He de hablar de mi historia cada día
y de callar cuando sea el turno de las otras,
de cercar las mesas en que merendamos,
cuando cortamos el pan, colamos el café
y arrullamos los corderitos de Gabriela y tantas más,
las hijas e hijos del mundo que viene
voraz de hacernos pobres e invisibles.

¿Qué queríamos hace siglos que empezamos?
una habitación propia y un poquito de dinero,
un santuario de vírgenes con pecado original
coros de madres arropantes,
un lecho para llorar y concebir en calma.

Hablaré de todas las que he sido:
La Chingada
la hermana, la hija, la muchacha de la chingada
la que se chingaron Paz, Pérez-Reverte y su pandilla
malinterpretada, hablada desde arriba
que desde el pedestal de la erudición
con manos blandas, blancas, académicas
le cerraron la puerta de la cátedra.

Me pondré en frente de cada Magdalena
que quieran desvestir y lapidar,
no seré la voz, sino apenas la palabra
del miedo, de la ira y de la náusea
gestada en los vientres de la Tierra.

Y allá, por las últimas filas de las marchas
que no encontremos compañero a medias
que jure lealtad, pero guarde silencio,
nuestro paso sólo sea seguido
por los hijos de la bondad, descriándose
sabiéndose parte pero no protagonista.

Sorda a las voces de la necedad,
no escucharé al que procure mi miedo,
no atenderé a las explicaciones
de la sinrazón, de la mentira hecha ciencia,
que a la mesa donde me conviden
para ser aleccionada de mí misma
pueda ponerla de cabeza y repartir el guiso yo.

Esta carne ya no será servida,
puesta al servicio de carnicero alguno,
rotundamente no me repartirán a piezas,
sexo, corazón, manos de madre,
soy todo a la vez y a la vez de nadie
no saciaré apetitos, mas que del desvalido
no amaré sin antes amarme a mí y a las otras
no cuidaré sin ser cuidada a cambio,
no yaceré sin gozo, adolorida y ultrajada,
no me buscarán las Antígonas de mi pueblo
tratando de darme justa sepultura.

Soñaré con esa madre universal,
que nos acoge en la noche terrible,
acalla los llantos de las niñas del mundo
y las sumerge en sueño, de correr descalzas
se agachan, ya no para rezar
sino para oler la tierra mojada y descansar sus espaldas.

Soberanas nos concibo, sobre los campos
de la ruda, la mirra, la menta y la amapola,
las más fragantes flores crecerán de nuestra sangre,
nunca nos perderemos de lagrimear atardeceres,
dormiremos exhaustas de la jornada
despertaremos con las risas y el sol bien descansadas
listas para en el día subirnos
las unas sobre los hombros de las otras,
con los hijos y las hijas echados a la espalda,
sintiéndoles la carga más ligera que nunca,
preparadas para el trabajo y para el juego
llenas de certezas,
llenas las barrigas,
en los ojos, la flama,
en la boca, el canto,
en las manos, el oficio,
en el pecho el latido que late por todas,
y en el alma que comparte al cuerpo
la paz de ser, sin piedras en el camino,
la paz de ser,
ser nada más,
ser en una misma, inexcusable,
estar en el lugar correspondido,
llegar a la tierra prometida que es toda,
la tierra de una,
y al final, de los días adoloridos
no nos quede más que la memoria.

Escrito por Selene María

Poeta en Guadalajara, México.

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