Tras largos años sumida en el olvido —por la preponderancia del nacionalismo en casi todos los ámbitos sociales durante gran parte del siglo XX y, en consecuencia, por las escasas reediciones de sus libros, los cuales en nada se emparentaban con los discursos de dicha corriente de pensamiento—, la narrativa de la zacatecana Amparo Dávila (21 de febrero de 1928) emergió del fango de los desdeñados para poner en primer plano una poética desquiciante y obsesiva, la cual trae a cuestas una visión del mundo tan infernal como promisoria.

Dávila llegó a la Ciudad de México en 1954, como parte del desafío implícito que había entablado con su padre. Para él resultaba imposible que su hija se convirtiera en una escritora relevante dentro de la metrópoli. Solía decirle que ese camino sólo era viable para hombres sumamente inteligentes, y con hombres se refería al género masculino. Pese a ello, la tenacidad de la artista se impuso. Poco importó su condición desfavorable en más de un sentido: que fuera mujer, perteneciera a la provincia y se dedicara con preponderancia al cuento —género siempre desplazado por la novela— en una de sus vertientes menos valoradas en aquel entonces, la fantástica.

El primer tomo de cuentos de la zacatecana, publicado por la editorial mexicana más prestigiosa del momento, el Fondo de Cultura Económica, y al cual, en un arrebato de irreverencia poética, tituló Tiempo destrozado (1959), contiene la siguiente dedicatoria: «A mi padre». Se trató, sin duda, de una dulce revancha con ecos premonitorios. Después vendrían Música concreta (1964) y Árboles petrificados (1977), con el que ganó el Premio Xavier Villaurrutia. En esta terna se despliega la agudeza de una escritura al margen del abismo; literatura sórdida y elegante a la vez; alquímica, recalcitrante, transgresora, brujesca.

Pocas obras hay tan breves y empecinadas con sus objetivos: denunciar el horror de la cotidianeidad; tensar la cuerda del absurdo que separa a los locos de los cuerdos; restituir a la muerte sus misterios ancestrales; desdoblar el sueño en realidades tenebrosas y terribles; evocar la pasión amorosa y el dolor que acarrea perderla. Los Cuentos reunidos (2009), entre los que apareció por primera vez Con los ojos abiertos, no superan las trescientas páginas; sin embargo, concentran una fuerza creadora indispensable dentro de las letras mexicanas actuales.

¿Por qué leer a Amparo Dávila más allá del fervor de los homenajes y las modas? Porque creó desde una trinchera que le debe sus alcances a la libertad, a no someterse a modelos preestablecidos ni a la hegemonía intelectual, aun a costa de un desprecio velado. Cuentística de culto, sí, ceñida, limitada, reiterativa, modesta acaso, pero de una legitimidad incuestionable. Nadie se parece a la señora de negro; expresó de manera vivísima el imaginario gótico y el espíritu romántico por medio del español mexicano.

Vale la pena cuestionarse y matizar en torno a Dávila y Carlos Fuentes. Nacieron el mismo año, estuvieron respaldados por Alfonso Reyes y apostaron, de inicio, por la ficción fantástica. Él despuntó a nivel internacional una vez volcados sus intereses hacia la diplomacia y la novela total, mientras que ella se estancó en la vida del hogar —tuvo que encargarse de sus hijas tras divorciarse del pintor Pedro Coronel— y no fue editada con la regularidad que merecía durante casi medio siglo.

Sea como fuere, celebremos el final definitivo —ojalá— de ese pesado silencio. Dávila hoy abunda en la totalidad de los nichos lectores. Sólo resta leerla tal como amerita: sin canonizarla burdamente, sin permitir que se convierta en una marca para justificar presupuestos. Mejor será que fluya como lo ha venido haciendo, que su hechizo se siga transmitiendo de boca en boca y nos arrastre mediante aquel alarido siniestro que nos encara con lo primigenio: «no hay escapatoria posible al huir de nosotros mismos; el caos de adentro se proyecta siempre hacia afuera; la evasión es un camino hacia ninguna parte…, pero no hay que sufrir ni atormentarse, iniciemos el juego; el ambiente es propicio, sólo la magia perdura, el pensamiento mágico, el sortilegio inasible de la palabra…»

Imagen: Francisco de Goya y Lucientes, El aquelarre
Vía: Museo Lázaro Galdiano

Escrito por Moisés Castañeda Cuevas

Moisés Castañeda Cuevas (Ciudad de México, 1987) es licenciado en Lengua y Literaturas Hispánicas por la UNAM. Ha colaborado con Revista Literaria Monolito, Playboy México, Marabunta, Metrópoli Ficción y Pliego 16.