Chihuahua ha sido uno de los estados de México más conocido en todo el mundo. Su impacto ha resonado a nivel nacional e internacional no sólo por las bellezas naturales de sus paisajes y costumbres, sino por cosas más oscuras, lo antípoda: la desaparición y asesinato de muchas mujeres desde la década de 1980.

Relacionamos palabras como asesinatos, mujeres, desaparición, feminicidios con el nombre de uno de los estados más grandes, territorialmente hablando, del país mexicano.

La impunidad, la inequidad y la ineptitud de las autoridades chihuahuenses ha marcado un escenario trágico para la vida de muchas familias en el norte del país; sin embargo, una avanzada de mujeres ha revertido el uso de las narrativas necropolíticas, las cuales convierten los cuerpos de las mujeres en desecho tanto por su lenguaje, y punto de vista lejano, lo que ha deshumanizado y normalizado la barbarie que día con día aqueja a las mujeres, no sólo en la zona norte, si no en todo el país.

Cada día mueren nueve mujeres en México. Cada día hay un promedio de seis desaparecidas, de las cuales sólo el 1% aparece con vida y de vuelta con sus familiares.

Ante esta necesidad de mantener una memoria colectiva que no banalice los hechos violentos, la feminista y politóloga chihuahuense, Mariela Castro, se dio a la tarea de hacer un ejercicio periodístico y literario en donde la memoria de las mujeres caídas siga viva.

Mariela hace una narrativa al servicio de una obsesión, de un sufrimiento histórico, político y social: el dolor de las otras, las mujeres.

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Mariela Castro, foto tomada de Facebook.

Mariela, ¿cómo fue que te adentraste en el feminismo, qué experiencia en tu vida catapultó el deseo de ser una activista en pro de los derechos y garantías de la mujer?

Yo soy víctima del sistema. No fue en específico una sola experiencia, fue un cúmulo de cosas que me provocan sentirme descolocada, desolada, inadecuada. Cuando niña, me críe en el núcleo de una familia disfuncional, víctima de abuso sexual infantil, pederastia y violencia intrafamiliar, en el abandono materno y a la sombra de una abuela fanática religiosa.

Crecí con una visión distorsionada de la realidad, lo que empeoró en la pubertad y culminó en un embarazo adolescente. Posteriormente, fui obrera de maquiladora por años mientras estudiaba en sistemas abiertos, así concluí la preparatoria y, más tarde, con un modelo de educación a distancia, la universidad.

El tramo fue largo, tortuoso porque fue producto de mis anhelos; sin embargo, fueron la serie de violencias, en su conjunto y las que había padecido a lo largo de la vida, las que definieron mis decisiones: qué estudiar, las formas, mi desarrollo personal y las renuncias a las que estaba obligada a realizar con este fin.

Cuando el feminismo llegó a mi vida, siendo ya una adulta (que nunca fue ni vivió joven) fui dándole forma a mis sentires, una nueva lógica se presentó frente a mis ojos direccionando mi mirada con una perspectiva que entendía porque la sentía, porque me dolía en la carne.

Además, era comunitaria, muchas hablaban con distintas palabras de mis procesos porque les eran comunes. Me fui entendiendo a  mí misma a través de ellas. Mi previa formación de izquierda (que me proporcionó conciencia de clase) me generó (a la par del estudio del género) una conciencia feminista.

Y de ahí, he acompañado procesos de politización de construcción colectiva con la denuncia como principal herramienta porque al definirme mujer con una voz, me veo y siento en obligación de usarla.

¿Cómo ha sido tu vida de activista política y feminista en Chihuahua? ¿Qué problemáticas has enfrentado?

Las mujeres con las que yo me formé, aprendí, trabajé y me dieron la posibilidad de integrarme en sus círculos de pensamiento y acción están en la ciudad de México y otros estados. Ahí nos reuníamos para trazar planes, estudiar, organizar la lucha colectiva, tuve la fortuna de encajar en espacios donde el afán era crecer y fortalecernos en conjunto y cuando pretendí iniciar a militar en Chihuahua, fue toparme con una pared.

