Vida(s)

Escribo porque es lo que me nace; porque la palabra es herramienta y con ella se construye. Todo lo que pasó ayer, en Bariloche, fue movilizante. Otro femicidio a plena luz del día, en pleno centro de la ciudad; con la misma indiferencia de siempre. Valeria Coppa fue asesinada frente a una iglesia, la misma que se opone a que decidamos sobre nuestros cuerpos. Paradojas de la vida. El femicida, Mariano Cordi, le disparó en la cabeza y continúa prófugo.

Ayer fue la marcha, un nuevo pedido para que dejen de matarnos y un llamado a la Justicia, esa que nunca está cuando tiene que estar. En lo que va del año hubo 22 femicidios y 10 travesticidios. Hoy los titulares de los diarios informan que el femicida de Valeria Coppa había sido sobreseído de dos causas judiciales: La primera de ellas, por un presunto delito de abuso sexual agravado, la segunda por la tenencia de armas.

Antes de ir a la movilización hablé con una amiga sobre lo que pasó. Ella sentía angustia. Yo también. Es curioso lo que pasa con nuestros cuerpos cuando algo nos afecta. Nos recorre, enteros, como una corriente. Se percibe en nuestra voz, en nuestras formas. La angustia atraviesa. Hablamos de los violentos y los innumerables casos que terminan en femicidios. En nuestra charla supusimos que un tipo que mata a una mujer seguramente ya tiene denuncias previas. Todo eso, mientras hablábamos. Naturalizaciones. Y es eso lo que me indigna y altera. Que las muertes, reales y simbólicas, sigan pasando, como si nada.

Ayer marchamos, participamos. Cada quién a su manera. Todo un colectivo feminista pidió a gritos que no haya indiferencia, que dejen de matarnos, que esto se termine y que el patriarcado caiga. Me encontré con amigas en la plaza, frente al lago, con la bandera a media asta y un amplio número de indiferentes a los alrededores. No sonreímos. Teníamos las miradas tristes. Pero nos abrazamos. Fue un momento cálido ante tanto frío.

Y ahí, entre medio de la gente, frente a la ronda de los familiares que despedían como podían a Valeria, con la voz apenas audible, me puse a pensar en todo lo que me unía a esas personas cercanas. Nos entendemos y nos apoyamos. Es eso. Entendemos del acoso, la discriminación, sabemos que te puede tocar a vos amanecer en una zanja, que persiste la desigualdad y que la violencia se extiende en tantas formas, en tantos ámbitos. Entendemos y nos acompañamos. Nos conozcamos o no. Eso es amor.

Cansa tanto dar batalla. Agota cuando los intolerables de siempre hablan; y cuando no hablan también. Una de las amigas, presente en el encuentro, nos contó que hace dos días, en el colectivo, un tipo pasó de preguntarle por una calle a decirle una vulgaridad y a pedirle que se baje del colectivo con él. ¿Entienden no? Ella lo ayudó con información antes de que el tipo la violentara. Sí, es violencia. ¿Pensarán que es un piropo? ¿Deconstruirán lo que dicen alguna vez? «puta, frígida, rápida, lenta, fría, fácil, histérica, hueca, trolo, traba, torta».

Agota. Agota esto y la indiferencia de los demás. Indiferencia que se convierte en complicidad. ¿Cuántos de ustedes festejaron un chiste machista alguna vez?¿Cuántos dejaron pasar palabras violentas contra otra persona? ¿Cuántos hicieron algo que no fuera sólo por sí mismos? ¿Cuantos denunciaron una desigualdad? ¿Cuántos, amigos, vi ayer en la manifestación?

Cada vez que voy a una marcha se me movilizan muchas cosas. No es fácil. Es una deconstrucción en tantos planos. Luchar por derechos. Sí, es una lucha. Implica, por una parte, la profunda alegría de saber que por ahí va el camino, que los derechos por los que hoy reclamás capaz no te tocan a vos, pero le van a tocar a quién venga detrás. Y tristeza: frente a los anestesiados, a los resignados, a los que no tienen conciencia del lugar político que ocupan. Lamento decírtelo: tu indiferencia es funcional a una postura política.

Sí. Lo político está presente en todo: En la comunicación, la educación, la cultura, los deportes, en tu trabajo sea cual fuere, en la charla con tus amigos y amigas, en toda tu vida. Sos un sujeto político, te toca. Cae. Y date cuenta de cuál es tu lugar. Hacé.

Algunas y algunos seguiremos acompañando. Con fuerzas o no. A veces estaré rodeada de abrazos de personas que no conozco (o que sí); luchando por esta causa y por todas aquellas en las que creo. Políticas, educativas, culturales, comunicativas. Porque entiendo que la indiferencia no solo mata, alimenta la muerte. Y yo quiero vida(s).

Escrito por Gabriela Manchini

Gabriela Manchini (San Carlos de Bariloche, Argentina; 1987). Licenciada en comunicación social (UNLP), periodista. Poeta de alma, cuentista de a ratos y comunicadora siempre.
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