Cómo olvidar aquella noche, cuando escuché el grito por primera vez. El frío no me dejaba dormir; los cuartos de azotea parecen hornos durante el día y están completamente helados por la noche. Acostado en la cama, miraba el techo con la luz apagada. No tenía ganas de leer y era muy tarde para salir por algo de cenar. Ciertos ruidos, atenuados por las paredes, llegaban hasta mí: el motor de algún camión destartalado, los aullidos de un perro, los silbatazos del velador. Estaba por quedarme dormido en el momento que apareció. Lo fui escuchando poco a poco, entrecortado, como si llegara desde lejos. Mi piel se erizó, sí, pero no por temor. Más bien me desconcertó, me puso inquieto, hizo que mis sentidos se agudizaran. Pero, sobre todo, me cautivó. Salí de la cama y fui hasta el perchero. Me puse mi único suéter y volví a acomodarme entre las cobijas. Luego estiré la mano y abrí la ventana.

El grito de aquella mujer era tan desgarrador como indescifrable: un alarido que parecía no pertenecer a la vida pero tampoco a la muerte. Imposible sondear ese dolor que el viento intentaba arrastrar en vano. Abotoné el suéter y me levanté para mirar hacia la calle. Reinaba una penumbra amarillenta, producto del deficiente alumbrado. Entre aquel laberinto de banquetas cuarteadas y carros desvalijados, busqué el sitio del que provenía el grito. Era oscilante, huidizo. Se plegaba para salir disparado o se escabullía para reaparecer con mayor fuerza. Pensé que se trataba de una multitud de gritos idénticos, pero pronto caí en cuenta de que eso resultaba absurdo. Después me quise convencer de que sólo se escuchaba en mi cabeza. De inmediato deseché también esa suposición. La existencia del grito era tan incuestionable como la fascinación que había empezado a sentir por él. Y aunque me hería, porque era desesperado y estremecedor, yo deseaba que no se terminara. Jamás me había sentido tan cerca de una mujer. Por eso me afectó de una forma tan poderosa. Llenaba mi noche y mi ser.

Al otro día, no recordaba con exactitud en qué momento me acosté. Llegué tarde al trabajo y me llamaron la atención varias veces; estaba seguro de que algo había cambiado para mí, no podía dejar que pasara por alto. De regreso, miraba de reojo a las personas en el metro. La mayoría iban dormidas, platicando o distraídas en sus teléfonos. A quienes espiaba realmente era a las mujeres, a todas, sin excepción. Buscaba en cuál de ellas podría calzar el grito. Por desgracia, no vi a ninguna que me convenciera.

Me acosté de nuevo con el suéter puesto y abrí la ventana. Esperaba que se repitiera, aunque algo dentro de mí titubeaba. Empecé a dormirme tras escuchar los maullidos de una gata en celo. No quise darle demasiada importancia, pero en el fondo me sentía decepcionado. De pronto, cuando menos lo esperaba, volvió. Esta vez no me levanté, era seguro que no encontraría a ninguna mujer. Me bastaba con el grito.

Cada noche se repetía la situación. Algunas ocasiones tardaba en llegar, y otras lo hacía de inmediato, como si me estuviera esperando. Bajo tales circunstancias era natural familiarizarnos. Se trataba de un solo grito interminable, no de muchos, pese a que a veces parecía fragmentarse. Comencé a estimarlo. Me alegraba que existiera, que fuera tan constante; le daba a mi vida una motivación. Escuchar ese grito hizo que me sintiera especial. Un elegido.

Aun así, me invadían unas ganas tremendas de preguntar a los vecinos si lo escuchaban. Desde luego nunca me atreví. Mi curiosidad era enorme, pero no superaba el desprecio que sentía por ellos. En vez de eso, me dediqué a leer los periódicos con ahínco, principalmente los amarillistas. Todos los días se escribía de asesinatos. Las notas se publicaban con fotografías abominables. Había bastante material a nivel municipio, cifras desbordadas, confusas. Si se leía con atención era fácil detectar contradicciones. Indagué hasta el cansancio sin encontrar nada que me sirviera. Incluso visité locales de publicaciones atrasadas. Llegué a un punto en el cual entreví una especie de traición. Tras reflexionar con detenimiento, mi curiosidad cedió y dejé de cuestionarme. Volví a entregarme al grito con honestidad.