Si bien es cierto el movimiento feminista nacional le debe grandes cosas a las pioneras y mis antecesoras en Chihuahua, también es cierto que la militancia se convirtió en una franquicia en la que fue y es muy complejo insertarse, puesto que la dinámica era, y es, suscribirse a los liderazgos bien definidos y depositados en unas cuantas pero nunca convertirse en protagonistas de los procesos sociales.

Así, no hubo un relevo generacional. Son casi nulas las que se sobrepusieron y eso fue posible porque adquirieron por méritos propio en la academia u otros espacios, reconocimiento.

De modo autónomo, fui construyéndome una imagen y figura pública que más tarde y a punta de trabajo y estudio, se convirtió en referente en temas de género en la entidad.

Sabemos que el actual gobierno de la entidad es panista, y este partido ha mostrado a nivel nacional una fuerte declaratoria en contra de los derechos de las mujeres al aborto, llamándolas incluso “asesinas”. También han promovido leyes con penas más duras para quien se realice un aborto, llegando incluso a negarlo en caso de violación, malformación del feto o peligro de muerte para la madre. Ante este panorama de agresividad del partido, ¿cómo ha sido ser militante bajo el gobierno de Corral? ¿Ha mostrado la misma línea dura en contra de las mujeres en Chihuahua?

La correlación de fuerzas en el activismo del género, por decirlo lo menos, es complicada. Desde su campaña Javier Corral definió un supuesto carácter “ciudadano” a lo que sería su gobierno; así, se integraron a su gobierno distintos liderazgos sociales, entre ellos, las feministas que otrora eran visibles por siempre haberse posicionado en disenso y férrea oposición.

Hoy, sin embargo, algunas son parte del gobierno y cuidan la figura política del gobernador, que por cierto, no se ha caracterizado por ser cercano a la gente; no recibe a víctimas ni a sus familias y, como contraparte, sí abre la puerta al lobbing conservador que materializa en términos de comunicación política, en sus amigos personales sacerdotes católicos que exhibe incluso en sus redes sociales, tan solo por poner un ejemplo.

La avanzada de la derecha se fortalece y son pocos los contrapesos porque nos hemos colocado y sostenido desde la resistencia. Con esto no digo que no sea valioso que las feministas formen parte del gobierno, que bueno que estén.

Lo malo es que sus esfuerzos se vean acotados, dispersos y difuminados porque este es un gobierno ultraconservador que en posiciones sensibles tiene a personas de ese mismo carácter que no han sabido separar su quehacer público de sus convicciones personales y esto limita cualquier aportación que las conocedoras del género puedan aportar porque las hacen a contracorriente y la cerrazón que es tolerada por el titular del ejecutivo estatal que prefiere ser omiso a estas controversias en aras de la pluralidad.

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Algunas integrantes de #MareaVerdeCUU, foto Facebook oficial del colectivo.

He leído y seguido al colectivo Marea Verde Chihuahua el cual muestra la valentía de las mujeres que lo integran y que luchan por el derecho al aborto legal y por el esclarecimiento de feminicidios en la región, ¿eres parte de ellas? ¿Qué nos puedes decir de este movimiento?

Si, lo soy y muy orgullosamente. Acá hubo un evidente vacío de militancias feministas. Las que se asumen así habían centrado en la institucionalización y el corporativismo de género que, al menos en la entidad, vació la rabia que le da sentido a cualquier praxis política.

Las disidentes, contrarias o críticas a la tecnocracia del género fueron relegadas e invisibilizadas y aunadas a las jóvenes que no encontraban sitio para verter sus inquietudes, criterios que pretendían convertir en acción, deseos imperiosos de apropiarse de las calles para hacerse presentes en la realidad política de nuestro contexto desde sus muy diversas realidades y feminismos. Así fue que confluimos en la organización de la movilización del #24A, antecedente inmediato de la #MareaVerdeCUU.

En aquella ocasión, salimos a la calle casi 500 mujeres (para el contexto chihuahuita es una multitud) en una marcha 100% feminista, totalmente violeta, por primera vez en la historia del estado, porque las feministas nos habíamos sumado a todas las iniciativas y demandas sociales justas pero, en esta ocasión, fue iniciativa de este grupo de mujeres jóvenes (y no tan jóvenes) que irrumpimos para hacernos presentes con las consignas que el movimiento, por no lastimar su interlocución con el gobierno, se había negado a encabezar.

