Juan José Macías, Buen uso de mi buen derecho,
Taberna Libraria, México, 2018.

“tú me dirás que el mundo es una pena/ y yo te hablaré de una mañana plomiza/ donde la elegía de los árboles nos llena de una paz fatídica y sombría”.

 

Adentrarse a Buen uso de mi buen derecho de Juan José Macías (Fresnillo, Zacatecas, México, 1960) es como caminar en línea recta: ir de un punto a otro, escuchar los sonidos del ambiente y ver los colores de las cosas. El lector tendrá el buen derecho de leerlos como le dé la gana, como estos carecen de signos de puntuación, será necesario leer palabra por palabra, hacerlo como la bella oratoria nos lo exige, como un solfista en pleno concierto, como un lector posmoderno casi casi a gritos; pero eso sí, con el misterio de encontrar las pausas que los propios versos manifiestan.
No toda la poesía debe ser clara: encontramos muchos ejemplos en que debemos leer y releer porque no logramos entender las imágenes o porque simplemente no somos aptos del buen uso de la construcción del texto. Para leer este libro se deberán conocer algunas cosas: aparte de caminar en línea recta y encontrarse con romances, galopes, tangos, bagatelas, passeggios, pavanas y sonatinas, se topará con palabras que a veces ni siquiera los poetas entienden, e italianismos. No es necesario que el lector tenga un intelecto alto para comprender los poemas, sino releer los versos y hallarle su chiste: que si escuchamos algunas melodías los versos, solos, van a expresar su musicalidad, y ese caminar recto tendrá un ritmo bastante agradable para llegar al fin de la caminata. Qué buen uso de los versos para hablarnos de la poesía misma.
Buen uso de mi buen derecho muestra un ejercicio poético, donde las imágenes, encabalgadas como pilas de libros, se van complementando unas con otras. Sabemos que los formalistas rusos decían que la poesía es imagen, lo cual hace de estos poemas un semáforo de tonos diferentes. Un solo verso puede ser un poema. Al momento de mi lectura descubrí la gran capacidad que tiene Juan José Macías para crear versos dignos de los mejores poetas, títulos que muy bien podrían ser de José Emilio Pacheco y Juan Carlos Onetti, frases que nos harán navegar como si fuéramos el Sinbad el varado de Owen. Si la poesía es imagen, el poema se puede convertir en un cuadro de Giorgio de Chirico o de Van Gogh; y por qué no, si la poesía es imagen, también es música, así como las clásicas de Mozart, Tchaikovsky o Satie.
En la primera parte de Buen uso de mi buen derecho, titulada “Colección de paraguas y “música de amoblamiento”, encontramos el ejercicio del decir cotidiano: a la poesía como una necesidad de la vida, por eso el paraguas cuando llueve: la protección del poeta ante la palabrería y los versos poéticos.
El siguiente verso podría englobar por completo el “Intermezzo en forma de escalera para subir al palco”: “porque busco las huellas del dolor me dirijo a cualquier/ parte”, el caminar cuando la lluvia dejó de arremeter, un intermedio para que la poesía encuentre de nuevo su camino.
En la segunda parte, llamada “Higos secos y viejas fotos detrás del piano”, vemos al poeta, después de retomar el camino por la palabra, y después de que dejó de llover, encuentra la desdicha de saber que vivir quizá no sea como se dice. En estos versos lo entendemos: “oh el amor es el único arte de morir […]/ no hay muerte más bella que el amor”. Se da cuenta que la poesía quizá no sirve para nada. Por eso los románticos escribían sabiendo que, primero, la palabra era algo inalcanzable, segundo, porque su amada era todavía más lejana.
El poeta en Buen uso de mi buen derecho no duda en conocer que detrás de las viejas fotos hay recuerdos, que de ellas renacen las ganas de ponerse de pie: “tú me dirás que el mundo es una pena/ y yo te hablaré de una mañana plomiza/ donde la elegía de los árboles nos llena de una paz fatídica y sombría”.
El “Brindis sin aplausos ni lluvia a la salida del concierto” es su sentencia, llena de porqués que son necesarios para entender la maldita vida, porque a veces es mejor saber todo sin sombra alguna, porque es necesario conocer la poesía; porque Macías, en este libro, trastoca los límites entre el amar y el estar enamorado; porque la lluvia, cuando nos pega, no sólo moja sino que entristece; porque los recuerdos son tan vivaces que reviven; porque haciendo buen uso de nuestro buen derecho sabremos que todos estamos destinados a ser alguien en la vida; porque la música está hasta en el caminar sin rumbo, y porque el hombre sin la poesía no movería ni un dedo.

 

 

 

Escrito por Ezequiel Carlos Campos

Ezequiel Carlos Campos (Fresnillo, Zacatecas, México, 1994). Escritor y editor. Ha publicado en "Luvina", "Círculo de Poesía", "Punto de partida", "Corre, Conejo", "El son del corazón", "Papeles de la mancuspia", entre otras. Está incluido en "Todos juntos hacia un mismo sinfín" (IZC, 2014) y "Fabulaciones" (IZC, 2014). En lo académico ha publicado en "Jóvenes en la ciencia" (UG, 2018). Escribe la columna semanal “El pequeño guardatextos” en "Crítica" de "El diario NTR". Becario del Festival Interfaz-ISSSTE: Desdibujando límites, Monterrey, Nuevo León, 2017. Dirige la revista virtual "El Guardatextos" (www.elguardatextos.com). Es autor de "Aquello que no se cuenta" (2017), "Quizá por miedo a la noche" (2018), "El beso aquel de la memoria" (2018) y "El Infierno no tiene demonios" (2019). Algunos de sus poemas han sido traducidos al francés e inglés.