Al nacer la mañana, el sol brillaba y los pájaros cantaban. Me despierta el estruendo de un rayo que cae cerca de mi casa. Miro al exterior, aturdida, y descubro que llueve como si llorara dios. Con cada trueno, el aguacero se intensifica; el agua impactando con fuerza absurda en los botes de hojalata que navegan por el río que es mi calle.

El clima invita al enclaustramiento, pero una razón de fuerza mayor me arranca de mi cama. Debo llegar a la universidad como sea.

Protegida por un paraguas agujereado, salgo resignada a empaparme. Empujo al agua a La Vaca, que ahora hará sus veces de barco, levo el ancla y enciendo el motor con tres tirones certeros.

Me lanzo a la corriente por la que desfilan, parsimoniosas, otras embarcaciones, e ignorante de las dimensiones del turbión, me encamino por la ruta acostumbrada. Después de cuadras de navegación, me encuentro metida en calles tan ondas que recorrerlas se convierte en una travesía del Capitán Nemo. Cambiar de ruta es apremiante, así que me meto por pasillos y callejones, avanzando despacio para no dar un paso en falso, tanteando la profundidad y buscando zonas altas. La marea crece sin piedad con la lluvia infinita. Los otros botes pasan dejando estelas y batiendo el agua. Esta noche, todos tendremos el síndrome del marinero.

Las avenidas más transitadas están en estado crítico de inundación y las rotondas del Segundo Anillo se han convertido en pozas truculentas que atraparon a los más imprudentes. Tal es el caso del pequeño Tico rojo que, con el agua llegándole al techo, ahora provoca un caos de ambulancias y camiones de bombero que no pueden ni acercarse por el congestionamiento.

Me desvié por el bien de La Vaca, que ya empieza a filtrar agua por las puertas, pero después de mucho navegar, por fin me encuentro delante del trecho final. Es una avenida larga y desierta, interrumpida solo por lo que puede verse de una camioneta varada en medio de la vía. Me meto despacio y de pronto encuentro un descenso en la calle. Avanzo lento, casi rezando. A mi derecha observo lo que parece ser el canal de desagüe, cuyas aguas ahora son una con las de la avenida, de vereda a vereda.

La marea parda lame la proa, amenazando con llegar al parabrisas. La vaca jadea y tiembla de frío, pero galopa heroica hasta el final, hasta el ascenso milagroso que revela las losetas bajo el agua.

Al llegar a la universidad, saco el agua a baldazos del interior y arranco los barbechos enredados en la trompa.

Lo hiciste de nuevo Vaca, salvaste el día.

Escrito por Isabel Suárez Maldonado

Isabel Suárez Maldonado (1994) nació en Santa Cruz de la Sierra, Bolivia. Actualmente estudia Comunicación Audiovisual en Diakonía, de la Universidad Católica Boliviana, y trabaja como fotógrafa y audiovisualista en su propia empresa publicitaria, Mothership Multimedia. Su pasión por la lectura nació con El Principito y sus primeros cuentos fueron escritos sobre el pupitre del colegio, a sus 15 años. Desde entonces se ha dedicado a expresar en letras todo cuanto ha podido. El 3 de febrero de 2012, cumpliendo 18 años, fundó el blog Caja de Zapatos, destinado a contener todos sus escritos, los que merecen ver la luz y los que no tanto. En abril del 2016 ganó el Concurso No Municipal de Literatura 2015, organizado por Alexis Argüello, quien fundó su editorial Sobras Selectas con la primera obra de esta autora. Caja de Zapatos es el título del primer libro de cuentos publicado por Isabel Suárez. Su obra completa se encuentra en https://pitilumpi.blogspot.com/