A poco más de dos años, cuando se integra la Asamblea de la Marea Verde aquí con las que organizamos y marchamos en aquella ocasión, la conformamos colectivas de mujeres jóvenes y personas diversas que abrazamos distintas causas y reivindicaciones, para empujar la despenalización social y legal del aborto.

Ahora, y tras nuestras acciones que han resultado sumamente emblemáticas, se ha hecho evidente que hoy hay feministas de unas y de otras, que no todas suscribimos de la misma forma los sucesos y sobre todo que no somos un bloque homólogo y monolítico en el que dejamos el encargo de nuestra voz, voluntad y criterio solo a unas cuantas, porque la marea es plural, diversa, autónoma, autogestiva y sobre todo, horizontal. Y eso es maravilloso, generar después de varias décadas de ausencia, un espacio de libertad para la militancia feminista.

Desde luego que además de la despenalización del aborto, nos sumamos a la solicitud de la alerta de género (siendo críticas del porqué no se ha solicitado), mantenemos una campaña permanente de denuncia contra el feminicidio.

Es complejo abrazar esta bandera porque existieron intentos de cooptación de nuestro trabajo y presencia como capital político; por ejemplo: para la conmemoración de los 25 años de lucha contra el feminicidio (en 2018), se conformó una Alianza Feminista que la Marea Verde Chihuahua NO suscribió y desde entonces se ha pretendido hacernos ver como traidoras, desertoras o manipuladas (jamás se ha dicho por quién), pero no se ha mostrado ninguna voluntad de reflexionar en colectivo sobre los puntos que nos hacen disentir en una alianza que consideramos adultocéntrica y que se construyó en los mismos términos que inhibieron a otras mujeres (en otros tiempos) a enunciarse feministas porque no encontraban espacio que las hiciera sentir representadas.

Esto es en lo que se ha convertido la marea verde, en un muy activo espacio de libertad de estudio, reflexión y amplia representación política por todas las que lo integramos que está teniendo un impacto concreto e inusitado el cual, ni nosotras mismas imaginamos sus alcances.

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Foto tomada del Twitter

En el timeline de Twitter pude ver una publicación de la escritora, y feminista, Dahlia de la Cerda sobre el libro que publicaste rindiendo un tributo a las víctimas de feminicidios en la región del norte, “Un día nos volveremos a ver”; dinos, ¿cómo se gestó esta idea? ¿Quienes colaboraron en ella?

“Un día nos volveremos a ver” se inserta en el marco de una política transicional de recuperación memoria como medida reivindicativa de reparación y acceso a la justicia.

En ese sentido, el Estado, personificado por el gobierno del Estado de Chihuahua, ofreció a las familias este trabajo y fue el Instituto Chihuahuense de las Mujeres quien toma en sus manos la iniciativa, motivado en parte por el gran compromiso de su directora feminista (Emma Saldaña) con las víctimas y sus familias.

De ahí, me ofrecen el proyecto como feminista, activista política, defensora de derechos humanos y escritora; desde luego, no pensé demasiado en aceptar.

Este esfuerzo entrevera las historias de las niñas, jóvenes y sus madres para construir los relatos con una perspectiva de género puesto que en un sentido político, las «cuentas con el pasado» en términos de responsabilidades, reconocimientos y justicia institucional se combinan con urgencias éticas y demandas morales, no fáciles de resolver por la conflictividad política en los escenarios donde se plantean y por la destrucción de los lazos sociales inherentes a la emergencia nacional que supone el feminicidio.

Para realizarlo la única indicación fue HABLAR DE ELLAS CUANDO ESTABAN VIVAS, esa directriz fue la que le dio forma al proyecto. De ahí y para profesionalizar el quehacer que, de modo previo, he venido realizando para los medios de comunicación con los que colaboro, conocía ampliamente el trabajo de Daniela Rea de la Red de Periodistas de a Pie que son quienes se han encargado de documentar en un ejercicio de memoria desde al ámbito periodístico con rigurosidad histórica, una narrativa de los rostros de la guerra desde la perspectiva de las víctimas; me contacté con ella y me dio los elementos para comenzar a construir la maqueta inicial.

