Sucede que el cuerpo es lo único que nos pertenece. Hay algunos, que dirán que la existencia es tiempo y no me atrevería a negarlo; acotaría nada más, tiempo que se aprecia en el cuerpo.
Coincidió, por una extraña razón, que entre mis lecturas recientes hubiera dos libros escritos por mujeres cuyo tema coincide: el cuerpo. Me refiero a Barranca (Fondo Editorial Tierra Adentro, 2018) de Diana del Ángel y El órgano de corti (Ediciones digitales Punto de Partida de la UNAM, 2018) de Julieta Gamboa. Por razones de extensión les hablaré en esta primera entrega de Barranca.
Barranca es un libro de la transgresión al cuerpo. La voz lírica, en muchos poemas casi es la que correspondería a una niña. Los textos se alimentan de los recuerdos de infancia. Hay reminiscencias a Nellie Campobello (Durango, México 1900-1986), narradora excepcional que desde sus recuerdos infantiles nos acerca a escenas de la época revolucionaria en México.
Del mismo modo que Campobello, Diana del Ángel, en Barranca nos invita a conocer un territorio extraño, indefinible, marginal quizá del México contemporáneo. Del Ángel nos presenta a los personajes de su calle, de su barrio, seres de carne y hueso que tienen una réplica en cada recuerdo.

Un pirata honrado
El Morquecho vive en la cuadra de abajo. Como su papá no trabaja ni está en su casa, su mamá lo sacó de la escuela para que la ayudara. Desde entonces se va temprano y, cuando nos ve a mi hermano o a mí asomados por las rendijas de la casa, nos echa dulces. Nosotros estamos al pendiente de no se nos pase; hasta nos turnamos, porque siempre nos da algo. Las señoras dicen que roba cable de Telmex, dicen que lo quema para quitarle el plástico y vender el cobre.

En el libro conviven por igual poemas breves que de largo aliento y tono narrativo. Es en éstos dónde los recuerdos estallan, en los poemas largos se nota una voz madura que reflexiona y sentencia el pasado, como en la parte final de «Para el hombre que perdió su nombre»:

«me habría gustado contarte
que descubrí no mi nombre,
sino mi voz,
y que sin el dolor de la barranca
me faltarían fuerza y palabras para decir»

Además de los poemas largos, los textos sintéticos son como chispas que florecen en el trayecto que el lector hace a lo largo del libro, replicando el estilo del haiku, estos poemas ilustran la flora del asfalto con frases diminutas:

Diente de león
(Taraxacum officinale)

Entre hojas afiladas
sol diminuto
alumbras mi paseo

Tréboles
(Oxalis tetraphylla)

Estrellas diminutas
la tierra exhala
sueño tan verde.

No podría decir que Barranca es un libro unitario. Como dije antes, el estilo no es fijo, me parece que se trata de un libro en donde la autora explora diversos registros: voces infantiles, voces maduras que recuerdan, voces que sentencian, voces que explican, esto último a propósito de un poema que, a mi parecer, carece de la fuerza del resto, se trata del que lleva por título «Amargura»que transcribo ahora:

Nada me fue prometido
sólo he querido pensarlo –casi vivirlo–
que si mi energía cambia
que si me alineo con los astros
que si irradio energía positiva
que si dejo de esperar
que si yo misma
que si arreglo los problemas con mi padre
que si supero lo del abuso
que sigo yendo a terapia
que si dejara fluir las cosas
que si aceptara el mundo como es
que si lo pido de corazón al universo
que de todo se aprende algo
que los gastos son un buen remedio…

No hay ningún contrato
ni a quién exigirle devolución
ni paraíso ni infierno.
Nada nos fue prometido
y sin embargo deseamos…

Pero algún soporte debe tener el libro y me parece que lo que articula cada verso se concentra en el cuerpo. En tratar de nombrar el cuerpo, sin orden alguno,  ni siquiera con palabras claras, sino con balbuceos que definan el pasado, que sanen las heridas del cuerpo. Quizá sólo repitiendo una y otra vez donde nos duele es que llega la sanación. Este libro se organiza a través de la memoria del cuerpo violentado, agrietado, del cuerpo que duele recordar porque se sabe abierto. La infancia se ha romantizado en los últimos años y pocos se atreven a exponer los contrastes. No todas las niñas han sido felices, no todas se conservan sin manchas. El reto en Barranca, me atrevo a afirmar, fue nombrar un cuerpo cuya carne fue expuesta, pero también un cuerpo al que se regresa para tratar de sanar con la voz. Eso es Barranca.

Baldío
Yo no sé decir mi cuerpo:
se me quebró una noche
y sus nombres se perdieron.

Sangró por finos cortes,
fue quemado en días ebrios,
pero yo no estuve en él;
no sentí el dolor,
sólo vi su piel con marcas.

Entre mi cuerpo y yo
no había palabras,
lo habitaba temiendo el desalojo.

A veces venían a verme,
oía que me llamaban,
tal vez me acariciaron.

Oculta en el sótano
o al borde de la azotea,
esperé su partida
para llorar su ausencia.

Yo no sé decir mi cuerpo,
por eso digo barranca;
grito, escombro,
asco de humedad; lo proclamo
hilo en que me deshilvano a diario,
campo de sal donde las palabras
mueren sin dejar huella.

Escrito por Adriana Ventura

Escribo poesía y ensayo. Entreno ballenas, cocino mal y soy autora de Boceto de una vida sin casa, Geografía negra, Elogio a las rain boots que no tengo, Café Bausch y La rueca de Gabriel.