«El mundo percibido no es solamente mi mundo, es en él que veo dibujarse las conductas del otro, éstas también apuntan a aquél, que es el correlato no solamente de mi conciencia sino también de toda conciencia con que pueda encontrarme»
Maurice Merleau Ponty

Sin duda alguna la incertidumbre tiene dentro de la reflexión humana un puesto fundamental. Es una de las experiencias más complejas a la hora de querer hallar en ella la fundamentación de la vida, y por lo mismo, se ha vuelto el punto más abordado dentro de la cultura humana; para explicarla creamos conceptos, teorías físicas y metafísicas, nos servimos de la poesía, el teatro, de lo cuántico, lo innato o lo creado; sin duda componemos una simbología de la pertenencia para anclarnos,  se intenta ordenar el caos y se actúa con tal decisión en ello, que pareciera que el mundo realmente es una gran escenografía dispuesta a empaparse de complicidades ritualizadas que le entreguen un sentido.

Diría el pensamiento contemporáneo que esta respuesta tan humana se crea porque tenemos una conciencia que logra percibirse tanto a sí misma como al otro, conciencia que es capaz de interpretar los códigos, conceptualizar sus vivencias y hacer pronósticos, pero la lógica de la incertidumbre nos dice que el desapego, la distancia, la incoherencia, el desencaje, son posibilidades que están ahí como parte del eterno drama humano, ingobernable, indisoluble, inarrancable.

«Hoy
       se abre
                 gatillando sombras
el telón de la noche
en nuestro cuerpo
se acerca la sentencia
  de fondo un árbol.
Los recuerdos
se derraman
    en tajos
la mirada
se nos puebla
de fosas» («Rincón de lluvia» p.4)

Así comienza el poema y libro «Rincón de lluvia» de Valeria Sandi, un espacio que puede asociarse a la puesta en escena de una obra teatral, donde los personajes o sujetos líricos se desdoblan en la medida que construyen el ambiente, lo protagonizan y lo advierten como espectadores. Este rincón es una parte del escenario, es la condición observable de una intimidad alojada en un cuerpo desnudo que se muestra, es posiblemente la respuesta poética que desde una postura teatral nos acerca e invita a presenciar el proceso de escritura de su propia historia. En ese rincón llueve, no por sanación, sino por dictamen, porque el fenómeno de la lluvia es tan natural como la incertidumbre misma

«Llegada la sentencia
desde nuestra
nítida oscuridad
pedimos al tiempo
como juez de luto
un rincón de lluvia
como última patria» («Rincón de lluvia» p.4)

A través de doce poemas es que Valeria Sandi nos introduce a una esfera emocional, carnal y subjetiva, distinguimos su materia y su forma, vemos su cotidiano cayendo en contradicción. Hallamos en ese lugar un enjambre simbólico de ritos, que permiten hacer circular el fenómeno de la lluvia, la oscuridad y la noche elevando el fenómeno a la cima de lo poético y haciéndolo caer en un cuerpo que es puente para trasladar el espíritu a un tiempo distante de este presente, pero adosado a él. Vemos en primer plano la figura sutil tejida de recuerdos empapada de asociaciones y audacias que no agotan al sujeto lírico, más bien le genera un estado nuevo, un estar metafísico del ser

«Es la vida
un recolectar
de hojas
para el refugio
de las palabras.
Es el tiempo
una escritura breve
de aquello silenciado
por la sombra» («Hojas» p.15)

La hablante, como corporalidad es quien adolece de la circunstancia, sus gestos son el mapa que pone al lenguaje como una desnuda geografía de la conciencia, la sensibilidad y el deseo, a la vez que atiende a la reflexión. Se mira en los ojos de quien recuerda, se respira en las representaciones de un proyecto inasible, se vive para sí misma a la vez que muere llevando consigo la flexibilidad del alma. Las imágenes que vemos en los poemas, son fieles a la movilidad de las actrices, he aquí también como el cuerpo orgánico se hace identidad en la medida que expresa sus emociones y las dibuja o escribe

