Foto de portada: Der Wanderer über dem Nebelmeer (1818) de Caspar David Friedrich

La educación se ha reducido a una adquisición de conocimientos en cualquiera de sus figuras. Ya sea mediante la figura del docente catedrático que asume el protagonismo o ya sea por el estudiante que se organiza y descubre. El mundo es una gran base de datos que desea ser revelada y que el hombre comienza a desentrañar, en algunas ocasiones de forma poética, mientras vive. La educación juega un papel imperante, pero flácido al final.

La mera adquisición de conocimientos no logrará saciar los deseos más profundos del hombre. Este es el adalid, esta es la questio dentro de la prerrogativa de vivir y de educar/aprender. La educación debe posibilitar un más allá del simple ejercicio racional. Acto tullido donde desembocan los pormenores de una sociedad que vive, pero que a la vez no vive. Un ejemplo clásico: la madre que pide permiso en el trabajo para cuidar de su hijo enfermo en cama. El gerente puede acceder ante tal permiso por una actitud humanitaria o poner las condiciones cumpliendo el protocolo laboral establecido, originando que el dolor de la madre esté condicionado a una actitud vertical sin posibilidad de prórroga. Pues aquí yace la problemática: la educación no humaniza. Porque este tipo de situaciones no se resuelve empleando teorías o algoritmos laborales. Por ello, es bueno recordar las recomendaciones de Schiller[1] en donde se contempla una educación estética en favor del hombre. Una educación para la paz en estos tiempos violentos que agitan el corazón de las personas. Sommer[2] bien lo diría en su conferencia sobre las famosas cartas de Schiller, sobre aquella imperiosa necesidad de una reflexión desde el arte para el bienestar social.

No basta con una actitud de adquisición de conocimientos, sino una actitud donde se reflexione sobre el conocimiento y su contexto. Un espacio en el cual se desarrollen las habilidades blandas y se desenmascaren las dudas que todo estudiante posee y esta práctica no emerge en solitario, sino en el colectivo social, donde las personas logran coger sus penas y dolores para cautivarse por el mundo que ensimisma a la persona y la absorbe en sus entrañas. El mundo se transforma en un útero donde el hombre vuelve a nacer. Las premisas de Giussani[3] sobre el factor del encuentro entre sujetos (entre profesor y estudiante) que ingresan juntos a la realidad, nos arrojan sobre una tabla limpia, donde el hombre deberá construir su conocimiento. Una actitud desde la libertad y la innovación.

La educación no se reduce a un acto formal, sino a un acto liberador. Una visión poética de la vida, como diría Carlos Guevara[4], y que nos devuelve la esperanza de un mundo mejor. Aquí se presenta el arte como una experiencia de símbolos y signos que nos remiten a otro, a un conocimiento superior, que nos cuestionan sobre la existencia. Experiencias simbólicas que nos cuestionan sobre el sentido de la vida y de la misma persona. Un acto humano de conocerse y sorprenderse por lo que uno mismo posee en su corazón. Exigencias elementales de descubrimiento y donde las expresiones se vuelven a presentar como representaciones de los deseos personales del individuo, una manifestación poética de la vida. La actitud educativa, expresiva y emotiva de las artes, en especial de la poesía, nos permite plasmar los miedos y sueños, nos permite realizar un vistazo holístico de la realidad, partiendo de sus particularidades, que nos rodea sin dejar de sorprendernos o describir lo indescriptible, tal cual lo intuía Novalis[5] dentro del marco de la poesía en el Romanticismo. La misma actitud de todo científico que se asombra y sorprende por el fenómeno que va a estudiar y que lo lleva a cuestionarse hacia un más allá de lo evidente.

Es la misma experiencia del lector cuando lee su obra favorita. Ya sea en prosa o en verso, siempre habrá esa actitud de conocer y descubrir la trama e interés del autor. Por ejemplo, el majestuoso universo creado por J.R. Tolkien[6] sigue sorprendiendo a los lectores de diversas edades. Una línea argumentativa y poética que no envejece y que es entendida por un amplio séquito de lectores. Esto es lo que despierta el interés en los demás, en los otros que lo leen. El impacto en el lector no es solo un acto formal, sino un acto estético que merece ser atendido. Una visión poética del carácter exigente de la vida, donde se exige verdad, justicia, felicidad y amor (en la obra de Giussani se amplía más esto) y que puede complementarse con la interpretación de la vida desde un lenguaje poético, desde el arte mismo de la poesía que es una forma paralela del método del conocimiento: la poesía va más allá de los formalismos y atrapa nuevos aires en las vías del acceso hacia ese conocimiento ultrasensible.

