Crónica de una Tumba

En el Cementerio General de Guatemala, existen árboles enormes que flanquean los caminos llenos de mausoleos. Son altos, de espinas afiladas, y hojas puntiagudas. Ocultan la decadencia del lugar bajo sus sombras de varios pisos de altura.

Eran las ocho de la mañana cuando llegué a la entrada del cementerio. La mayoría de mi clase estaba allí, con cara de sueño; un trabajo de antropología, la sociedad y su relación con la muerte. Todos estaban excepto Miranda. Ella no se veía por ninguna parte.

Procedimos a adentrarnos a la enormidad del campo santo. Había una variedad de tumbas y mausoleos, desde colores grises hasta azules verduscos, enmohecidos por el tiempo. Caminábamos observando los ángeles llorando, los Cristos crucificados con el rosto partido y decaído por los años, tomando notas en nuestros cuadernos. Crecía maleza por todos lados. Varias tumbas estaban claramente saqueadas, abiertas de par en par. Cruzamos una esquina, y nos encontramos con una pequeña caja tirada de lado, de dónde salían el cráneo de un niño, sus huesos y dientes desperdigados en el pavimento. Tomamos fotos.

En ese momento Miranda llegó a mi lado. Tenía los ojos enrojecidos, brillantes de las lágrimas.

Verla a los ojos me confundió. Luego recordé, que su padre estaba enterrado en ese mismo lugar. Comprendí, o creí hacerlo.

Luego me di cuenta, que en realidad no comprendía nada.

Nos quedamos rezagadas, enfrente del gran mausoleo de la familia Castillo (una de las familias más poderosas de toda Guatemala); monumento enorme a la ostentosidad con forma de tumba egipcia, de dos pisos de altura, y grabados en la entrada de Osiris, Horus y su canoa. Entrada fortificada por dos brillantes cerraduras doradas, para que hasta en la muerte sepamos quienes eran ellos, y quienes eramos nosotros.

Le pregunté a Miranda que le pasaba. Entonces me explicó, que había ido a buscar la tumba de su padre, para darle sus respetos. Había muerto de cáncer cuando ella tenía catorce años. Siempre lo iba a visitar al mismo lugar; una hilera de muros de piedra repleta de nichos para los cuerpos, en la parte más escondida del cementerio.
Esta vez, sin embargo, la tumba no estaba. El pequeño espacio, reservado para las familias no tan poderosas como los Castillo, entre otro montón de espacio iguales en una pared de concreto, estaba vacío.

—¿Estás segura? —pregunté. —¿Segura no te confundiste de lugar?

Entonces me cuestioné si no había sido una pregunta estúpida, porque yo no olvidaría nunca el lugar dónde estuviera enterrado mi padre. Nunca. Y en sus ojos, sabía que ella era igual. Me miró, con un profundo pesar. Por supuesto que estaba segura. Segurísima.
Su cuerpo ya no estaba. Había desaparecido. O más bien, alguien se lo había llevado.
Me quedé sin habla. En mi realidad, no cabía en ningún lugar el hecho de que alguien pudiera llevarse el cuerpo de otra persona. ¿Para qué? ¿Con que fin? ¿Y ahora qué? ¿Qué le decís a alguien, al cual el cuerpo de su padre, ya no existe?

El tabú del hecho me superaba. El máximo descanso, profanado. No entendía. No comprendía. Se lo dije. Y ella, en su infinita paciencia, me lo explicó.

—Es la gente que vive aquí.

En todo lo ancho del cementerio, había personas caminando. Personas que limpiaban las inmensas calles, y llevaba agua en cubetas, para los jardines llenos de flores, en motos y bicicletas. Niños que jugaban entre las estatuas de ángeles de rostros agonizantes. Mujeres que vivían en pequeñas chozas armadas de madera, entre los espacios que dejaban los muros agujereados por los nichos de cadáveres. Gente que, en cada esquina, mirabas como se lavaban en las piletas llenas de aguas. Y las que cuidaban los cuerpos, de alguna manera. Lo observaban, los espacios, los espacios recién puestos, y los que llevaban años allí, esperando.

Y cuando los familiares del muerto dejaban de pagar su lugar en ese camposanto, la Gente del Cementerio se encargaba de botar el cadáver descompuesto por los años, para hacer espacio para otro. Porque había tantos muertos, y tan poco espacio.

—¿Adónde? ¿Adónde lo tiran? —dije horrorizada, pensando en el cuerpo de mi abuelo, de mis tíos, en si enterrara a mi padre, y si algún día, ya no hubiera un lugar dónde llorarlo, dónde hablarle, y si algún día pasara, si estaría tan calmada como Miranda estaba en esos momentos.

—Supongo que al basurero. —Dijo con resignación, y una voz tan cansada, de cientos de años.

—¿No podemos ir a buscarlo?

—No sabré nunca dónde está. —Dijo ella, mientras seguía caminando.

Supe la verdad de sus palabras. ¿Cuántos cuerpos podrían tirar al basurero municipal a diario? ¿Hace cuánto lo habían sacado de su espacio, sin que ella se diera cuenta? ¿Dónde estaría, con tantos iguales, descompuesto, irreconocible?

Miré su espalda que se alejaba entre las tumbas. Miré a la Gente del Cementerio, esperando. Siempre esperando. Cómo habían construido esa su propia nación entre el olor a muerto y a flores marchitas, bajo la mirada de los buitres. Pensé en el cuerpo de su padre. En sus huesos que son de esta tierra tanto como los míos. En su destino entre la basura. Observé el enorme mausoleo de los Castillo. Pensé en sus candados. En orificios vacíos. Miradas derrotadas. Cuerpos ausentes.

En tantos cadáveres. Y en toda la basura. Y los cadáveres.

Escrito por Ambar Nicté

(San Pedro Sula, Honduras, 1997) Escritora. Estudiante de Artes Visuales en la Universidad San Carlos de Guatemala. Nació en Honduras, vive en Guatemala. Estudió en varios talleres de cine, y busca contar historias, por todos lados.
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