Tres poemas sobre los feminicidios en México

Dime cómo se hace, amor

Dime cómo, amor.
Dime cómo se hace.
¿Cómo se escribe poesía en medio de esto?

Que así como me prendo a tu piel
y desaparece el mundo,
así también desaparece otra mujer
en esta ciudad.

Que mientras tú me besas
un taxista viola a una chica de 15 años.
Que cuando tú clavas tus uñas en mi espalda
Mariana pasa frente a una carnicería en Ecatepec
de la que no volverá viva.

Dime cómo, amor.
¿Cómo diablos se escribe poesía
en esta ciudad salvaje?

Porque mientras yo intento hablar
de los prodigios de tu vientre,
a Valeria, de 11 años,
la están violando en una combi,
cuando tú me miras al quitarte el vestido,
a Karen, de 19 años,
la meten destazada en una maleta,
y cuando muerdes mi cuello y te corres,
a Karla, embarazada de 5 meses,
le están dando 32 puñaladas en un baldío.

Y cuando ellas,
hartas del miedo,
gritan  ¡Vivas nos queremos!
ya están matando a otra.

¿Cómo carajos se vive con eso, amor?
¿Cómo se escribe poesía
en el país con más violencia sexual
de todo el puto mundo?

¿Cómo se ama en un país
con una mujer brutalmente asesinada cada 3 horas?

Con vergüenza, amor,
con odio,
con miedo,
así se escribe poesía
en el país que odia a las mujeres.

Con esta puta rabia en la garganta,
¿cómo, si no?

Por eso a veces tiemblo
cuando me abrazo a tu cintura,
y cuando amanece y yo entiendo que hoy
matarán a 7 mujeres en este país bestial,
solo pido,
con un egoísmo asqueroso,
que ninguna de esas 7 seas tú,
y de solo pensarlo, amor, me estremezco…

Y mientras tú te vistes por la mañana,
los padres de Andrea buscan a su hija
sin saber que lleva 2 semanas muerta,
enterrada en un paraje en Tecámac,
a 13 kilómetros de su casa,
y cuando ya te has vestido, amor,
el cuerpo de otra menor aparece
en la cisterna de un deportivo en Iztacalco.

Y tú sales a las calles de esta ciudad feminicida,
cargada de sonrisas y de planes para el fin de semana
mientras el cuerpo de otra mujer
–no identificada–
aparece en Chimalhuacán,
con el rostro desollado y sin una pierna,
o mientras a Miriam Rodríguez la ejecutan
en la puerta de su casa
por buscar a los asesinos de su hija.

Y 4 adolescentes juegan al secuestro
y matan a su vecina de 6 años,
y 2 alumnos de una primaria
juegan a violar a su compañerita de clase
por ser la más bonita,
y las madres de Veracruz sacan cadáveres por cientos,
y las muertas de Juárez,
y las muertes de Lesby, Nadia, Yesenia, Alejandra, Mile,
siguen siendo un misterio.

¿Cómo putas se hace, amor?
¿Cómo se escribe en el país de las fosas clandestinas?
¿Cómo no rabiar hasta el vómito
en este país de mierda?
¿Cómo no cagarse de miedo si tienes hermanas,
sobrinas, hijas,
si amas a cualquier mujer,
en el país que odia a las mujeres?

Por favor dime cómo, amor,
dime cómo besarte y no pensar,
por un segundo,
que hoy matarán a 7 mujeres en este país…

 

País-horror

Nunca he querido mentir tanto como ahora,
decir que este país es un país-ficción,
un país-relato,
país-guion de cine,
un país-exageración.

Pero no.

Hoy van a matarla, y no lo sabe.
Nadie lo sabe.

No sé dónde pasará,
ni a qué hora.
Si de camino a la universidad,
mientras repasa mentalmente
lo que vendrá en el examen del próximo jueves,
o al volver del trabajo,
mientras trata de recordar
si aún queda arroz en la despensa,
o al recorrer esos 347 metros
desde la parada hasta el parque,
donde siempre se quita los audífonos
y va más alerta porque hay poca luz
y sabe que es mejor acelerar el paso.

Nadie lo sabe, pero hoy van a matarla.

