«Mi madre solo fue naturaleza (…) como un árbol gigantesco. Mi madre fue infinita» –Manuel Vilas.

Hace días terminé de leer Ordesa de Manuel Vilas. Un libro que evoca a la ausencia del amor, a la soledad del cuerpo, a la familia y a la pérdida de ella, a la verdad, al dolor, al silencio, a lugares comunes y tristes, a la añoranza del pasado, de la vida.

Antes de comenzar a leerlo sabía que Ordesa contaba la historia del desvanecimiento de dos familias, y la muerte de dos seres queridos. Así, sin mayor advertencia avancé unos cuantos capítulos, hasta que me topé con la muerte de una madre.

Por desgracia no hay forma de frenar los pensamientos. Mientras repites «no pienses en eso, no pienses en eso, no pienses en eso» las manos te sudan, el corazón late muy rápido, aprietas los dientes, respiras profundo y le escribes un mensaje, para que te responda, para asegurarte que sigue allí. Es decir, por un momento te pones en el lugar del hijo con una madre muerta y tu cuerpo y tu vida se derrumban. «La caída antes de la caída», escribió Vilas.

Leí la muerte de esa madre con ganas de que todas las madres viviesen para siempre. Leí Ordesa y sentí miedo del futuro porque sé que en algún momento ella será parte del pasado y una parte de mí estará vacía.

«Mirarle la vida (…) eso debería haber hecho todos los días, mucho rato». Leo la frase y la veo, regando las matas, riendo, regresando del trabajo, saliendo del baño, entrando a mi cuarto. La veo dormida, cocinando, molesta, viendo la novela, escuchándome. Leo la frase y me siento tranquila.

La veo y respiro.

«La caída del sol puede que sea lo único importante», y para mí ella es el sol.

 

Escrito por Daniela Hibirma

Daniela Hibirma (Venezuela, 1991). Estudió Comunicación Social, trabajó en distintos medios de comunicación tradicionales, digitales y audiovisuales. Actualmente reside en Santiago, Chile.