Tenía un compañero de clase que algunas veces decía, manifestándose con toda seguridad, que yo tenía que ser profesora de filosofía. Creo que él tenía mucha más certeza de lo que según él tenía que hacer yo, que lo que tenía que hacer él mismo.
Al año siguiente en cambio, me inscribí en el profesorado de literatura (que dicho sea de paso abandoné casi en el inicio).
Da igual, la frontera entre la filosofía y la literatura se me hace cada día más derretida y escurridiza.
Dicen que Derrida dijo “no hay nada fuera del texto” y que algunos antes, dieron a entender que aquello que se denomina verdad no es más que mera interpretación.
Dicen que referirse a la verdad o definirla implica siempre hablar o escribir y el sólo hecho de hacerlo, supone construir un texto.
Seguramente ya los sofistas fueron algo así como unos pioneros en ideas similares, o al menos en sembrar el terreno para ellas.
Obviamente nadie me dijo nunca que debería ser filósofa. ¿Qué filósofo uruguayo conocés? Yo sé que hubo uno llamado Vaz Ferreira, pero ni idea qué dijo.
Peor aún, ¿qué filósofa uruguaya conocés?
No pongo duda que habrán habido muchas intérpretes totalmente desconocidas.
Escritoras conocidas sí hay varias. Pero como lo que escribí nunca lo mostré (porque es inmostrable), ¿quién me iba a decir vos deberías ser escritora?
Total, no soy ni escritora, ni profesora de filosofía, ni de literatura, ni filósofa, soy maestra.
Sí maestra y atendete esto… soy maestra de educación inicial.
Posta, no es joda. Podrás preguntarme ¿cómo caíste tan bajo?
Mirá, no caí, me tiré. Me tiré al vacío en picada.
Yo sufro mucho de vértigo que no es miedo a la altura, es atracción por el vacío.
En todo caso la asociación típica que existe entre el vértigo y el miedo a la altura, viene por el lado del miedo que te genera tu propia atracción por el vacío.
Como acabas de leer dije “sufro”, así que en vez de sufrir busqué un espacio para disfrutarlo.
Dicen que Freud dijo algo así como que la sublimación ayuda a satisfacer deseos dentro de los márgenes de la cultura. Gracias a eso, el ello y el superyó se amigan por un ratito.
Me resulta sumamente divertida la idea de pensar si será el vértigo una pulsión de vida o de muerte. Seguro que muchas personas lo estudiaron, ni idea que habrán dicho. Desde mi ignorancia tiendo a pensar que cualquiera diría que obviamente es una pulsión de muerte.
Pero yo me inclino más porque sea una pulsión de vida. La vida es lo antichato, el frenesí, el impulso. La muerte, el antimovimiento, o si es movimiento, es movimiento inerte.
Quizás entonces sea el vértigo, un espacio intermedio entre ambos, porque el salto y el deseo de experiencias contundentes es bien propio de la vida, pero la caída al vacío de la que no podés librarte una vez que inició, es más parecida a la muerte. De hecho es movimiento inerte propiamente dicho.
La cuestión es que yo no me quería morir así que me pregunté ¿dónde podré gozar de tirarme al vacío sin que se me rompan todos los huesitos?
Ya sé, la respuesta más rápida es, practicando bungee jumping. Pero tengo un problema, yo me subo al Barco Pirata del Parque Rodó y vómito (cosa que no me es para nada divertida), ni me quiero imaginar tirándome de un puente.
Así que busqué un bungee jumping más alegórico y listo, me tiré al vacío de la hiperinfancia.
¿Por qué la hiperinfancia es un vacío?
Y… un vacío completamente vacío no es. Pero dicen los físicos cuánticos que aquello a lo que se llama vacío en realidad está lleno de cositas super chiquitísimas, así que no me voy a afligir sí mi vacío tampoco es tan vacío.
Digamos que la hiperinfancia, digo la primera infancia (qué me vas a creer que soy maestra si invento palabras, las maestras son siempre las que hablan como hay que hablar enseñando mediante su ejemplo la lengua estándar, son las que corrigen las faltas de ortografía, tienen buena letra y todo eso)…
Bueno, te decía que la primera infancia es un cuasivacío (perdón, salí un poco anormal de los Institutos Normales).
Sí, un cuasivacío, porque es todavía un espacio de gran vacío social, léase de socialización.
Y cómo la socialización aún no está presente, el salvajismo es legal.
Bueno está bien, el salvajismo no, pero sí al menos el cuasisalvajismo. Evidentemente los golpes, las mordidas, los pellizcos y las avalanchas explosivas no están autorizados, por más que son parte de un escenario de desenvolvimiento vital infantil bastante cotidiano.
