DON DE LA VEGA

Cuando lo veo jugar con los pedazos de hielo en la bañera, me da mucha pena el pingüino, la verdad. El pobre echa de menos, a buen seguro, el Polo Sur, o el Polo Norte, donde sea que vivan los pingüinos. A mi edad, estas cosas ya son irrelevantes.

Fue ciertamente algo curioso: una tarde de domingo, mientras echaba una partida al dominó, sin más compañía que los vetustos cuadros del salón y la voz de la presentadora de las noticias, llamaron a mi puerta. Puesto que soy un anciano y vivo solo, pensé que no debía abrir por precaución. Sin embargo, el timbre seguía sonando y me decidí, al cabo, a hacerlo. Fuera, me recibieron el frío imperturbable de la escalera y, un paso más allá del umbral, una voluminosa caja de cartón a los pies. Con irreprimible curiosidad, la entré en casa y la abrí sin más. No cabía en mí de asombro: dormía, en ella, un pequeño pingüino. Era, sin duda, una cría muy tierna, mas su plumaje —liso y tintado en negro y blanco— ya dejaba entrever el impecable frac que le vestiría mañana. Sus aletas parecían cubrir su cuerpo a modo de amorosa manta…

¿Qué debía hacer con él?

Lo único que sabía de los pingüinos era que vivían en los hielos. ¿De dónde habría salido esa adorable criatura que, a la puerta de mi casa, desafiaba todas las leyes del mundo animal?

Me costó recuperarme de la sorpresa inicial y aún barajaba diferentes posibilidades cuando el animalito abrió los ojos. La indefensión de su profunda mirada me arrebató el alma hasta tal punto que resolví ponerlo en la bañera añadiendo al agua fría todos los cubitos de hielo disponibles en el frigorífico. La decisión, sin embargo, fue mucho más fácil de adoptar que de llevar a término. Solo a duras penas, con mis torpes dedos haciéndose los remolones, logré desengastar las cubetas del gélido lecho donde yacían atrapadas y, acto seguido, remojando su revés bajo el grifo, liberar, por fin, los cubitos, que recogí en una robusta jarra antes de añadirlos a la bañera, ya por entonces semillena. Concluida la compleja operación —¿por qué diantres la más insignificante tarea doméstica se me hacía tan difícil con el paso de los años?—, sólo me restó correr la cortina, en previsión del inevitable chapoteo, y tomar, entre mis manos, con una toalla, el pingüino y llevarlo hasta el agua. Ya en ella, pareció extender sus aletas hacia mí y yo, sin saber muy bien qué hacer —descolocado por el brillo tan puro que emanaba de sus hipnotizantes pupilas—, le di unos suaves golpecitos en la cabeza, de maravilloso tacto, semejante a la pelusa de seda. Él, como respuesta, emitió un simpático graznido que me sonó a agradecimiento.

La situación rayaba el absurdo. Solo sabía de los pingüinos por los documentales televisivos y, aunque me había parecido fascinante ver cómo se movían —cual los más patosos payasos— y, a la vez, la habilidad con la que sus patas se aferraban a los resbaladizos bloques de hielo, jamás habría pensado que llegaría a tener  uno tan cerca…

Poco salía yo de casa. El mundo exterior no me necesitaba y los ruidos y las prisas de la gran ciudad me abrumaban. No obstante, al día siguiente, superé mi miedo a los pasos peatonales para encaminarme hacia la biblioteca pública y consultar, en una enciclopedia, la alimentación y las necesidades de los pingüinos. A falta de Polo Norte —o Sur, ¡he vuelto a olvidarme de ello!—, yo mismo le compraré —recuerdo que me dije a la salida del edificio—, mientras no encuentre una solución más conveniente, los peces en la pescadería y lo alimentaré con cuidado y mimo, ¿Acaso tengo algo mejor que hacer?

No, no lo tenía.

Y pasamos juntos largas horas. Le tomé muchísimo cariño. Incluso le puse un nombre: Don de la Vega, Dieguito para los amigos —¡qué otro nombre más apropiado para un animal que siempre va tan elegante!—. Dieguito parecía entusiasmado con todas las atenciones que recibía y hasta tomó la costumbre de agitar sus pequeñas aletas para mostrar su alegría cuando le hablaba del suculento pez que le esperaba para desayunar.

