La primera vez que leí a Samanta Schweblin (Buenos Aires, 1978) fue por casualidad. Un amigo me regaló la edición chilena de la antología de cuentos latinoamericanos El futuro no es nuestro (2010), que incluía «En la estepa», de su libro Pájaros en la boca (2009). Recuerdo que su cuento no me pareció ni bueno ni malo, me interesó bastante menos que otros del volumen y concluí que su única particularidad era su extrañeza. Sin embargo, no olvidé la figura de Schweblin, que según apuntaba el apartado de biografías de la antología, solo con dos libros a su haber se presentaba como una de las escritoras argentinas más reconocidas internacionalmente: en concreto, ya contaba con premios de renombre y había aparecido en antologías de varios países. Hoy, nueve años más tarde, el éxito de su obra literaria se ve redoblado de manera indiscutible.

Con esos datos en mente, leí un par de entrevistas a Schweblin a medida que aparecían en distintos medios. La relación con la escritura –y los temas sobre los que volvía a través de ella– que la autora dejaba entrever en sus respuestas llamaron mi atención, y por eso, al tener a mano Distancia de rescate (Random House, 2014), su premiado debut como novelista, no dudé en «darme otra oportunidad» con su literatura. Comencé la lectura y volví a tener la sensación, que luego fue convicción, de que el texto se sostenía sobre el eje de la extrañeza, esta vez no solo temática sino también estilísticamente. Sin embargo, lo que antes había logrado que me sintiera ajeno a la historia y me distanciara fácilmente de ella, ahora me instaba a seguir leyendo, hipnóticamente, aunque al principio no entendiera ni creyera en lo relatado.

La novela se estructura en un extraño diálogo que mantienen Amanda, una mujer de unos treinta y tantos, y David, un niño de nueve años. La situación, de partida, es confusa; Amanda se encuentra en cama, al parecer en un hospital, y la voz de David, que luego descubrimos está a su lado, hincado en la oscuridad, la conduce por sus recuerdos para que ella, por sí misma, dé con el momento en que aparecieron «los gusanos» en su cuerpo.

Poco importa en esta historia el qué: de llegar a nosotros como un rumor, hasta podría parecer risible, y así se lo toma Amanda en un principio. Resulta que el espíritu de David, a los tres años, es dividido y una de sus mitades migrada a otro cuerpo, con el fin de que sobreviva; se ha chupado los dedos luego de hundirlos en un riachuelo, intoxicándose. La mujer de la casa verde, algo así como la “bruja” del pueblo, es quien oficia la ceremonia, tras la que comienzan a suceder cosas extrañas en el hogar de David, quien no volverá a ser el mismo.

Seis años después del incidente, Amanda y Nina, su hija pequeña, llegan a hospedarse al pueblo por el fin de semana. Su marido –se supone– llegará después. Amanda tiene una teoría sobre la proximidad que mantiene en todo momento hacia su hija: la distancia de rescate. Intenta calcular mentalmente el tiempo en que tardaría en acercarse a ella, los obstáculos que lo impedirían, y es por eso que, al llegar a un lugar desconocido, analiza el entorno e imagina posibles catástrofes para tranquilizarse con la idea de mantener el hilo que las une a salvo, su tensión bajo control. Es una costumbre que heredó de su madre y ella de la suya, y se basa en la idea de que tarde o temprano algo terrible sucederá. Cuando se entera de la historia de David y siente el terror que a Carla le produce su propio hijo, y luego, cuando lo conoce en circunstancias «poco amigables», comienza a rumiar la posibilidad de irse de inmediato, sin esperar a su marido, y no arriesgar distancia.

Los hechos, por supuesto, le darán la razón a los temores de Amanda: tarde o temprano algo terrible sucede. Algo que pueden ser –o no– gusanos. Por eso la historia comienza cuando todo está terminando, con Amanda apenas consciente, envuelta en una batalla ya perdida pero que aún no comprende, y ese es el objetivo del relato –como indica la presencia fantasma de David–: que ella comprenda, y nosotros también. El cuándo, el cómo, el por qué. Que si el veneno siempre está, la culpa no sirve de nada. Que, seamos responsables o no, el dolor va y viene, y que de esa certeza sí debemos hacernos cargo. Que deberíamos analizar en detalle lo que nos puede parecer fantástico, como las fuerzas amenazantes del pueblo rural donde viven Carla y David, que resultan presentar un tema nada fantástico en el que Schweblin se ha explayado en algunas entrevistas: el nocivo y despreocupado uso de agroquímicos.

No creo que el ruido que la novela ha formado en los últimos años sea gratuito ni casual. Resultó ganadora del Premio Tigre Juan (España, 2015), fue nominada al Premio Man Booker (Reino Unido, 2017) y también ganó el Premio Shirley Jackson (EEUU, 2018), sin contar sus numerosas traducciones y el reciente anuncio del rodaje ya en marcha de su adaptación cinematográfica de la mano de Netflix, dirigida por la peruana Claudia Llosa, que también coescribió el guión junto a Schweblin.

Cuando leo tengo la costumbre de aislar frases de las que me gusta su cadencia, o pasajes más largos de los que me gusta su construcción. En este caso no lo hice porque el ritmo del libro no permite pausas o respiraciones, un ritmo exquisito, una tensión que solo remite para dar paso a interrogantes obligadas dado el carácter de la historia. Ese, entre otros detalles, me hicieron sentir frente a algo nuevo; como decía antes, es en el cómo contar en lo que Schweblin destaca. Cómo unir denuncia política y terror, y cómo llevarnos al terror desde algo tan cercano y edulcorado por la cultura como lo es la paternidad; el hacer explícita la terrible dependencia de un hijo hacia su madre y el cargo de esa responsabilidad en ella; la poca comprensión y apertura al diálogo que, en ocasiones (más de las que se quisieran), presentan los padres; y, finalmente, la crudeza que conlleva dar vida a seres que compartirán un mundo en franca decadencia, con los peligros que ello supone.

Queda estar atentos a lo que prepara Schweblin, que a finales del 2018 publicó Kentukis (Random House), su segunda novela, enseguida seleccionada por el NY Times como una de las diez obras de ficción destacadas del año. Queda reconciliarse con los libros y sanarse de primeras impresiones, o confirmarlas y tachar un nombre de por vida –quién sabe–, pero dejarse impactar por la literatura al fin y al cabo. Porque puede ya estar todo dicho (como rezan muchos autores y/o teóricos del texto), pero siempre queda algo nuevo por leer.

 

Fotografía por Léonard Missone. “A Storm Arrives”, 1930.

Escrito por Eduardo Bustamante

Eduardo Bustamante Fernández (Chile, 1996). Escribe y dibuja. Estudia Licenciatura en Literatura con mención en Escritura de guiones. Ha publicado reseñas y artículos en un par de sitios web chilenos y ha resultado finalista u obtenido menciones en algunos concursos literarios, como el II Concurso Literario Kimün del Cajón (2015) o el XIII Concurso Literario Gonzalo Rojas (2016). Participó en el I Festival de Poesía Joven La Chascona (2017) y fue antologado en el libro "Mi canto no termina. 5 años del Concurso Juvenil de Poesía Pablo Neruda" (Fundación Neruda, 2018).