¿Hacia dónde va la narrativa latinoamericana? Breve repaso de una década

La literatura es un eje fundamental para la cultura de cualquier región, y en América Latina no es diferente. Sin embargo, empiezan a quedarnos ya algo lejos las figuras de Juan Rulfo, Clarice Lispector, Julio Cortázar, Gabriel García Márquez, Alejandra Pizarnik o Alejo Carpentier. Estamos bien entrados en el siglo XXI y América Latina no termina de encontrar una nueva constelación de autoras y autores que deje su impronta como lo hicieron las grandes voces de su brillante siglo XX. El único nombre que alcanzó a resonar un tanto fue el de Bolaño, en parte gracias a la obsesión de Jorge Herralde con su pupilo y en parte (o sobre todo) gracias a que Oprah –la persona más influyente del mundo según la revista Time– decidió un buen día recomendar 2666 y lo convirtió en un superventas en el feudo incontestable del capitalismo más consumista. Entonces el fenómeno Bolaño adquirió tintes de fiebre en los EE.UU., el dinero empezó a llover y ese rédito económico generó una ola bolañista por toda América Latina y España con un sinfín de consecuencias, comenzando con todo el mundillo literario comiendo pop-corn con toda la disputa entre el editor de Bolaño y la viuda de Bolaño y la amante de Bolaño y los derechos de Boñaño, y terminando con la adquisición de su obra por parte de Alfaguara para tratar de hacer con ella una nueva leyenda literaria. Jorge Herralde quedó devastado: en aquel último pulso había perdido a su J.K. Rowning y ahora tenía que ver cómo la gran estrella de Anagrama llenaba los estantes de la librería bajo un sello de Random House, su archinémesis.

Ya ha llovido desde todo aquello, para bien o para mal, y hoy por hoy me parece que la pérdida de Anagrama no será tanta como la de Alfaguara. El madrinazgo de Oprah con 2666 ocurrió en el año 2008, hace ya más de once años, y no va a suceder dos veces. Alfaguara pujó por los derechos de Bolaño en el momento cumbre de su fama como tantos nuevos brokers compraron bitcoins en el clímax de las criptomonedas, convencidos de que aquello era una nueva panacea y de que el valor de su inversión no haría más que subir. Sin embargo, desde entonces no ha dejado de bajar, y ya es a todas luces claro que aquella apuesta millonaria es un motivo más que razonable de arrepentimiento. La historia de Bolaño es la de un boom de ventas estadounidense que acicató la pelea entre dos colosos editoriales españoles para disputarse su lucro, y la voz de América Latina poco o nada tuvo que decir en esta historia. El autor era chileno como podía haber sido turco, y si 2666 tuvo la repercusión que tuvo fue por su capacidad para interpelar al público norteamericano, no al latinoamericano. Los crímenes de las trescientas mujeres de Ciudad Juárez con que se presentaba el conjunto eran una visión literaria apetitosa para retratar un México consumido por el crimen desde el prisma estadounidense más burgués, donde las figuras de Oscar Fate –un intrépido periodista en Harlem– o de Benno von Archimboldi –un misterioso novelista alemán– pasaban a sintonizar no con la feria del Zócalo o con una lectura en la UNAM, sino con los clichés de la literatura Danbrowniana y la petulancia masturbatoria más consumista del lado pseudobohemio de los United States of America. América Latina está tan ausente en 2666 como lo está en la trilogía de Millennium, de ahí que haya sido 2666, y no Los detectives salvajes, la obra que el mercado gringoeuropeo quiso determinar como la cumbre de un muy buen autor que, tristemente, está pasando a la historia como lo que fue hacia el final: el afortunado superventas de la principal editorial independiente de España. Y a todo esto ya han pasado más de quince años de la muerte de Bolaño, más de diez de su boom gracias a Oprah, y el eco de su figura mengua, mengua y mengua.

