Contemplar una obra artística suele requerir una pausa, un momento de reflexión, de entrega, similar a diluir la mirada en el movimiento de las ramas desde el porche de un jardín, a descansar en el perfil de la ciudad cuando se va el sol. Hay obras a las que uno debe acercarse en silencio; pararse un momento, y verlas como quien es testigo de un deshielo. El Círculo de Bellas Artes de Madrid, con su exposición ‘Andréi Tarkovski y El espejo. Estudio de un sueño’, que puede visitarse hasta el 27 de enero en la Sala Goya del CBA, propone un acercamiento a la película El espejo (Zerkalo, 1975) del cineasta ruso.

En ella, el asistente se encontrará con retazos que forman un caleidoscopio de esta película autobiográfica: la casa de la niñez en Yúrievets, un campo de trigo en flor, la madre, los españoles exiliados en Rusia… Temas que, descompuestos en cartas, fotografías, manuscritos, audios y apuntes de rodaje, dan una idea general de la cinta y ofrecen un estudio de la misma a partir del estudio de archivos documentales del Instituto Internacional Andréi Tarkovski de Florencia.

Colgadas de paredes verde oscuro —color tan característico de las obras del autor—pueden verse en la Sala Goya fotografías relacionadas con la película; imágenes que parecen tomadas de los sueños: la fachada de un cine, la mujer levitando, el poeta Arseni Tarkovski, la casa con una sola ventana abierta. Todas ellas dan constancia de ese sueño recurrente del director, en el que volvía a la casa de su infancia una y otra vez.

Son pocas las ocasiones en que las obras de arte se prestan a una interpretación definitiva, pues suelen tener un elemento que escapa más allá de la razón, el cual, sin embargo, es comprensible. El espejo sube ese peldaño necesario para sobrevolar lo evidente, y la exposición del CBA sirve como punto de apoyo para mantener el equilibrio, enfocar la vista y atrapar una brizna de bruma del sueño.

Ver las imágenes de la muestra, escuchar las grabaciones o leer los manuscritos de rodaje, permite a los visitantes pisar apenas el campo labrado alrededor de la casa —esa tierra que es igual en todas partes—, sentir el viento que forma olas en el trigo, pensar que la naturaleza, los personajes de la película, pertenecen al autor, y a la vez nos conmueven y se convierten en parte de quien a ellos se rinda. La narración pasa a un segundo plano: solo queda la poesía de la imagen, de una verdad que, como la tierra que pisamos, hemos hecho nuestra.

La exposición ‘Andréi Tarkovski y El espejo. Estudio de un sueño’ nos acerca a esa tierra de la que el cineasta fue capaz de extraer sus recuerdos, sus sueños, para dar forma a una imagen que podemos ver pausadamente, como al contemplar el discurrir de un río…

Escrito por Paula Díaz Altozano

Becaria de Doctorado (UCM-Santander), Máster en SUR Escuela de Profesiones Artísticas (Círculo de Bellas Artes de Madrid). Autora del poemario 'A orillas de París' (Ediciones En Huida, 2018). Blog: www.manualdevuelo.wordpress.com