Y no solo a ella.
Hay 7 mujeres en este país-medievo
que hoy no volverán a casa.

Sus padres, sus hermanos, sus hijos,
comenzarán a hacer llamadas,
preguntarán aquí y allá,
irán a denunciar su desaparición,
aunque les dirán que tienen que esperar.

Les dirán que seguramente se fugó con el novio
–o con el amante, si es casada–,
que seguramente andaba en malos pasos,
que seguramente iba por ahí provocando a los hombres,
que seguramente…
que seguramente, ella se lo buscó.

En las oficinas de este país-ironía
les dirán que seguramente es su culpa.

Nadie sabe quiénes son esas 7 mujeres,
el rango de edad, profesión, clase social
son tan amplios, que nadie lo sabe.

¿Quién va a matarlas?
Tampoco lo sabemos

Tal vez alguna de esas 7 mujeres conozca a su asesino;
un exnovio,
un vecino,
un marido.

Tal vez alguna lo vea venir,
y alcance a reconocer,
en el último momento,
un rostro vagamente familiar:
el tipo que trabajaba en la tienda tal,
el padrastro de la chica de la farmacia,
el cabrón que siempre estaba en aquella esquina
y le decía vulgaridades al pasar.

Nadie lo sabe.

¿Quiénes son esos 7 hombres que hoy matarán?
¿Son padres de familia?
¿Terminaron los estudios?
¿Estudian aún?
¿Son dueños de un pequeño negocio?
¿Están locos?
¿Van al dentista?
¿Van a la iglesia y se dan golpes de pecho?
¿Han pagado por sexo alguna vez?
¿Besarán a su novia, o a su esposa, o a sus hijos
cuando vuelvan esta noche a casa después de matar a una mujer?
¿Se lo contarán a sus amigos?
¿Guardarán el secreto sus amigos?

Nadie lo sabe.

En este país-podredumbre hay 7 hombres
(o más, a veces lo hacen en grupo)
que hoy dormirán a pierna suelta,
y 7 familias a las que les han arrancado
de tajo y para siempre
el aire y el amor.

Que alguien me diga dónde duermen,
que alguien nos diga de una puta vez quiénes son.

Porque en este país-fachada hay 7 hombres,
7 asesinos,
que hoy se irán a dormir,
y 7 asesinos mañana,
y 7 asesinos pasado mañana…

Pero en este país-vergüenza la culpa es de ellas.

En este país-horror
nadie sabe nada.

 

Sus nombres

Al principio sus nombres nos venían de lejos.
El Norte, sofocante y cruel,
traía sus nombres entre palabras que nos eran nuevas:
maquiladora, desaparecida, cuerpo, Juárez.

Y no escuchamos.

Sus nombres cruzaron el desierto,
y como una bofetada brutal ante nuestra ceguera,
derribaron muros,
tiraron puentes,
dejaron de estar lejos.

Nuevas palabras se unieron a sus nombres como un sudario:
Michoacán, ajuste de cuentas, La Familia, guerra, cártel.

Sus nombres cruzaron la sierra.
Y no escuchamos.

Al llegar a la selva,
más palabras se pegaron a sus nombres:
fosa, Veracruz, restos, madres, tortura.

Sus nombres vagaron por carreteras,
retumbaron en las ciudades,
gritaron en medio del idilio de las playas.

Más y más palabras se prendieron a sus nombres:
taxi, descuartizada, universidad, Estado de México.

Y no escuchamos.

Sus nombres,
–bocanada vergonzosa y aterradora–,
han dejado de estar lejos
y nos gritan a la cara,
nos estallan en las manos.

Hoy, uno de los nombres que yo amaba
se ha unido a sus nombres.

Mañana sus nombres tocarán otra puerta.
No los escucharán entrar,
y cuando salgan tras ellos,
se habrán ido.

Escrito por Alejandro Merino

Nací y crecí en la Ciudad de México. Me gusta el rock, la comida, Dylan y Sabina, los inviernos fríos y el café. He pasado los últimos años entre México, Estados Unidos, la India y Polonia, donde enseño español. Tengo algunos cuentos publicados en revistas, un par de poemarios y un blog más o menos literario: untalmerino.com / @untalmerino Escribo, me quejo, me enamoro. Nada extraordinario.
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