Esto no pasa desapercibido para nadie, y los grandes sellos editoriales de España no dejan de buscar a un nuevo Bolaño con el que hacer caja. Atendiendo casi en exclusiva a las cifras de sus ventas y descartados los fiascos de Diego Zúñiga o William Ospina, Random House parece que da por amortizados los enormes talentos de Patricio Pron, Rodrigo Fresán o incluso Mariana Enríquez y empieza a decantarse por una Samanta Schweblin aún en sus cuarenta y con una comprensión extraordinaria del prisma empresarial de la literatura. Apuntando desde el comienzo a las figuras mejor posicionadas del campo literario contemporáneo –la propia Mariana Enríquez en su apogeo, el premio Casa de las Américas, Granta, Random House– Schweblin es por lejos la autora contemporánea con mayor facilidad para articularse con los nodos de poder. Será probablemente una de las autoras más reconocibles de esta década y no cabe duda de que escribe bien y que supone un buen negocio para Random House, pero ¿realmente su narrativa encierra una propuesta diferencial, hay en ella una reflexión metaliteraria de interés, dialoga de alguna forma real con la América Latina contemporánea? Rotundamente no. Estos tres rasgos están ausentes en la obra de una autora esculpida a golpe talleres literarios y de padrinos, pero en cambio estructuran y hacen brillar con luz propia la narrativa y el ensayo de Valeria Luiselli: una autora mucho menos rimbombada e incluso un tanto confinada entre el escaso mercado de Sexto Piso –entre España y México– y el suyo –el estadounidense alternativo–, pero rabiosamente creativa, orgullosamente singular y extraordinariamente intertextual. A Valeria Luiselli tan solo le falta llegar a un mercado más amplio para ser, a todas luces, la autora latinoamericana de referencia en la primera mitad de este siglo. ¿No me creen? Lean Los ingrávidos. Luiselli fue capaz de construir en esta novela de apenas ciento cuarenta páginas una de las obras llamadas a ser definitorias de la literatura latinoamericana contemporánea, tanto por su tratamiento de la metaficción y la metaliteratura como por el talento con el que resuelve una estructura simplemente genial, digna –y en esto les llevo ventaja– de un análisis académico al que siempre le hará falta otra y otra relectura más. Su propuesta fue lúcida incluso en términos extratextuales: con un encaje preciso entre el mercado editorial norteamericano y el canon alternativo de la literatura latinoamericana, Luiselli supo constituir Los ingrávidos desde el contexto de la ciudad que mejor articula ambos espacios culturales: New York.

En definitiva: como a Schweblin le faltaba el talento de Luiselli y a Luiselli le faltaba el criterio empresarial de Schweblin, el mercado editorial español necesitaba ampliar su búsqueda si quería encontrar una nueva figura superventas. Era 2017 y todos los ojos se centraron en Bogotá, donde la poderosa mano de Hay Festival designó a dedo a 26 hombres y 13 mujeres para que fuesen los 39 iconos literarios de la década. Tres personas, tres, tendrían el poder de marcar a fuego la literatura latinoamericana de los siguientes diez años. ¿Lo tuvieron realmente? No. Para desgracia de Darío Jaramillo, la lista se condenó nada más nacer porque presentó al doble de hombres que de mujeres en el año del #metoo. Hay Festival propuso su selección mirando conservador, hacia atrás, cuando América Latina anhelaba como nunca dar un salto liberador hacia adelante. La explosión del feminismo latinoamericano llegaría en 2018 con una fuerza nunca vista, se desmarcó con contundencia de los amiguismos machistas del Hay Festival, y reivindicó la obra de Margarita García Robayo, Ave Barrera, Fernanda Trías, Alia Trabucco Zerán y muchas otras autoras que están siendo, ellas sí, las auténticas artífices del cambio de paradigma en la literatura latinoamericana contemporánea. ¿Se percibe la contradicción aquí? Las instancias de poder más cercanas al capital euro-yankee insisten en encumbrar las candidaturas a estrella propuestas desde los colosos de Planeta y Random House, pero la crítica y el grito literario más puro de América Latina reivindican el talento de sus auténticas primeras espadas. Se trata de una guerra sin cuartel, aunque también es cierto que en esta lucha, como en tantas otras, no todo es blanco o negro. A veces ambas perspectivas coinciden, y ahí están Liliana Colanzi, Daniel Saldaña París, Brenda Lozano o la propia Luiselli reuniendo el aplauso tanto del mercado como de la comunidad literaria latinoamericana. Cuando se dé esa rara confluencia, anoten los nombres que les cuadren en el centro del diagrama de Venn: esos son los que van a perdurar.

