…se ha quedado quieto en la silla, con los ojos clavados… a las nubes de las ventanas…
–¡¡Ajústate la vida que te queda muy grande!! Mira cómo se te sale por los pantalones, ¿no te importa estar mamarracho y mal presentado?
El muchacho, con el balón en una mano, las rodillas raspadas, la cara sucia, las manos de tierra y pelo casi largo, todo desarreglado, entra corriendo a la inmensa sala de la casa, repleta de arreglos florales, velas y varias lágrimas colgadas de las paredes, las ventanas cubiertas. El cielo está listo para cambiar de color.
–Pero maaa, afuera todos me están esperando, y el Migue me pidió que le preste un poco. Que la mamá de él se la corto mucho y casi se muere bajando del árbol.
La madre se acerca un poco más al muchacho, coloca la mano en su boca, de la lengua salen recuerdos que empapan dos dedos y empieza la limpieza de presente por la frente.
–A mí no me importa ningún Migue ni ningún Alfonso ni ningún otro guagua ¡y deja esa pelota en algún lado! ¿Quién me manda a dejarte volando solo toda la mañana?
Lo agarra con una mano del mentón, le inspecciona los cachetes, las orejas, el rostro, mira a los ojos del muchacho, y estos como fugaces, como estrellas, tiemblan suavemente, de la sacudida la pelota se resbala y cae debajo de la mesa.
–¡¿Cuántas veces te he dicho que no tienes que entrar al campo del futuro?! ¡¿Cuántas?! –Silencio del muchacho– ¡¡Responde carajo!!
–Muchas mamá … Pero es que el abuelo…
–¡Qué abuelo ni que ocho cuartos! Nadie te da derecho de desobedecerme… –Las habitaciones contiguas pobladas enteramente de silencios se han detenido, disimulan no escuchar los regaños al presente– ahora anda lávate el brillo de las manos, sácate esa vida, tráemela doblada y ponte algo más decente.
El chico asustado sale volando por la ventana a su habitación, y allá se queda; la madre habla con las figuras distantes, sus manos juegan con el aire, lo delinean inalcanzable; camina de cortina a cortina, soplando los restos de luz, atraviesa la sala como si un gran peñasco se abriera a cada paso entre sus piernas y del recuerdo le surge el grito al muchacho que está aún arriba –¡Y tráeme la calma y un poco de orden cuando vengas!–. El muchacho que había empezado a bajar andando las gradas, regresa a paso veloz a coger lo mandado, y vuelve corriendo con una tijera y una peinilla. Parece que ha tomado un baño de esperanza en ese corto tiempo; aún con las ideas desordenadas se acerca a la madre, ahora sentada observando el altar que se ha formado en la otra sala, inhala un poco de nostalgia. La madre aún no lo ha notado perdida entre tanto humo, el muchacho se para frente a ella, y siente que son del mismo tamaño. Los ojos de ella se posan suavemente en los de él, se sumergen y nadan dentro. Sus manos se acercan a las manos del muchacho, toman el encargo y lo colocan en la mesa. Sin salir de esa inmensa piscina, sus dedos de uñas largas llegan hasta las mejillas del muchacho, piadosa, como si fuera una virgen y él un simple pecador.
El muchacho, aún tembloroso, fresco, tierno.
–Mamá encontré a mi abuelo en el campo del futuro, estaba llorando diamantes, como cuando a algunas personas les salen gotas que son tristes pero bellas, gotas de mañanas, gotas de ahoras, gotas viejas pero llenas de vida… –La madre escucha desde otro cielo, inmóvil– Y no me veía, parecía que me miraba en el mañana, me anhelaba alegre el mañana, y yo quise abrazarlo, mamá yo quise mucho mucho abrazarlo, pero no lo alcanzaba con tanto manto transparente alrededor… Era grande mamá, muy grande, y la vida aún le quedaba como a mi la mía –saca de sus bolsillos arena que se va convirtiendo en una gran bufanda– ¡Mira!… El no me vio, no paraba de llorar diamantes y se sacó su vida y me la puso en el cuello.