Escucharlo se había vuelto una costumbre implacable, casi podría decir que una necesidad fisiológica, y era como si él mismo se sintiera agradecido por mi fidelidad. Lo nuestro se prolongó por mucho tiempo, pero un día todo cambió. Fui a la cantina y al burdel. Regresé tan tarde y tan cansado que ni siquiera lo recordé. Subí al cuarto, caí en la cama y no supe más. Entre sueños empecé a escucharlo. Yo soñaba lo que fuera y él estaba allí como música de fondo. Paulatinamente fue cambiando, se tornó agresivo y atroz. Ya no padecía, ahora me hacía padecer. Dejó de ser un grito y se convirtió en un estertor. Lo tenía junto a mi oído, pero mi oído era mi corazón; se había vuelto alguien que pesaba sobre mí. Al fin podría saber quién daba el grito, bastaba con mirar hacia mi pecho. Cuando estaba por hacerlo, me arrastró un torbellino de pesadillas infames: violaciones, matanzas, descuartizados.

Desperté empapado de sudor. Mi mano derecha apretaba con furia una erección descomunal. Aquello me llenó de asco y angustia; vomité en la cubeta que utilizo para no bajar al baño. Estuve febril el día entero, cada minuto pasaba tortuoso: caminaba en círculos, destrozaba mis pertenencias, me rascaba hasta sangrar. La idea de ver a alguien me repugnaba. Llegó la noche, pero el grito no vino con ella.

*

No sé cuánto llevo sin ir a trabajar, sin dormir bien, sin comer más que lo indispensable. Sólo sé que el grito no se ha vuelto a aparecer. Permanezco atento por las noches, con la ventana abierta para oír con claridad. Casi no salgo. Duermo durante el día y a diario sueño lo mismo: un hombre que se mira al espejo en un cuarto a oscuras.

*

Apenas puedo creer lo que me pasa. Me siento solo, abandonado. Antes también me sentía solo, pero no de una manera miserable. Al contrario, me daba orgullo mi soledad. Quiero de vuelta la vida que llevaba junto al grito, daría lo que fuera por recuperarla. Era feliz. No como ahora que todo me pesa. No como ahora que me revuelco día y noche en estas sábanas pegajosas. Su silencio me mantiene encadenado. Estoy destruido.

*

Tengo algunos ahorros, pero si sigo así pronto se acabarán. Entonces tendré que salir y buscar otro trabajo. Aunque podría negarme, permanecer aquí echado, aguantar el hambre, esperar al grito hasta que vengan a sacarme. Pero no, no puede ser, necesito hacer algo, no puedo limitarme a sólo esperar. No debe ser así en esta ocasión, tengo que salir a como dé lugar. Sí, eso es lo primero, salir y buscar. Iré en busca del grito ya que él no viene en busca mía. Debo encontrarlo, perseguirlo y alcanzarlo, obligarlo a que vuelva a estar conmigo. Voy a recuperarlo, no queda más.

*

Compré una lámpara potente y varios paquetes de pilas: no va a ser fácil encontrarlo entre tanta oscuridad. También pensé en comprar una navaja. Había una muy buena, de hoja gruesa y firme, pero no me atreví. Tal vez después. Primero tengo que saber cómo está todo afuera.

*

Las cosas marchan mal, no lo encuentro por ninguna parte. Pasada la medianoche, recorro las calles a pie. No me contengo, avanzo cuanto puedo y cada noche llego más lejos. Me hundo en las sombras y lo busco en callejones, zanjas, puentes, vías del tren, lotes baldíos, casas abandonadas. También he ido a canales y a burdeles. Todo ha sido en vano, no hallo rastros de su presencia. Sólo me topo con cucarachas, ratones, perros, indigentes. Me miran desde lejos y temen, se alejan más y más hasta perderse. Pobres idiotas, si supieran cuánto me importan, tengo mejores asuntos por los cuales preocuparme. Y, sin embargo, ya no sé cómo buscar. Qué ciudad tan deforme, odioso cuajo de laberinto, tumor de concreto y asfalto. Es difícil ubicarse, saber si ya se estuvo en un lugar o no. Además hay tantas partes donde el grito podría estar. Creo que mi angustia se está volviendo infinita.

