos en la Lengua, 2015), Quemar el fuego© (Autogestivo, 2017), Los demás© (Liberoamérica,2019).