También, y gracias a su consejo, Lydiette Carrión, autora de “Desapariciones y feminicidios en el río de los Remedios”, colaboró con un texto que al igual que Dahlia, dieron un encuadre político a la pieza.

Se puede decir que Daniela me apoyó en la coordinación porque también me hizo presente lo que es sabido: que Alicia de los Ríos Merino es quizá la mayor experta en temas de recuperación de la memoria que hay en el país (así lo considero) y, por fortuna, aceptó prologar también por un profundo afecto a las familias y las víctimas.

Por ser este un regalo y por mi cercanía con las familias a las que ya conocía por mi activismo  (personalmente a algunas, otras solo por los medios y algunas de vista por el acompañamiento en sus acciones y movilizaciones), trate de complementar la narrativa con elementos visuales que corrieron a cargo de la artista plástica Berenice Carrillo, que en materia editorial se ha desempeñado en Editorial Planeta.

La portada y contraportada contienen objetos muy simbólicos como el espejo que es representativo de nuestra presencia y permanencia, las flores como el constante renacer y florecer ante la adversidad, la máquina de escribir para el registro de la memoria, el tren que representa las historias de lo que se fue, lo que llega, la luz al final del túnel, el constante ir y venir. Todo enmarcado en el color morado y rosa, el color de las cruces emblemáticas de la lucha contra el feminicidio.

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Interiores del libro. Foto tomada de Twitter

Llama la atención el nombre del libro, ¿por qué decidiste ponerle ese título? ¿Qué podremos encontrar en sus páginas? ¿Es narrativa testimonial, una crónica o un híbrido de géneros sobre el tema del feminicidio?

El proyecto lo comencé a desarrollar sin un nombre, tentativamente le puse uno que específicamente señalé podría cambiar y así fue.

El título se construyó en colectivo, ya comenzado el trabajo que significó 120 horas de grabación y un acervo fotográfico de 200 imágenes. Durante el proceso una frase fue reiterativa y pronunciada desde distintas intenciones y contextos: “un día nos volveremos a ver”, en ocasiones abrazando la fe que a las madres les permitió seguir vivas, a los padres entrevistados seguir de pie sin perder entereza, todos, en el anhelo esperanzador de no dejar caer en el olvido a sus hijas y hermanas asesinadas. La mayoría de las entrevistas contienen esa frase, no podía llamarse el libro de otro modo.

Por otra parte, cada entrevista varió su duración y aunque fui muy específica en no abordar los detalles de los crímenes, en alguna parte brotaban comenzando por los el relato detallado de los sentimientos, sensaciones y emociones que se dieron desde la desaparición; la construcción de los relatos se aborda desde lo ocurrido en ese espacio, en la línea de tiempo que se dibuja a partir de las experiencias de vida que pretendí alimentar con la intangible emotividad ahí vertida.

Representó un reto escribir sobre la vida de mujeres muy jóvenes y niñas, en ocasiones las entrevistas no arrojaron elementos que me permitieran agarrar un hilo para tejer una historia.

En esos casos, opté por la poesía como una salida digna al enorme compromiso que implica llegar con una madre a la que le fue arrebatada su hija y decirle que tu trabajo permitirá que no sea olvidada.

Empero, en general, el libro se divide en cuatro capítulos y uno aparte, que está fuera de la lógica del resto porque se hizo especialmente para una joven que desea dejar de ser reconocida por su hermana muerta y la ha entregado al olvido.

Comentaste que hiciste varias entrevistas a los familiares de las víctimas de feminicidio, ¿qué impacto causó en ti las revelaciones que madres, padres y demás familiares te hicieron sobre esas mujeres y su vida? ¿Hubo algún cambio en tu forma de vida o de pensamiento?

Por los plazos definidos para la entrega del trabajo, las jornadas de viaje fueron intensivas. Eso me dio poco tiempo para recuperarme entre un relato y otro, a la par, la investigación consumió otra parte de mi tiempo.

De alguna manera, ese dolor, duelos no cerrados, la indolencia, todas las emociones que produce la falta de acceso a la justicia y que a pesar de haber terminado ya el libro, no alcanzo a procesar del todo para conceptualizarlas en su justa dimensión.