Aquí sí yace viva la imperiosa actitud de los sublime. La perspectiva kantiana donde el efecto no es solo de placer sino de disgusto. Pero que es un efecto que vivifica y coloca al hombre en su entorno. Aquí es un mero trámite, porque hace falta la actitud social de la educación y de su relación estrecha con el arte. Aunque la idea platónica no es de mucha precisión, si es útil en cuanto entendemos que la reminiscencia nos coloca en un espacio donde el autor de la obra artística revela y extrae la obra de la realidad. Actitud paralela al docente que extrae la verdad de la realidad, de las entrañas mismas para revelar el conocimiento. Por ello, la educación es un arte que necesita de lo sublime, del sentimiento, de la reflexión estética. Pero que educa desde la libertad.

Por eso es necesario comprender la función pedagógica de la estética desde una necesidad imperiosa para la formación del estudiante. No basta con actitudes formales, sino también de libertad y empoderamiento personal. Las actividades el aire libre, con posibilidades infinitas de respuestas frente a interpretaciones y la cualidad de guiar a los estudiantes a alcanzar la verdad. Por ello, entender que la educación no es solo un acto de alcanzar premios y méritos (aunque sean obtenidos en el proceso), pues esa no es su función. Un diploma no reemplaza el valor de descubrir un “algo” y hacerlo propio. Como lo es la lectura y creación de la poesía, la capacidad de la narrativa, el modelaje de obras, la inspiración, el ejercicio de la imaginación.

En mis años universitarios siempre recordaré un pasaje que viví en mi primer ciclo de universidad. El profesor Gian Battista Bolis, amigo y ejemplo de esta inexorable labor de enseñar, nos contaba la anécdota del hijo de un amigo. Este consideraba que su hijo no era inteligente, fruto de su descuido en la escuela. Pero en cuanto se le pregunta al menor por los equipos de futbol, en especial por la Juventus de Turín, el niño se vuelve en un erudito en el tema. La inteligencia no se medía por las calificaciones ni por su aprovechamiento, sino por su actitud frente a la vida. Quizá, desde un punto de vista reflexivo, podremos comprender el deber y la responsabilidad como factores deseables, pero no son motivos de cuestionamiento frente a la inteligencia del menor. El foco de interés del menor estaba adherido a algo que realmente lo motivaba y le llenaba sus interrogantes. Este mismo ejercicio es el que se desarrolla en la educación y el arte. Si el docente fuera capaz de despertar el interés por el conocimiento en el estudiante, este podría descubrir un mundo distinto. Podría penetrar en la realidad y aprehender todo aquello que lo forje y alimente. Coger la realidad y plasmarla en un poema, con un lenguaje distinto, pero con el arte de la sencillez; alcanzable y aprehensible para todos.

El arte tiene esa gracia y varias cualidades innatas: no posee nacionalidad, no necesita de idiomas ni de credos, posee un lenguaje universal, capaz de impactar en la psiquis personal del individuo. Y aquí entra a tallar la educación en cuanto agrega el fundamento moral. No un fundamento que va dentro o encima de la obra, porque esta es neutral, sino que va en concordancia a la obra del artista, ese obrero de la belleza que la extrae y la presenta. Aquí, la educación forja una herramienta en el corazón del hombre, propiciando que pueda elegir el mejor lugar donde pueda yacer su cabeza. No hay una guerra ni una aventura, existe la prerrogativa de vivir humanamente.

La educación y el arte son las alas de Ícaro para el hombre que se va engendrado en cada época. Un sujeto que está dentro de su tiempo y, guiado por las estrellas, es capaz de romper ese paradigma y trascender a su tiempo. Un tiempo tan humano y significativo que puede ser deseado o doloroso. Nuevamente, con una reflexión estética de la vida que aprehende desde lo sublime aquello que logre posicionarlo en una etapa de su vida donde pueda contemplarse como un sujeto tripartito – unitario: corporal, espiritual y trascendental. Por ello, en la obra de arte, neutro en todo sentido moral, se logra apreciar la mano creadora de un hombre que desea rechazar la muerte y el olvido.

Y es aquí donde el desierto de la vida se presenta en una dicotomía entre lo abundante de la vida o lo áspero de las oportunidades.

