El gato de mi vecina se pregunta cosas como: ¿por qué no puedo saltar la barda? ¿Por qué tengo que estar viviendo en la barda? ¿Por qué tengo que ver al mundo desde la barda? ¿Por qué no soy la barda?

El gato de mi vecina sueña con pescar sardinas en alguna comuna francesa mientras la luna acaricia sus bigotes y los hace brillar como un sol nocturno.

El gato de mi vecina una vez se cayó por un túnel en donde conoció al gato de Schrödinger, y se dio cuenta de la infinitas opciones de estar vivo y muerto, muerto y vivo, muerto muerto, vivo vivo,  medio vivo y medio muerto. Desde entonces el gato de mi vecina se pregunta si ya saltó la barda, si está dormido, si está soñando, si está llorando o si es humano.

Tal como dijo Jack Kerouac cuando vio el cadáver de una nutria en el mar: “Mi nutria ¿Por qué?”, yo pienso en paralelo: “Mi gato ¿Por qué?”.

Estoy demasiado borrosa. Hay un sonido que se enfila hacia los vientos del sur. Mi gato observa la vida, creyéndolo saber todo. Susurro amor en cada poro abierto de la pared que lo sostiene, susurro a esta casa, a este cuerpo. No quiero sentarme, no quiero pararme, no quiero caminar, no quiero respirar, no quiero la ciudad. Quiero subir al alambrado, sentarme en la barda y morir con mi gato.

Hay una batalla en algún lugar que sigue regresando, un terror que duele más que la angustia de la locura, es el dios no nacido de esta noche de luna llena. El universo se invierte bajo mi piel. ¿La Luna tendrá frío cuando recuerda?

Vendrán tiempos mejores, haré una estatua a mi gato, vendrá la eternidad de oro.

Gracias gato, gracias dios gato.

Escrito por Mónica Licea

28 años. Mexicana. Leo, escribo y comparto poesía. Gestiono el proyecto "Voces Encendidas: Poesía en voz de sus autores". La plaquette "Visión de la ira" publicada por Sombrario Ediciones (2017) es mi primera publicación de poesía.