En él —llamadme estúpido y loco, pero ¡qué pingüino más dado al cariño que era Don de la Vega!—, hallé un amigo de veras. Sentado encima de la tapa del retrete, le relataba con una sonrisa aquellas experiencias que, con el tiempo, había decidido —más por azar que porque fueran especiales en sí— guardar en los recovecos de mi memoria. Le conté, por ejemplo, cómo pasé la posguerra y también le recité los poemas que aún retenía en mi mente desde que era un mocoso, cuando los aprendí en el colegio. Lo tomaréis por una fantasía senil, pero el fulgor de los ojos de Dieguito mientras escuchaba mis historias pocas veces lo he visto en humanos. Me sabía a gloria.

Así discurrió todo hasta que me recortaron la pensión. Ya de por sí de escasa cuantía, un mes me encontré que se había reducido muy sensiblemente. Decían que lo habían hecho por el bien del país, que venían «tiempos difíciles» y que todos debíamos «estrecharnos los cinturones». El caso es que, de inmediato, tuve que renunciar a bastantes cosas;  la primera de ellas, la calefacción. Aún puedo ver, cual si fuera hoy, cómo, embutido en desastrados jerséis y la más variopinta ropa de abrigo, me sentaba al borde de la bañera y, tiritando de frío, le sonreía a Don de la Vega, quien, gozando, por el contrario, de la gélida temperatura reinante, movía, juguetón, las aletas mientras iba de un extremo al otro de la bañera, excursión que si a mí se me antojaba poco emocionante, parecía, a juzgar por el porte distinguido con que la realizaba, poco menos que un paseo triunfal para mi pequeño aventurero.

Había trabajado durante cuarenta años y, ahora mi pensión, ya de por sí bien escueta, se había quedado en unas migajas. Sin familia que me pudiera ayudar, mi vida devino un lento transcurrir de las horas y un amargo recorte de todo aquello que, poco o mucho, excedía de lo estrictamente necesario. De tal guisa, pronto me vi obligado a renunciar a alimentar bien a Don de la Vega y, en vez del nutritivo kril, crustáceos y pescado fresco que él se deleitaba en apurar, empecé a traerle escuálidas sardinas en lata. Únicamente lo que podía permitirme y, aunque él, con su proverbial inteligencia, pareció comprender la situación, observé que su plumaje se iba mustiando y sus ademanes perdían su chispa. Mis historias ya no le entretenían como antes y, cuando creía que yo no le veía ni le oía, pude comprobar que mi pingüino, solo, en la bañera, exhalaba un ronroneo, tan semblante a un lloro, que rompía el corazón.

No podíamos seguir de esa manera y tomé la determinación de que Don de la Vega debía irse a un lugar donde pudieran, de verdad, cuidarlo. Mis escasos ingresos no podían alimentarlo como era debido y su cuerpecito iba escarchándose de tristeza… Y el mío… Un día sí y otro, también, llegaban facturas que no podía pagar. ¿Qué hacer, cuando el mundo se torna hiel, cuando ya no puedes transformarlo ni tan siquiera alzar la voz?

Largos silencios pasaron a ser nuestras conversaciones. Lejos quedaban las carcajadas que juntos nos habíamos echado, él chapaleando entre aquellos pequeños bloques de hielo que yo le compraba y parecían derretirse por el calor de nuestra amistad.

Así pues, fui al zoo. En el punto de información, expuse mi problema: había un pingüino en mi bañera, llamado Don de la Vega, al que yo ya no podía mantener. La empleada que me atendió, perpleja, acabó cubriéndome de promesas, tras recoger en un impreso oficial mi comunicación y mis datos personales.

Transcurrió luego todo un mes sin noticia alguna mientras el alma se me caía a los pies. Un día, en el baño, haciendo de tripas corazón, me decidí a explicarle nuestra situación a Don de la Vega. Él también pareció venirse abajo. Con sus aletas, pegadas al cuerpo, abatidas,  me pareció escuchar un lamento, un brevísimo pero claro gemido de congoja. No, no había salida.