La madre deja caer pesadas gotas de remordimiento en sus manos, solloza en silencio, sale de esa honda piscina que son los ojos del muchacho, se seca el alma y toma la vida del abuelo del cuello del muchacho.
–No debimos dejarte salir solo, no debimos dejarte aquí arriba solo, los fantasmas acechan a la hora en que el futuro deja de cruzar el presente y ahora tu abuelo es un bulto que las nubes no quieren.
La madre se levanta como si el cuerpo aún estuviera en la silla, así, pesada, se arregla las arrugas del rostro, del vestido, del aire, infla sus pulmones con resignación, toma los encargos con un mano y la mano del muchacho con la otra, empieza a andar en dirección a la habitación donde el bulto no ha sido movido por tantos silencios rezantes.
–¡Ahora vamos! Hay que ajustar rápido tu vida antes que te crezca demasiado y la andes arrastrando como el abuelo…
–¡Pero mamá! –jalando su cuerpo hacia el otro lado del cielo, en dirección opuesta a la muerte– puedo regalarles un poco al Migue y al Alfonso, a ellos les hace falta…
–¡Nada de eso!, que ya sabemos que si lo haces te volverá a crecer.
Jalando con mas determinación cristiana que con fuerza, lo lleva hasta una silla que está al lado del bulto. El muchacho no ha quitado la vista de tanta nube que está atrás de la ventana, aún sentado sus ojos huyen fuera de aquella sala, no quiere ver al vacío en forma de cuerpo que está a su lado
–¡Ese no es mi abuelo, no lo es no lo es no lo es!
La madre lo ha sentado y ahora acaricia esos pequeños largos cabellos con los dientes de la peinilla, separa los hilos que le salen de la cabeza, atrás, a un lado, al otro, con sus dedos mide la distancia, toma una mecha, la levanta, y con la tijera corta ese desorden y el exceso va cayendo al hombro, del hombro a las piernas y finalmente al suelo… Toma otro mechón entre los dedos, lo mira, lo mide, lo levanta y lo corta, los compara los mide juntos y toma otro mechón y otro y otro y otro, y así todos…
El muchacho que intentaba salir por la ventana con los ojos, ha quedado inmóvil con esa primera pluma caída, la ve en su lento descender hasta el suelo. No le ha dolido pero le duele, no sabe si más el que le corten esas plumitas o que quién lo esté haciendo sea su madre, le duele cada vez mas profundo como si se las estuvieran arrancando del corazón y la sangre invisible saliera por tantos huecos dejados… Y así va quedando, apagado, desangrado, inmóvil en esa silla, muerto al lado de un vacío. La madre al terminar en la cabeza del muchacho le sopla los restos, se coloca delante de él, acerca sus labios a la frente ahora desnuda, y la enfría con un beso que ninguno de los dos siente. Arregla nuevamente su vestido, deja la tijera y el cepillo a un lado, toma la bufanda que había quitado al muchacho y se acerca lentamente al bulto, lo mira a los ojos cerrados, se inclina ceremoniosamente –No le vuelvas a enseñar este tipo de cosas… Después es mas difícil de educar– a este también le da un beso antes de levantarse y se retira, un poco mas liviana, un poco más oscura, se dirige hacia el ejército de silencios, dejando atrás las alas cortadas y la tanta vida que tuvo en las manos, como si lo importante fuera únicamente la forma, agradece uno a uno la presencia de cada silente en la sala.
El muchacho se ha quedado quieto en la silla, sus ojos clavados con alfileres a las nubes de las ventanas y con miedo de que se le derrame la sangre invisible dentro de tantas heridas.

Escrito por Tomás Flores

(Quito, 1989) Hago arte. En diferentes formatos. Actor, viajero, escritor, aprendiendo música, dibujo y canto.