Todo se me acumuló, sobre todo, porque en la mayoría de los casos la tragedia no llegó sola:, ocurrieron asesinatos o hechos violentos previos o posteriores a la desaparición y asesinatos de hijas o hermanas.

Desde el inicio tuve la firme convicción de no convertir esto en una prospección tremendista que me hiciera hurgar innecesariamente en el dolor. Lo evadí tanto como pude también en el cuidado de la no revictimización, pero fue casi imposible: en el rapport, las personas convertían en un torrente sus relatos.

El burn-out me comenzó a consumir. Problematizar la tragedia, darle estructura a este compendio a la par del consumo desmesurado de textos teóricos se convirtieron en una vorágine en la búsqueda de sentido y explicaciones, me cuestioné todo lo que supuse sabía sobre el fenómeno, mi papel como acompañante, mi compromiso con mi activismo, desarrollé una frenética necesidad de tener a la vista y cerca a mis hijos, el plano familiar y mi entorno cercano se desgastó tanto que derivó en rupturas.

Aún, y por momentos, tengo brotes de stress post-traumático porque se me agolpan las sensaciones que me provocó la escucha de las vivencias de las familias y la conciencia que tengo de las mismas.

Entrelazado con mis propios procesos personales, yo misma no encontraba motivos para justificar mi propia existencia. Llegué al colapso en un par de ocasiones pero entregar a las familias de las víctimas el libro, en sus propias manos y que lo abrazaron fuerte contra su pecho luego de ver reflejadas a sus hijas en sus páginas, lo valió todo.

¿Por qué crees que es necesario hacer este tipo de libros?

Para reconocernos vivas, para combatir la misoginia, para que nos dejen de matar. Las narrativas de la necropolítica insertas en el sistema heteropatriarcal convierte el cuerpo de las mujeres en objetos de consumo, desdeñables, nos deshumaniza, nos roba el sentido y la identidad.

Por eso es urgente devolver el sentido ético a las sociedades como la nuestra donde las mujeres y las niñas no tenemos valor, ni vivas ni muertas. Por eso el apremio de acudir al deber moral que implica la memoria como un antídoto contra la barbarie. Porque a las víctimas les debemos recuperarlas con toda dignidad.

En tanto la memoria se convierta en un tema transversal en todo ejercicio literario, estaremos abonando en la construcción de una sociedad más justa con sus mujeres.

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Foto tomada de Facebook

Háblanos un poco más de las “narrativas que señalan a las víctimas de feminicidio como las principales causantes de su muerte y desgracia”, ¿crees que es una estrategia política para deslindarse de los acontecimientos, o simple machismo?

Así como las mujeres encontramos en el feminismo herramientas para la politización de las consecuencias que las muy diversas violencias ocasionan en nuestras vidas, el machismo también ha politizado las herramientas con las que sostiene su estatus quo.

Una de ellas es el control de nuestros cuerpos con narrativas punitivistas en las que se nos cuestiona, o culpa, por lo que presumiblemente pudo haber sido una decisión, o acción, inducida por nuestra voluntad o deseo sexual. Con las niñas sucede igual, se les acusa de precocidad o, si son demasiado pequeñas, la acusación gira en torno de la madre.

Es político porque versiones oficiales venidas de las instituciones por décadas (por fortuna eso está cambiando) y el tratamiento mediático que les daba réplica, no solo generó e insertó en el imaginario colectivo de que así era por estar alimentada por la impunidad.

Esto definió también el abordaje de las acciones de gobierno que se tomaban para atender la problemática para atender el feminicidio y, en general, la violencia de género.

Esto imposibilitó por largo tiempo la construcción de políticas públicas con perspectiva de género y derechos humanos necesarias, al menos, para visibilizar el asesinato de mujeres por el hecho de serlo como lo que es, una emergencia que requiere todos los recursos del estado necesarios para su combate.

Esto se alimenta obviamente con el machismo de una sociedad acomodaticia que en tanto la tragedia no toque a su puerta, no se inmuta ni es capaz de indignarse por la desgracia ajena.

¿Crees que el ejercicio literario, ejercido como una recuperación de la memoria colectiva, pueda servir como herramienta político-cultural ante la ola de violencia que se ha desatado en el país en contra de las niñas y mujeres?

