Elisa y Blanca (El principio del heroísmo)

Eran otros tiempos, es verdad. Tiempos de costuras, tejidos y bordados. Tiempos de revólveres, granadas y cuerpo a tierra. Tiempos en que las mujeres eran fuertemente dóciles, y los hombres fuertemente toscos. Elisa recordaba esos años como si fueran hoy. Como si no hubiera pasado ya más de medio siglo. Aquellos años en que se dedicaba a bordar escudos en camisas de poliéster hasta quedarse sin dedos y sin ojos, escuchando las noticias de los avances contra el resto de Europa en una maltrecha radio de madera que compartía con las demás mujeres del grupo. Y es que la guerra si algo enseñaba era a compartir. Dentro de esa habitación, diez mujeres con sus diez faldas plisadas y sus diez camisas de algodón, dedicaban la tarde a surcir y remendar uniformes, además claro de atender sus casas y sus hijos. Ninguna tenía menos de dos. Ninguno de ellos más de diez años. Muchos no habían conocido aún a sus padres. Y quizás no lo harían jamás. “Porque Padre se ha ido a combatir Nazis a Francia, querido, por eso no puede jugar contigo”, explicaba Blanca a uno de sus críos. Ella era la mayor y por consiguiente, la más dura y remilgada. Había visto el final de la Primera y ahora soportaba la Segunda como si de un maldito juego se tratara. Elisa la recuerda con admiración. Muchas veces deseó ser más como Blanca y menos como ella. Sobre todo cuando sonaban las alarmas. Ese ruido tan grave, tan vasto y omnipresente que alertaba de aviones y bombas, que indicaba que debían correr y esconderse, cosa que Blanca nunca hacía y tampoco alentaba a que lo hicieran sus hijos. Permanecía sentada donde estaba, sin detener su labor, sin pestañear. Y cuando el resto le gritaba que se metiera al sótano ella bufaba, hacía ademanes insolentes con las manos y decía que prefería morir aplastada en plena sala, con su dignidad intacta, que vivir escondida en ese oscuro agujero del infierno. Blanca era la Resistencia personificada. Y Elisa, bueno, era más bien el joven refuerzo. Con el tiempo, su admiración no hizo otra cosa que crecer, viendo como su inmensa testarudez la hacía literalmente inmune a los ataques. Para el final de la guerra, eran dos las mujeres que resistían impertérritas bajo los estruendos. Elisa jamás olvidó lo que había aprendido de Blanca. Y es que los hombres habrán ido a pelear su guerra a otro sitio, pero ellas, en ese cuarto, con sus agujas, sus hilos y sus hijos, eran la verdadera retaguardia.

La fuerza está en la unión.

Escrito por Natalia Amendolaro

Buenos Aires, Argentina. 1990 Lectora voraz. Escritora como forma de vida. Autora del blog Escriarte y del libro "Resultó que éramos libres" Colabora en la revista Liberoamerica. En la búsqueda permanente de nuevas formas de unir arte con palabras.
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