«Nuestro soporte
Llevaba menos calcio
en los huesos.
En mis vertebras
cayó el invierno
no es ni mediodía
y me apuntan
todas las ampollas
abiertas del cielo.
Tienen olor
a humedad estos ojos.
Y mi cuerpo
ahora doblado
sobre el adiós». («Se mueve la despedida» p.16)

Es posible presenciar en «Rincón de lluvia» una triangulación que sirve de esqueleto, por una parte, un sujeto lírico como un presente carnal que sufre la pérdida; por otro lado, el personaje que no está, que es proyección imaginaria forzada en el recuerdo y, por último, un diálogo creado en el que ambos habitan y desde donde se consagra el “nosotros”. En esta intersubjetividad el concepto se concreta en la medida en que el otro es apelado lingüísticamente.  La otredad en tanto es un dilema, una imagen vestida de proyecto infecundo, un espejismo que sólo es posible que viva en lo efímero de una memoria, que de querer callarlo solo bastaría no ser pronunciado, pero he aquí también la magia del lenguaje y de la poesía, que es capaz de articular un hilo conductor de sentido, un hilo que cose el rostro a la máscara, y en esa posibilidad resulta la pertenencia conceptual, como rincón habitable

«En cada pestañeo
me absorbes
los sueños
implacables tus ojos
retornan.

 Sigo cavando
la tierra no duerme.
Ya sin uñas.
Te sigo buscando
no hay derrota
en las palabras
cuando tu voz
está dentro» («Búsqueda» p.18)

Poemas como “Mirada” (p.9), “Raíz de ceniza” (p.10), “En el sur de la nostalgia” (p.20), llevan consigo un correlato, que impregna esta historia tanto de mito como de realidad, pero siempre vista como una unión infinita, perpetua e inagotable de horizontes, donde la poeta mediante un proceso honesto, desgarrador e intenso, espera la sentencia

«Disculpa
el temblor
de mis años             llega
se derrama
nuestro sueño.
Ahora
te llevo
siendo un deseo
seco
en la garganta
desde
dónde voy
tosiendo
todo
lo que no serás.». («Raíz de ceniza» p.20)

En «Rincón de lluvia», las palabras tienen fuerza y pureza; redimen el referente (el otro) transformándolo en esencialidad; se constituyen en inauguradoras del sentido, en un punto de encuentro que nos envía a un infinito campo de relaciones del ser con el mundo, del sujeto como parte de un mundo en que se abren torceduras de la experiencia. Así entre diálogos con los fenómenos, con los territorios, con el deseo truncado, con la otredad, la poeta nos abre un escenario deslumbrante, fresco, que no se agota. Hay en él un carácter metafísico que hace posible el acontecimiento poético. En este universo, la palabra pasa a ser ella misma el centro de su expresión, es decir, palabra que es a la vez es forma y contenido, cuerpo y alma, entidad creadora, palabra liberadora de mundos, palabra que nos instala, que nos lleva a habitar en una dimensión no cotidiana, no cósica sino espiritual de la existencia.

Escrito por Isabel Guerrero

ISABEL GUERRERO. Rancagua, Chile - 1985. Profesora de Castellano y Filosofía. Escritora. Actualmente es directora de Revista Mal de Ojo y parte del comité editorial de Revista Latinoamericana La Ira. Publica "Poemario Obstinado", por Editorial E-Lit, 2013. La plaquette "Anzuelo", 2015 y “Trazos de una obra por hacer” de Editorial Conunhueno en el 2017. Ha participado en Encuentros y Festivales Literarios en Chile, Colombia, Argentina, México, Bolivia, Perú y Cuba, publicando en las respectivas antologías de cada uno. Se destaca su participación en revistas de nivel político y social y la participación en actividades de desarrollo humano y creación poética en Escuelas y Centros Culturales de todo el país