Soy una plena convencida de ello. En tanto politicemos quienes somos ahora derivado de quienes fuimos antes, cuando ellas estaban y no solo ellas, las desaparecidas y desaparecidos, las víctimas de la guerra, las y los que el feminicidio dejó en la orfandad, que son incuantificables y de los que nadie habla, tendremos más elementos para desear transformar nuestra realidad.

Porque culturalmente se promoverá la conciencia de desear que no nos haga falta nadie más.

¿Qué otros proyectos se avecinan?

Por fortuna “Un día nos volveremos a ver” parece estar cumpliendo su cometido y ha tenido una buena acogida, aunque con un tiraje limitado por los recortes presupuestales que ha atravesado el Instituto Chihuahuense de las Mujeres, el libro ya comienza a dar de qué hablar más por su función política que por su contenido.

Por el momento este sólo ha sido entregado a las familias en la ciudad de Chihuahua y está por replicarse el ejercicio en Ciudad Juárez. Posteriormente ya se estará en posibilidad de hablar de su posible distribución en el país.

Con este antecedente, inicio con otro libro similar con miras a desarrollarlo en 2019 pero ahora con mujeres víctimas de violencia para recoger y documentar sus procesos de vida, igualmente abrazada del compromiso del ICHMujeres y su cara más humana y sensible.

¿Qué otras autoras les recomendarías a nuestras lectoras y a quienes se están acercando al feminismo?

El feminismo y sus teóricas son un abanico de posibilidades para entender el mundo, entenderse y colocarse en el, generarse una praxis política y con ello, darle sentido a lo que nos mueve, nos provoca, nos hace transformar el mundo.

Personalmente los feminismos negros, comunitarios son en los que me reconozco. Igualmente, para conseguir el ABC, “Feminismo para principiantes” de Nuria Varela es una buena puerta de entrada.

La ética feminista es fundamental, y de ahí sugiero a Graciela del Hierro que define el pensamiento contextual frente a la condición humana. Otro de canasta básica para chiquillas es “Amiga Date Cuenta” de Tamara de Anda, “La política sexual” de Kate Millet, desde luego “El Segundo sexo” aunque sea para lectura pausada y relectura. Otro básico es “Los cautiverios de las mujeres: madresposas, monjas, putas, presas y locas” de Marcela Lagarde.

Pero esos son los que considero básicos pero a las escritoras que recomiendo porque son de mi preferencia son Bell Hooks, Audre Lorde, Julieta Paredes, Chimamanda Ngozi, Shulamit Firestone, Gloria Anzaldúa, Angela Davis. Hay un compendio que reúne a varias chicanas que se llama “Este puente, mi espalda”.

En fin, hay muchas más pero involuntariamente las estoy pasando por alto; sin embargo, no solo la teoría feminista y la literatura que puede reconocerse así nos ayudan a comprender nuestra realidad, yo también recomendaría también el trabajo de las periodistas como Daniela Rea, Lydiette Carrión y Periodistas de a Pie y Pie de Página.

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Para conocer más a Mariela Castro puedes seguirla en:

Facebook: https://www.facebook.com/marielousalome

Twitter: @MarieLouSalome 

Facebook de Marea Verde CUU: https://www.facebook.com/MareaVerdeCUU/

 

 

Escrito por Esther M. García

Esther M. García (Cd. Juárez, Chihuahua, México, 1987) Radicada en Saltillo, Coahuila. Licenciada en Letras Españolas. Ha publicado cinco libros de poesía, uno de cuentos y una novela juvenil. Ganadora del Premio Nacional de Cuento Criaturas de la Noche 2008, Premio Estatal de cuento Zócalo 2012, Premio Municipal de la Juventud 2012, Premio Nacional de Poesía Joven Francisco Cervantes Vidal 2014, Premio Internacional de Poesía Gilberto Owen Estrada 2017, Premio Estatal Chihuahua Cambiemos el cuento 2018, y Premio Nacional de Literatura Joven FENAL-NORMA 2018. Fue finalista del V Premio Internacional de Literatura Aura Estrada. Ha sido becaria del PECDA Coahuila y del FONCA JC. Sus poemas han sido traducidos al inglés, francés, italiano y portugués.

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