Clara manifestación del cuasisalvajismo es el ruido continuo tan habitual en las aulas. Ruido que cuando uno inicia su trayecto en este trabajo piensa que tiene el potencial de llevarte a la locura.
Finalmente no te lleva a nada de eso, pero sólo si aprendés a escuchar la música que hay en el ruido y bailar con ella.
No te asustes, no hay ninguna batalla campal. O en todo caso hay una batalla en la que el único arte marcial permitido es una especie derivada del judo. Y dicen que judo significa literalmente, el camino de la flexibilidad o de la suavidad, ¿qué tendra eso de aterrador?
Quizás también haya algo de algún derivado del aikido para utilizar el potencial energético del “oponente” y conducirlo hacia un lugar más sano para todos, si es que ese lugar existe.
Pero mucho más allá de esas artes que dicen que son marciales y propias de la lucha, pero pienso yo que han de ser venusinas y propias de la danza; la educación inicial habilita y aún más estimula, los abrazos, los cantos, los bailes, el juego libre, el teatro, el dibujo desenfrenado, la protoescritura (y todos los protos habidos y por haber), así como (y posiblemente asociado a esto último de los protos) la observación del ambiente desde una lectura holística no parcelada por las disciplinarias disciplinas…
Parece que todo eso ayuda a que el niño desarrolle su potencial de modo de poder usarlo más eficaz y eficientemente al servicio del rendimiento académico y que en última instancia, este rendimiento pueda ser magníficamente funcional al cuadriculado laboral.
Resulta dicha lógica económica tan paradojal como la vaca que es criada en un ambiente sumamente natural y agradable, para que su plenitud vital pueda ser fuente de una carne más sana y mejor para los humanos.
Estoy siendo un poco dramática. Hace ya casi tres décadas que los derechos del niño han cambiado su paradigma y se camina en la línea de que el niño ya no sea concebido como un ser humano inacabado y objeto, sino sencillamente como un ser humano más joven que el adulto y por lo tanto sujeto, con el mismo derecho a ser. Pero los vestigios del frigorífico siguen pesando.
Por algo no fui escritora, es muy poco original mi metáfora del frigorífico tan pink floydiana.
De hecho tampoco soy filósofa ¿cómo podría filosofar bailando?
Mi filosofía es el baile y el afecto y me importa un pepino si no alcanza el mínimo de suficiencia en alguna evaluación de solvencia académica.
Pero volviendo a la educación inicial, se trata de un espacio donde lo normal está comenzando a ser interiorizado, proceso que me fascina observar.
Sí, ya sé lo que estás pensando, ¿no te da miedo ser un agente de normalización?
Más que miedo, pánico.
Fíjate que al fin y al cabo mi vacío no era tan vacío y encima de todo yo estudié cómo llenarlo. ¡Qué momento!
Bueno ya está, ya estoy en el baile me toca bailar. Haré lo posible por bailar más y normalizar menos. O ¿por qué no? normalizar el baile, si es que eso es posible.
¿Te acordás de eso de que mi filosofía es el baile? No me interesa si es una payasada lo que estoy diciendo, es un defecto de profesión, parte de mi sesgo profesional. Es que las maestras de educación inicial somos clawnescas por definición.
Conclusión, yo no quiero ser maestra para enseñar, quiero más bien que los niños me enseñen a mí cómo era eso de ser salvaje. Pero porfi no les digas nada a los papás de los nenes.
No te preocupes, lejos estoy de ser una irresponsable, a medida que voy descubriendo cómo dinamitar la paradoja del frigorífico, me he comprometido también a enseñarlo, para que los niños puedan ser quienes son y defender sus derechos.
En este momento me acuerdo eso que dicen de los filósofos, que se obsesionan por desarmar estructuras y resquebrajar el suelo.
Para romper el suelo hay que bajar la vista y sería conveniente colocarse en cuclillas de manera de poder observarlo más cercanamente.
Con los niños chiquitos tenés que estar todo el tiempo en cuclillas para poder ubicarte a su altura, tener un contacto más íntimo y marcar presencia desde el encuentro.
Te cuento una cosa. Hay muchos suelos. Yo encontré uno en los niños y niñas que están aprendiendo a vincularse. ¿Vincularse con qué? Con todo. Con el mundo. Y ese suelo del que te hablo me resulta esencialmente filósofo… digo esencialmente inestable y digno de ser interpretado.

Escrito por Victoria Calvete

Victoria Calvete (Montevideo, Uruguay, 1986), soy Licenciada en Comunicación Social y estudiante de Educación Inicial. Me gusta escribir de vez en cuando... así que comparto algunas cosas para quien guste leerlas.