La educación no logra trascender del todo cuando se topa con aquella imperiosa exigencia de cumplir estándares estadísticos y la ejecución de contenidos. Donde lo más resaltante para un estudiante es la cantidad de aprobados, el posicionamiento socio – económico futuro, el puesto obtenido en los centros de estudios y la cantidad de datos pueda retener en los lustros venideros. La inteligencia del ser humano se reduce a un papel con notas formales, causa de ganancias físicas, indiferentes en muchos casos.

Pero si la educación poseyera esa herramienta del arte, ese lenguaje poético, quizá el premio no sería un mero fruto estadístico, sino que podría ser una vida misma que grita y reclama, que explora su entorno y se descubre, que ha logrado obtener logros completos desde una experiencia personal que lo ha catapultado a descubrirse como ser humano. Como sujeto que sufre, llora, pero que logra levantarse. Como un sujeto que no solo sume experiencias, sino que transforme realidades desde un acto donativo del corazón.

Una mirada estética de la vida que crece, se transforma y que no se detiene. Una vida que es creadora y trascendente.

Una vida que reclama por ser escuchada y poetizada.


[*] Ensayo perteneciente al libro inédito Meditaciones Metafísicas del autor del artículo.

[1] Friedrich Schiller, en 1794, escribirá un conjunto de cartas que tratarán sobre la educación estética del hombre. Estas serán respuestas ante la razón ilustrada que no lograba ejecutar su planteamiento sobre la formación integral del hombre. Schiller propone un equilibrio entre la razón y la sensibilidad desde la perspectiva de una educación estética e integradora.

[2] Doris Sommer realiza un análisis de las cartas de Schiller en referencia al contexto del siglo XXI donde el mundo se encuentra inmerso en violencia. La ponencia se titula ‘Las cartas de Schiller sobre educación estética para tiempos de terror’ en Conferencia Internacional de Cultura Ciudadana: Cultura y Construcción de Paz.

[3] Filósofo y teólogo italiano que parte sus reflexiones después de lo acontecido en la 2da Guerra Mundial. Entre sus libros más resaltantes está El sentido religioso y Educar es un riesgo.

[4] Filósofo  y profesor colombiano que en sus estudios realiza una reflexión en torno a la hermenéutica, la creación poética y la interpretación de la realidad.

[5] Filósofo y poeta, uno de los máximos exponentes del Romanticismo Alemán.

[6] Consideremos que Tolkien no solo escribió en prosa sino también en verso al componer los poemas y cantos que aparecen en su universo literario.

Escrito por Emilio Paz

Emilio Paz (Lima, 1990) Profesor de Filosofía y Religión, egresado de la Universidad Católica Sedes Sapientiae. Tiene publicados “Septiembre en el silencio” (Club de lectura poética, 2016) y “Laberinto de versos” (La Tortuga Ecuestre, N°394, 2018). De igual manera, posee poemas y cuentos en publicaciones de Perú, México, Chile, España, Venezuela, Estados Unidos, Argentina y Costa Rica (El Narratorio, La Guardarraya, Revista Virtual Quimera, Monolito, Cuenta Artes, Mal de Ojo, Oajaca, El Bosque, Ariadna R C, Latino Book Review, Letralia, Ibidem, Primera Página, Liberoamérica, antología de poetas iberoamericanos, antología de la Sociedad Peruana de Poetas, memorial de las Batallas del desierto, el Círculo, entre otros). Ha ganado el “Mes de las Letras” (abril, 2017) de la Fundación Marco Antonio Corcuera y el IX Concurso internacional de poesía y cuento - Perú 2019 organizado por la revista "El Parnaso del Nuevo Mundo". También ha participado en diferentes recitales del Cuzco, Paracas y Lima; destacándose el XXI Festival de Poesía “Enero en la Palabra” (Cuzco, 2017), el 2do Festival de Poesía de Barranco (Lima, 2016), el V Festival Internacional Primavera Poética (Lima, 2017). Ha dictado el taller de lectura poética titulado “La vena de la inspiración” para el Centro de Estudiantes de Literatura - CELIT de la Facultad de Letras y Ciencias Humanas de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos y ha participado del Congreso Internacional de Filosofía “Las razones de la estética”, organizado por el Grupo de Investigación en Arte y Estética de la Pontificia Universidad Católica del Perú (GAE – PUCP) y en el I Congreso de Filosofía Contemporánea: Intervenciones entre estética y política / Homenaje a Jacques Ranciere organizado por la Escuela Profesional de Filosofía de la Universidad Antonio Ruiz de Montoya, el Centro de Estudiantes de Filosofía de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos y el Círculo de Ontología Política UNMSM . Actualmente dirige el blog “El Edén de la poesía” (https://edenpoetico.wordpress.com/).