En el fondo, yo estaba asimismo dentro de una bañera. Corría de una punta a la otra, sin rumbo fijo, tan solo dando vueltas… Toda mi vida había sido así. Y, al presente, ya de mayor, cuando mi anhelo era cuidar de un dulce ser que se había convertido en el único atisbo de amabilidad en un mundo ya cerrado a cal y canto para mí, me veía sin dinero para hacerlo. Sin una pensión digna, sin Don de la Vega, sin poder hablar con nadie, ¿qué me quedaba esperar del resto de mi vida?

Fuera, llovía. Se sentía el repicar de gruesas gotas en el tejado, la impetuosa llamada de aquella infinitud de pequeñas vidas que, en un instante, nacían solo para, al instante siguiente, estrellarse. El pulpo de la melancolía extendía sus largos tentáculos de desesperanza hacia mi ánimo. ¿Y si me moría, qué pasaría con Don de la Vega? ¿Quién lo cuidaría, qué sería de aquella inocente criatura que me había acompañado tanto, que había prestado oído a mis cuitas y me había dado un motivo para vivir?

Llegó el invierno y, a través de mi desvencijada radio, me enteré de que habían abierto una pista de hielo para los más pequeños… Le expliqué nuestro plan a Don de la Vega. Él se limitó a mirarme fijamente y sentí que la separación sería más dura de lo esperado en este mundo que gira olvidado de la existencia de seres humanos, animales o soñadores…

Fuimos de noche. Yo lo llevaba envuelto en una colcha, como si fuera un bebé.  No le dije nada mientras caminábamos. Todo el trayecto se llenó de un silencio, extraño entre nosotros. Sus pupilas iban de un lugar a otro y, a veces, las clavaba en mí. ¿Qué debía pensar? ¿Vería, en mí, a su amigo, con el que tantas grandes veladas había pasado, o, por el contrario, al esperpéntico ente que, semblante contrito y alma partida, lo acarreaba en brazos?

Llegamos a la pista de hielo, solo iluminada ya a la tenue luz de las farolas. El halo fantasmal que se desprendía de su blanco impoluto nos saludó con una sonrisa esculpida entre las sombras.

Sin pensármelo dos veces, liberé a Don de la Vega. Empezó a deslizarse por el hielo; el suave roce de sus plumas con la superficie hacía de orquesta en la quietud nocturna. Agotado por la caminata, me apoyé en la barandilla, arrebolado de felicidad por los alborozados círculos trazados por mi amigo en la pista. Libertad. No más bañeras para Dieguito, no más límites a unos pocos pasos no más miseria de los sin suficiente pensión, no más paredes de ninguna casa.

¿Era esa la libertad que tantos filósofos habían buscado siempre con tanto ahínco?

La verdad es que no lo sabía. Mas, bajo las estrellas de aquel atribulado y frío invierno, intuí, de nuevo, que quizás sí que existía una pizca de felicidad en la vida. A pesar de que sabía que, cuando regresase a casa, la soledad volvería a desplomar, sobre mí, el pesado fardo de la aflicción, a pesar de que me sentía ya como un anciano cuya historia no interesaba a nadie, a pesar de que estaba seguro de que Don de la Vega me olvidaría entre los lujos que le dispensarían en el zoo, a pesar de que no daba crédito a las promesas y contaba con que mi pensión seguiría bajando, a pesar de esos y otros malos presentimientos, me estremeció la belleza de aquel momento, solo me importó la hermosura del instante.

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Y allí, mientras duró, todavía en compañía de un Don de la Vega libérrimo y alegre, que, exultante, parecía surcar el viento con sus aletas, allí me sentí en casa.

Este relato resultó premiado con el segundo premio del V Certamen de Relato Corto para Jóvenes Escritores Club Rotary de Almoradí, Rotary de Almoradí el junio de 2018 

Etna Miró (tw: @etnamiro; blog)

Escrito por Etna Miró

Escritora, escriptora.