*

Veo ciertos nombres en los lomos de mis libros y me resultan absurdos; quisiera decirles que la noche no hace caricias. La noche es un monstruo sangriento, horripilante, terrorífico. Se hincha de muerte cada que puede. Ignora los límites, no se harta, traga hasta desparramarse. Vomita carne despedazada y vuelve sobre su basca. Yo sigo sin entender sus senderos de bache y cascajo, sus lóbregas calles, la lógica de sus trampas y sus engaños. He visto cosas horribles, cosas que nadie me creería. Figuras flacas y alargadas, ennegrecidas, agujereadas, que corren en dirección del viento y se disuelven en la nada. Y los bultos, cómo olvidarlos, envueltos en sus bolsas negras. Se ponen de pie y caminan con dificultad, chorreando sus líquidos espesos, esparciendo su pestilencia. Tal vez escapan, como yo, de las sirenas que braman en las avenidas, de las fieras voces que condenan y castigan. Pero lo que más me tortura y aterroriza son esos rastros que la noche va dejando para mí: tacones rotos, medias jaloneadas, bolsas de mano vacías, faldas desgarradas. Me tienta así y no sé cómo reaccionar, cómo demostrarle que no soy estúpido, que entiendo sus burlas, que el grito no es eso que ella dice que es…

*

A veces despierto y descubro que los bultos me han seguido hasta aquí. Huelo su peste al lado de la cama, me miran a hurtadillas, no sé qué quieren. Hoy vi uno en el mercado, a plena luz del día, entre la gente. Salí corriendo de allí.

*

Iba a rastras por un túnel que se hacía más estrecho conforme avanzaba. Al llegar a la salida, me encontré frente a un hocico grande y peludo que me devoró de un bocado. Desperté enfebrecido, con una lucidez agobiante. Me vestí aprisa y salí a la noche.

Caminé presuroso, sin pensar, sin cuestionarme. Luego de unas horas, llegué al canal y busqué la entrada al drenaje. Nunca antes me pasó por la cabeza meterme allí, sólo había llamado mi atención que la escotilla estuviera rota.

Aquella escalera estaba muy larga, creí que no dejaría de descender. El calor iba en aumento hasta que se volvió sofocante. Una vez en el fondo, avancé por la bóveda con la lámpara al máximo. Jamás había penetrado en una oscuridad tan densa ni respirado un aire tan nauseabundo. Ecos y ruidos saturaban el lugar. Parecía que los agrietados muros se derrumbarían en cualquier momento. Había grafitis y dibujos enrevesados. Seguí de frente hasta que el camino se bifurcó. Estaba por decidir cuando pisé algo. Se oyó un chillido. La rata, gorda y sarnosa, corrió frenética rumbo al pasillo derecho. Sin saber por qué, también me encaminé por allí.

Varias ratas avanzaban en la misma dirección, tan gordas y sarnosas como la primera. Iban tranquilas, no les importaba mi presencia. Quizá me consideraban su igual. Más adelante salieron al paso nuevas bifurcaciones, pero ya no me detuve. Seguí a las ratas hasta un corredor sin salida. Paré de golpe mientras se lanzaban a un rincón donde otras se arremolinaban. Cuando estuve cerca, algunas se dispersaron. Las demás se agitaban sobre el cuerpo de una mujer: se le metían por los muslos y le salían por los pechos. Semejante visión me puso a gritar como desquiciado. Mis emociones se agolpaban enloquecidas, royendo mi alma. Me eché a correr gritando cada vez más fuerte y fue en esos gritos que vislumbré lo que andaba buscando, pues no eran cientos ni miles de gritos sino un solo y único grito.

*

Todavía no comprendo cómo fue que regresé. Cuando abrí los ojos, me encontraba en el cuarto.

*

Mañana, con lo último que me queda, compraré aquella navaja y esperaré a que llegue la noche.

***

Imagen: Francisco de Goya y Lucientes, Disparates, X, «El caballo raptor»
Vía: Museo Nacional del Prado

Escrito por Moisés Castañeda Cuevas

Moisés Castañeda Cuevas (Ciudad de México, 1987) es licenciado en Lengua y Literaturas Hispánicas por la UNAM. Ha colaborado con Revista Literaria Monolito, Playboy México, Marabunta, Metrópoli Ficción y Pliego 16.

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