Muchas de estas autoras y autores clave están presentes en un pequeño lugar de Bogotá que tiene mucho menos bombo que Hay Festival, pero que pasito a paso está reuniendo a toda la narrativa latinoamericana llamada a marcar época: se trata de Laguna Libros, donde una editora visionaria de apenas ventiseis años –anoten su nombre: Salomé Cohen Monroy– está logrando confeccionar el mejor catálogo de narrativa de toda América Latina. ¿De nuevo, no me creen? Pásense a verlo. Además de las ya mencionadas García Robayo, Fernanda Trías, Ave Barrera y Mariana Enríquez abarca otras muchas voces colosales como Claudia Ulloa, Alejandra Costamagna, Carolina Sanín o Nona Fernández, y yo aguardo con ilusión el día en que estén también en la lista María José Caro, Carol Bensimon, Alia Trabucco Zerán o Romina Reyes. Un espacio así es un diamante y una llamada de atención. Las voces que realmente interpelan a la comunidad literaria latinoamericana no pueden venir dictadas desde Madrid o Barcelona, sino que confluyen y se interseccionan en espacios que de verdad la representan, con frecuencia escasos o pequeños, pero siempre a reventar de talento como Laguna, como Intemperie, como Sexto Piso, como Hueders. En España, tímidamente la nueva editorial Tránsito de Sol Salama está tratando de hacerse eco de esta realidad literaria y debuta, entre otras, con la primera edición española de La Azotea –ópera prima de Fernanda Trías-, con la que viene a cubrir un vacío que ha durado… dieciocho años. Y aquí cabe preguntarse, ¿en qué carajo estuvo pensando el mercado editorial español en estas últimas dos décadas? ¿Qué es lo que flota en el aire de España –y en el de Estados Unidos, ya que estamos– para que esté tan extendida esa necesidad crónica de interpretar a América Latina no desde las voces de Andrea JeftanovicAngélica Freitas, Walter Lezcano o Bruno Lloret, sino desde el exotismo más alienante, la occidentalización más torpe –Oscar Fate, Benno von Archimboldi– o el simple marketing más tristemente comercial? En la crisis post-Bolaño, la búsqueda de nuevos referentes de la literatura latinoamericana contemporánea fluye por dos vertientes: una, la de Anagrama, Planeta y Random House, centrada únicamente en el potencial de ventas y digna de la burla más satírica de un Juan Pablo Villalobos que la denuncie; y otra, la de Laguna Libros, Sexto Piso, Hueders, Tránsito, Mansalva, Almadía y un largo etc., decidida desde el corazón a encontrar y difundir a los mejores talentos latinoamericanos de la década. Una, desde los hubs editoriales más neoliberales de EE.UU. y España; y otra desde la humildad, la academia, la pasión y el sentir de América Latina. Una, desde el mercado; y otra, desde el talento. ¿Cuál prefieren ustedes?

Escrito por Darío V. Zalgade

Edgar Díaz Oval (Islas Canarias, 1983), más conocido como Darío Zalgade, es Licenciado en Letras Modernas (UNC) y Máster en Literatura Comparada (UAB). Se especializa en el estudio de la literatura latinoamericana contemporánea y el análisis estructural de la identidad. Es colaborador regular en las revistas literarias Quimera, Librújula y Oculta Lit, y fundador de la plataforma editorial Liberoamérica.
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