En estas últimas semanas estuve recibiendo unos cuantos correos con manuscritos que no esperaba, y me animé a imprimir algunos. Es la primera vez que lo hago. Los tengo revueltos por el escritorio cerca de un libro de García Robayo que me envió Tránsito, otro de Paco Najarro que espero leer muy pronto, uno chiquito que Laia Carbonell me está por firmar y varios otros que son –qué lindo suena– orgullosamente nuestros, libros hermosos, ambiciosos y brillantes que tienen nuestro logo por un rincón, nuestra luz a su alrededor, nuestro esfuerzo por todas partes. Sonrío al verlos. Bonitos. La antología de Liberoamericanas está acostada entre un toco de cinta aislante y varios blisters de aspirinas. Ejercicio de las memorias me mira como curioso desde una cajita de alfajores de Uruguay. Amplitud del mito lo tengo esparcido a izquierda y derecha porque le falta la encuadernación. Además hay marcapáginas de librerías por todas partes, notitas a mano por todas partes, cafés a medias por todas partes. Hay monedas, grapas, flyers, hay la luz del flexo, el viento en la calle y la música suave, sin letra, como tejiendo a medias un lienzo para pensar. Explosions in the Sky – Your Hand in Mine.

No estoy logrando aterrizar del todo la idea de que verdaderamente podemos publicar lo que queramos, podemos transmitir lo que queramos, podemos decirle al mundo lo que realmente se nos venga en gana. Son otras las personas que se están dando cuenta de esto, otras quienes están haciéndonos llegar sus textos para leer. ¿Recibís manuscritos? Tengo un poemario. Tengo este texto, quizá os lo pueda hacer llegar. Vi los libros de ustedes en Laie, vi que publican a gente nueva, me encanta el proyecto, ¡me encanta!, me encanta. ¿Les puedo enviar mis poemas? Sí, claro que puedes, pero ¡claro que podés!, ¿de qué otra forma iba a ser si no? Para esto hicimos esto, para esto peleamos tanto, para esto tuvimos que lidiar desde tan abajo contra tantas y tantas dificultades, tantas carencias, tantos errores, tantos NO. Y, a pesar de tanto y de tantos, aquí estamos, recibiendo manuscritos que no esperábamos. Dejándolos revueltos por la mesa. Agarrándolos en algún rato, releyéndolos y pensándolos. Mirá qué bueno este poema. Mirá qué duro este verso, qué matiz tan vibrante, qué giro tan musical. Mogwai – 20 Size.

En buena parte, estos dos últimos años nos han supuesto una especie de lucha constante para tratar de cambiar una inercia colectiva donde siento que escribimos demasiado, realmente demasiado, y nos leemos muy demasiado poco. Yo quisiera que nos leamos más, que nos escuchemos más, que nos compartamos más. Sentarme aquí, levantar estos papeles y seguirlos con los ojos me trae entonces mucha paz. Estoy leyendo a otras voces. Por fin, por fin puedo sentarme a leer otras voces, voces de lugares muy dispares, con ideas muy distintas, con propuestas muy diferentes. La voz propia es demasiado intensa a veces, en ocasiones el pensamiento propio lo abarrota todo recordando tantos miedos, tantas inseguridades, tantísimas dudas. Tienes que ir más lejos. Tienes que hacerlo mejor. Tienes que hacerlo más rápido, hacerlo perfecto, ¡hacerlo imposible! ¡Sí, sí, ya sé que tengo qué! ¡Ya lo sé! Ya lo sé… Lo quiero hacer, lo voy a hacer, pero a veces el ritmo que requiere es este. A veces, algunas veces tiene que ser este. A veces el café tiene que calmarte, las letras ordenarse, la música templar. The American Dollar – Call.

Estoy más alegre hoy, al menos en este rato. Sigue doliendo, sigue faltando otra luz pero parece que lo haga menos, o al menos por este rato. Bajo los ojos. Vuelvo a leer. Anoto algo para revisarlo después, pero mi letra se tuerce y bromea sobre el papel. Me hace una pirueta, me esboza un dibujo, se ríe. Linda. Relajo el bolígrafo en los labios. Dejo de abstraer los ojos, dejo de volverte a ver. Sé que no voy a poder sacar adelante todos estos manuscritos (sé que no debo hacerlo, sé que no tengo que). Nunca, nunca podré con todos (nunca me perdonaré), pero sé que podré con algunos y sé que cada uno, cada página apenas finita que que cada uno consiga tener impresa, abrirá otro apenas de otro mundo a quien fuera que la escribió. Cada página que recorra esos cientos de kilómetros de carreteras hasta vaya a saber uno dónde, cada página que acabe en una librería de vaya a saber uno quién, cada página que alguien se lleve a casa porque diga que le pintó, diga que pensó que, diga nomás que quiso, será un pasito más que daremos como colectivo este recorrido tan nuestro, tan hermoso y tan abarcador. Cada página, cada apenas de una página será una sonrisa más para avanzar en este sueño. Y esto es muy, muy bonito. Una caricia más para calmar tanto ruido, para acercarlo al silencio, para arrullarlo en su paz. Radical Face – Welcome Home.

Escrito por Darío V. Zalgade

Edgar Díaz Oval (Islas Canarias, 1983), más conocido como Darío Zalgade, es Licenciado en Letras Modernas (UNC) y Máster en Literatura Comparada (UAB). Se especializa en el estudio de la literatura latinoamericana contemporánea y el análisis estructural de la identidad. Es colaborador regular en las revistas literarias Quimera, Librújula y Oculta Lit, y fundador de la plataforma editorial Liberoamérica.