Redención

Time does not bring relief; you all have lied
-Edna St. Vincent Millay

Todavía sigo implorándole piedad a la memoria
suplicando que no ejerza ese despotismo
de la supervivencia

que te guarde un poco adentro mío
y no te me borres con la urgencia que
tengo en ego de recuperarme

tanta confesión
tanta asfixia

ahogo en rezo arrepentido
sofoco que transpira culpa.

Mea culpa
Mea culpa
Mea máxima culpa

Mis párpados cerrados dibujan luces con tu rostro

Mea culpa
Mea culpa
Mea máxima culpa

Soy rodillas sangrantes, manos entumidas, espalda lacerada

Mea culpa
Mea culpa
Mea máxima culpa.

Dime
antes de borrarte

por qué ya no me nombro en mí
sino en escombros de tu voz
en la fuerza que quebraste

en las uñas que caen
debajo de la cama cuando
es tarde
y no duermo
y soy pura pesadilla tuya

mordiendo y
rumiando esta penumbra
y este
eco en ventana
cuarto solo
almohada fría
en la que ahora
me sé.

Dime
sermón desvanecido

por qué me encuentro
aún sin ensamblaje
tras noches de haberte archivado
en
el
silencio

y aunque escudriñe en el olvido
mis fragmentos mutilados
por tu salmo injusto

todavía lloro culpa
sudo rabia
respiro ausencia

             No puedo ser esto.

No pretendas que sea carne
hecha de tu verbo
ni que esté inmersa en
plegarias ilegítimas

No puedo
no puedo ser esto.

No pretendas que me asuma
ángel
caído
que en mí ya no vale tu destierro

que si
desciendo es por voluntad propia
que si
desciendo yo misma me
arranco
lo que llamas alas

y renazco del polvo
con el brillo del
lucero.

Yo no soy bestia
ni saqueo almas
ni censuro llanto

no secuestro indefensos
ni los obligo a padecer de
lo que
mal
llaman
amor.

Soy voltaje incontenido
y peco
tiento
arraso

soy pulsión que se retuerce
y me doblo para adentro
como quien busca un motivo para
no querer morirse.

Y me recojo más allá de redimirme,
me recojo más allá de confesarme

me recojo astro
en el orgasmo jamás consumado

me recojo roca
en los espacios de mi cuerpo que jamás exploraste

me recojo viento
en el mensaje que jamás filtraron tus oídos

me recojo hierba
en cada caricia mal recibida por tu piel.

Me resguardo en tanto fuego que me limpia
esta culpa indolente

esta sal que cala el músculo
buscando que ya no abrace

esta niebla que opaca el aire
para que así ya nadie me vea

este ácido que me corroe el nombre y
me suelta sin cara ante esquinas familiares

y en ti ya no busco perdón ni gloria
pero todavía sigo implorándole piedad a la memoria

para que te guarde labios, te guarde risa
te guarde abrazo y pestañas largas

te guarde tierra, que no somos del cielo
te guarde carne, que nunca fuimos más que eso

Porque aquí
en este cuerpo impuro y no pontificado
en estas manos que ya no ruegan y
en esta paz bañada en lo errado

no queda pizca de arrepentimiento
ya se me agotaron las plegarias
y hace tiempo dejé de creer en todas las efigies

que claman con desespero
su condición de

Santos.

 

La noche

Me siento a escribir en lo oscuro
lejos de algún callejón que
tensione músculos
y acelere pasos

Me siento a escribir sin luz
dentro de cuatro paredes donde
aún me retuerzo

entre empatía y condescendencia
entre el escuchar y el oír
entre amar e invalidar

Y me miras
yo me riego en el miedo

me interrumpes
yo callo y suspiro

y me explicas
que en el mundo hay tragedias
que no caben en las Manos
y lo nimio no debe aterrarme

No.
no debe aterrarme.
No puedo helarme en
fragmentos
cuando recorro
esta urbe conmigo

No debo ser
parálisis
con la sola idea del
empujón nocturno
el golpe en la sien
la rasgadura de prendas

No.
no debo sacudirme
al sentir la Mano
invasora que se pierde en un
autobús repleto

La Mano
que estruja
los rincones que desde niña
me enseñaron
a no explorar

La Mano
que agarra fuerte
porque este cuerpo

al que algunos llaman
tragedia

en toda palma anónima cabe
y se puede clamar

pertenencia
bien público
crimen pasional

No.
no debo erizarme
ante el extraño que
sigue mis pasos
Mano derecha en la ingle
izquierda empuñando un cuchillo

mientras yo me asfixio
en el andar y
busco refugio
en alguna mirada,

mientras yo me asfixio
en el andar y
busco refugio
en alguien que se

aterre
si grito fuego o
finjo que tiembla la tierra

No.

Me siento a escribir en lo oscuro
mientras tú concilias ensueño y calma
mis ojos no distinguen ya
entre esta piel y la noche

ya no sé en qué momento me hice palabra
me materialicé sombra
me volví voz harta del
silencio

producto de la explicación
constante
que abraza en violencia

lo mal que está
que la propia carne clame
experiencia

y me siento a escribir en lo oscuro
entre estas cuatro paredes donde
nada hiere y
nada toca

Porque esta piel anochecida
tuvo la suerte de no
ser la de ellas

la de quienes
hoy son
ceniza en cajón
tierra llorada
nombre olvidado

Ellas
a quienes
ninguna otra Mano
podrá retorcer de nuevo

Ellas
a quienes ya
nadie podrá interrumpir
para explicarles
la incoherencia
que cubre
cada
uno
de sus
miedos.

 

La calle

Manos crispadas me confinan al exilio.
Ayúdame a no pedir ayuda.
Me quieren anochecer, me van a morir.
Ayúdame a no pedir ayuda.

-Alejandra Pizarnik.

Tal parece
que logré
aprenderme de
una buena vez

el monólogo
nocturno que
se filtra por
mi ventana.

El eco constante
de una autopista
sin fondo,

la moto que
ruge
al final de la
esquina,

la sirena que
vuelve
con su canto
prohibido.

Todo compacto.
Coherente.

El viento que se
ahoga
habitando emisiones,

el ave
solitaria
que sufre de
insomnio,

la mujer que
grita
la mujer que
callan
la mujer que
cae

en la normalidad
de la acera.

Todo móvil.
Sonámbulo.

Como siguiendo
la coreografía
incierta,

el libreto
abierto,

el performance
inconcluso.

Todo ruido
confabulado

para ejercer el
silencio.

 

 

Escrito por Ana María López Hurtado

Colombiana, lectora, escritora, bailarina e investigadora. Profesional en Estudios Literarios de la Pontificia Universidad Javeriana en Bogotá, Colombia. MPhil en Literaturas y culturas latinoamericanas, europeas y comparadas en la Universidad de Cambridge, Reino Unido. Contacto: lopezhurtadoanamaria@gmail.com