Fuera de mí el tiempo se alenta y corro como en un sueño.

Sueño la tierra seca, quebrada por la memoria del caudal de un río.
La sombra retorcida de un chañar a primera hora de la tarde.

Soy la protagonista.
Me siento latir con todo el dolor del mundo.
¿Lucho para negarme?

Piso y se quiebra, debajo de mí, la imposición de recobrar una memoria justa.

Pero es así de grave, un niño solo en el recreo. Sueña con saltar.
El arco de fútbol cae sobre él a la altura de la garganta.
Pasan la noticia en la televisión.

El mundo es un lugar muy peligroso.
Nos concentramos en contra.
De lo seco.
De lo austero, de lo pobre.

La maleza del monte es descubierta, en la hoja del machete, reflejada.

Soy la protagonista. Estoy a favor. Lucho.
En lo denso. En lo oscuro. Montan el sueño y su desenlace fatal.

Y en la carretera interceptan un camión de ganado. La gente tironea, descuartiza.
El hombre lo recuerda bien.
El hambre, me dice.

Hay que ser salvaje como una flor amarilla.

Pruebo. Tanteo buscando la salida.
Nada.
Cuando quiero correr resbalo en la sangre de las vacas. Es un caudal fantasma.
Pierdo la voluntad.

Necesito llorar a campo abierto. Me castigan, tironean, descuartizan.
Con amor.

Y el hambre.

El campo se pone oscuro. La piel se adormece abajo de una caricia.
Una mujer avanza como una infección.

¿Por qué amarilla?

Crece al costado de la carretera. El amor animal. Necesito.

Un viento caliente. Un arco de fútbol clavado en la tierra seca.
Un burro mirón.
Levantaba mi pollera. Al rayo del sol, mientras fumaba.
Un viento caliente.
Avanza.

En el viaje veo personas en piyamas, debe ser un asilo.
En lo denso de la sabana.
El desenlace.

Un tipo vive solo cerca del muelle. Un día va a pescar y pesca.
Tira el pez al agua. El pez vuelve.
Textual.

Morir de desconocimiento de tu propio hábitat.

Detrás del río, detrás de las piedras donde se enredaban las tripas
de animal ofrecido en sacrificio, un niño -cuerpo a tierra- espiaba.

Quiero volver a mi cara. A mi forma. A mis ojos.

¿Es tarde?
¿Para qué se preparan?

Montan guardia. Nos rodean.
Van armados hasta los dientes, no muerden.
No ladran.

¿Para qué se preparan?

El hombre lo recuerda bien.

Soñaba con el sol triturándome el pellejo, animales con cabeza de animal.

Sí que ladran. Escuchá.
Una memoria justa.

Entonces me contaban de dos hermanas muy viejas
tenían la piel de la cara sin una sola arruga.
Nunca variaban el gesto.
No supieron decirme si fueron hermosas.

Vírgenes fosforescentes, a esta hora pálidas transparentan
los flecos dorados de un banderín.
La ruta despejada.

Fuera de mí se alenta.

El río que traía monitos sobre los camalotes.

¿Monos de verdad?
Y la cabeza de una mujer.

Así decían.
Así debía ser.

Y esperamos.

 

*

 

 

De Le dan hueso, Editorial Cinosargo (Chile, 2009)

Escrito por Andrea López Kosak

Nací en Bahía Blanca, Argentina, en 1976. Publiqué Bailar sola (Editorial de la Universidad de La Plata, Argentina, 2005), La Tarea (Manual Ediciones, Chile, 2011), Le dan hueso (Cinosargo, Chile, 2012), Leva (Literal, Méjico, 2015), Indor (El ojo del mármol, Argentina, 2015), Mula Blanca (Caleta Olivia, Argentina, 2018).