Ahí está, oculto en un rincón del estudio (lo que significa un pequeño rincón de la sala entre el comedor y la cocina) esperando. ¿A quién espera? En este hogar no estamos con rodeos, nuestras acciones se marcan por un profundo pragmatismo. Por lo que quizás quedó abandonado después de una limpieza o una redada del orden. Buscando el lugar menos molesto para él y nosotros. Es un libro. Mi primer libro.

El lomo y la portada perdieron color, las puntas están un poco roídas por el tiempo y sus páginas tienen ese tono amarillezco que dejan decenas de dedos. Eso tiene una explicación: el sudor y la grasa de los cuerpos. Adentro, unas cuantas anotaciones en conjunto con un esquema detallado de los personajes y cómo están emparentados.

Mi sonrisa es infinita cuando leo un nombre en su primera página: el de mi madre.

Todavía lo conservo. Es parte de esos tesoros que mantenemos en la sobriedad de nuestros recuerdos. Esas cosas que durante un incendio salvamos primero. Es la piedra fundacional para la construcción de algo que constituye parte de mi cuerpo; como si fuera un brazo o una pierna extra: mi biblioteca.

No le tengo nombre. O bueno, quizás sí: Legión. Recordando aquél demonio con millones de rostros que te poseía hasta dejarte seco. En este caso, son posesiones bien recibidas. Y créanme que si pudiera leer, le escribiría miles de cartas. Cada uno de los libros que reposan en esas repisas, instaladas con dedicación en un rincón de mi cuarto, son representación de mis experiencias.

¿Cuáles me llevo? ¿Tengo que dejarla? ¿Cuánto dinero necesito para transportarla? ¡Hey! ¿Y si me juego un ticket de la lotería?

Migrar es mucho más que cambiar de uso horario o aprender nuevos modismos. Migrar es adaptarte a múltiples patrias. La que dejas, la que te recibe y todas aquellas que se quedaron en las páginas que doblaste, marcaste, te aprendiste de memoria y ensuciaste por estar tomando café o comiéndote un perro caliente.

Es encontrar el equilibrio perfecto entre aquellos recuerdos que están asociados a un libro: “aquél día estaba en camino a casa de tal persona leyendo esto”, “esa vez, no me robaron porque les pegué con mi copia del Decamerón” y como olvidar: “una vez que le regalé ese libro, nunca nos separamos”.

Parte de mi historia se quedó en Caracas. Y la que construyo en Quito, es una extensión de todo aquello que soy incapaz de abandonar. Una especie de gasolina a la hora de recorrer nuevas fronteras y saber que haré todo lo posible para que todos los pedazos de esa historia vuelvan a estar juntos.

Ustedes, ¿salen a la calle sin protección?

Yo no.

Siempre llevo un libro conmigo. Porque cualquier momento es bueno para deslastrarse de la cotidianidad y la rutina de todas esas piezas de relojería que componen a la coyuntura: hacer mercado, lavandería, buscar a los niños en el cole, entregar los informes y respirar.

Nunca olvidemos respirar.

Son esos cinco, diez, quince minutos, como si fueran siestas de poder, los que nos permiten seguir soñando bajo una realidad que nunca deja de posar sus colmillos sobre nosotros. Es ése espacio de letras que nos brinda la malicia necesaria para afrontar un mundo que se mueve más rápido que el resto.

Sí, estoy seguro. Esa biblioteca que empezó desde aquél libro amarillezco volverá conmigo.

Escrito por Jefferson Díaz

(Caracas 1986) Padre, esposo y periodista.