El siguiente texto forma parte de una narrativa en proceso. Breve historia del feminazismo es una distopía paródica en donde la violencia hacia la mujer ha alcanzado límites insospechados y, ante la brutalidad y su absurdo, el único camino es la rebelión.

Yo opto por llamar a las feministas más desagradables como lo que son realmente: feminazis. Tom Hazlett, un buen amigo que es un prestigioso profesor de Economía en la Universidad de California en Davis, creó esta palabra para describir a cualquier mujer que es intolerante a cualquier punto de vista que desafíe al feminismo militante. Con frecuencia lo uso para describir a esas mujeres que tienen una obsesión con esa versión moderna del holocausto: el aborto.
Rush Limbaugh

Prólogo

Todo comenzó en lo que, según mi abuela, era llamado Feministlán.  Las mujeres empezaron a armarse contra el llamado peligro masculino. Para esa fecha había más de dos millones de mujeres desaparecidas; además, según el Feminist Analytics, el machismo estaba a punto de devastar nuestra población. Los hombres de blanco habían empezado a crucificar mujeres y niñas en las plazas, no sin antes empalarlas con una gran verga blanca en señal del gran falocentrismo imperante en el mundo.

Todo gran muro estaba destinado a caer, y el de nosotras estaba a punto de colapsar si no fuera por una llamarada que se extendió rápido por todo el mundo. “Machete al machote”, era su lema universal y el Blut und Bodem (sangre y tierra), de las propagandas emergidas de las juventudes feministas, comenzó a tomar fuerza.

Los hombres de blanco tenían el poder de las máquinas y los white steel cocks para aniquilar, y violar, nuestros territorios. Las feministas, o la llamada “Marea verde”, tuvieron que aliarse entre sus diversos subgrupos para crear el Nationalsozialistische Feminist Arbeiter Partei. Marcado por las mujeres rojas, y las Green Mère, según lo contado por mi abuela antes de morir, ese período fue conocido como Feminazismo.

 

Capítulo I:

Tom Hazzlet y el sebo masculino

Nada huele mejor que el sebo de un hombre. Qué mejor que un tipo de barba cerrada y abdomen ancho para la tarea. No busques delgados, ni fornidos, ¿para qué? Tienen la verga más flaca y la grasa es mínima. En cambio un regordete sale mejor. Piensa en la grasa acumulada en la espalda, en el abultado lomo de la nuca, el sebo de oro escondido en su pubis, debajo de los huevos.

Los cuerpos desechos en las plazas, acribillados en las banquetas esconden el dulce encanto de la grasa que para mí es la música del dinero.

Mira, tengo un gran imperio: lubricantes para los white steel cocks, jabones high fashion de sebo masculino (una mezcla entre la más selecta grasa africana y asiática) y budín orgánico para navidad. Todos aman el budín orgánico. Todos aman la navidad. Todos aman gastar dinero en cualquier pendejada en navidad.

He pensado en no sólo hacer budín. Pienso en un recetario orgánico, sólo para paladares selectos. Gente de cumbre que pueda pagar, aparte del sebo, por un buen trozo de carne de machote. Macho al mojo de ajo, esa será nuestra comida principal. Estoy seguro que Roland Topor aplaudiría tal hazaña con manos pegajosas y sangre por doquier.

Y no sólo eso. Se pueden hacer deliciosos patés con los hombres que se mancharon la corbata. Obvio, no cocinamos vivos. No cazamos, no somos de esa clase de calaña. Es difícil conducir a un hombre vivo al matadero porque es caprichoso y poco inteligente. Ese es el trabajo de las mujeres rojas. Nuestro pago, como buenos progres, es limpiar la sangre, destazar los cuerpos y hacernos ricos con la grasa.

No me culpen.

Me caen bien los de mi especie. Es sólo que el dinero es el dinero y hay gente que gana y otra que pierde en las batallas.

 

Capítulo II

Las mujeres rojas

 

Si viniera, si viniera, si viniera una mujer,
una mujer ahora con la dorada espiga de las matriarcas …

El rezo empezaba con la primera luz del sol. Las mujeres tomaban sus cofias rojas y salían descalzas al atrio del templo vulvar. Levantaban los brazos, frente al pecho. Entornaban sus manos formando el triángulo de la Diosa.

Acabado el ritual pasaban dentro del templo para tomar la letra escarlata y poner la insignia en su pecho. La letra brillaba a lo lejos y los Bleu Svástika (o pañuelos azules) sabían que las cerdas aborteras estaban en camino, para ello preparaban los white steel cocks engrasando las puntas y los laterales para hacer más efectivo el empalamiento.

Ellos peleaban con la verga santa de su Dios, ellas también tenían sus reliquias: peleaban con el seno amputado de Katy Acker, las piedras del río donde se hundió Virginia Woolf y en el templo, en la sagrada mesa, yacía en formol el cerebro intacto de Simone de Beauvoir.

El peligro masculino no sólo estaba conformado por los White Cocks y sus azules esbirros. También pululaba en el aire su gran arma química: el TMV, o Toxic Masculinity Virus, por sus siglas en inglés. Sólo esta enfermedad ya había arrasado con más de un millón de mujeres. Sus síntomas: aparición de hematomas por todo el cuerpo, huesos fracturados, sangrados nasales, dientes caídos, hemorragia craneal y, finalmente, la muerte.

(…)

Escrito por Esther M. García

Esther M. García (Cd. Juárez, Chihuahua, México, 1987) Radicada en Saltillo, Coahuila. Licenciada en Letras Españolas. Ha publicado cinco libros de poesía, uno de cuentos y una novela juvenil. Ganadora del Premio Nacional de Cuento Criaturas de la Noche 2008, Premio Estatal de cuento Zócalo 2012, Premio Municipal de la Juventud 2012, Premio Nacional de Poesía Joven Francisco Cervantes Vidal 2014, Premio Internacional de Poesía Gilberto Owen Estrada 2017, Premio Estatal Chihuahua Cambiemos el cuento 2018, y Premio Nacional de Literatura Joven FENAL-NORMA 2018. Fue finalista del V Premio Internacional de Literatura Aura Estrada. Ha sido becaria del PECDA Coahuila y del FONCA JC. Sus poemas han sido traducidos al inglés, francés, italiano y portugués.