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Francisco Layna Ranz (Madrid, 1958) es profesor universitario, investigador y poeta. Es en la actualidad una de las voces necesarias del panorama poético español. Porque en su escritura, compleja, de largo aliento, a veces anómala pero siempre seductora y apasionada, vemos muchos elementos presentes, que comporta la evolución de las poéticas peninsulares en los últimos años. En estos tiempos líquidos donde ciertos fenómenos editoriales nos hacen volver a preguntarnos cuestiones acerca de la propia naturaleza de la poesía, los textos de Layna ofrecen claroscuros interesantes. Grietas de sentido o exploraciones de sondas sintácticas hacia regiones donde el lenguaje sigue expandiéndose. En esta conversación, el autor reflexiona sobre eje temáticos importantes. Muchos de ellos, de rabiosa actualidad poética. Además de algunas invitaciones para recordar como ciertos autores pensaron el arte de versar, de escribir, de esbozar la praxis poética. Algunas veces como una poliantea, y otras veces como fragmentos o retales, Layna ofrece en sus palabras una óptica nada indiferente para entender la poesía actual.

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ab initio

Durante años te has dedicado a la Universidad, tanto en Estados Unidos como en España. Eres especialista en el Siglo de Oro, principalmente en Cervantes. Después de tantos años dedicado a la investigación académica, apareces con un primer poemario. ¿Cómo surge la necesidad de la escritura poética? ¿Cómo se alterna esta faceta con la docencia e investigación?

 De muy mala manera alterno docencia y crítica. Soy poco hábil para lograr esa simultaneidad. La crítica pretende, embutida de arrogancia, encontrar sentido a los textos. Es un localizador de unanimidades. Cuando un estudiante me pregunta por la significación de La doncella Teodor yo respondo para que su mundo de comprensión y el mío se acerquen a un mismo lenguaje, un similar sentir y contemplar, una parecida manera de describir y definir. En poesía es todo lo contrario, o debiera serlo si se trata de poesía con inquietud de abarcar polisemias. La inseguridad del océano, del terremoto o de la tormenta… La serenidad de fray Luis es todo menos serena, pero la puedo explicar de acuerdo a este canon interpretativo… Quiero decir, cuando escribo crítica, ni una sola línea me sale que suene poética.

De acuerdo a tu experiencia docente e investigadora, ¿Cuál es la realidad de los estudios literarios en lengua castellana en los Estados Unidos?

 El eco de un canto de un cisne que murió hace tiempo. Ya no hay estudios literarios. Murieron. Los matamos. Bien es cierto que las necesidades ahora parecen otras. La gente joven no quiere entrar en estos asuntos. No lee, no ha leído, no va a leer. Y lo asume con una plena conformidad. Esta era profesión que no generaba dinero y no salvaba vidas… También tenemos buena parte de culpa los profesionales. En la academia americana dejamos de enseñar Historia en los años 80. Todo se reducía a 16, 18, 22 libros teóricos…Muchos de los profesores que hoy continúan enseñando literatura han tenido una no muy intensa formación académica… Todo contribuye a este erial en que nos movemos los cuatro que aún quedamos.

Obra poética

Huesoanimal

Tu primer poemario es Y una sospecha, como un dedo (Amargord, 2016). En él encontramos ciertas direcciones temáticas y movimientos lingüísticos propios de tu poesía. Hay metaliteratura, referencias librescas y claras reflexiones de la propia naturaleza del lenguaje. ¿De qué forma entiendes la filiación, de haberla, con la conciencia del propio lenguaje que (des) escribe el texto?

Me muevo bien en esa superficie. Procedo del estudio del Barroco. También me reconozco en la poesía norteamericana, aquella que Eduardo Milán decía que transforma lo vivido en acontecimientos del lenguaje. Y si hablamos de la poesía escrita en Latinoamérica, durante décadas a años luz de la española, el lenguaje atraviesa todos los ángulos posibles. Caigo en esa tela tejida por las arañas y por la necesidad de aplazar el fin… El lenguaje es siempre el mismo. Lo diferente es el silencio, lo que sucede cuando se lee o se escucha. No me refiero a la recepción, sino al silencio, al silencio posterior. ¡Qué bien entra a veces, estableciéndose una extraña relación de dependencia! La poesía no sirve para nada, pero cómo explico que hay poemas que quiero leer cinco, ocho, diez veces seguidas. ¿Podemos buscar algo que se asemeje?

Otra cosa. La Sospecha no fue mi primer libro. Fue el primer editado. En algún cajón reposan dos de cuando era muy joven, allá por el siglo XI. Uno se llamaba La espalda de enero. Nunca me atreví a publicarlos.

Si en tu primer poemario la toma de postura parece evidente, con Espíritu, hueso animal (RIL Editores, 2017) parece que apreciamos una mayor tensión del ejercicio de la escritura. Háblanos de las motivaciones para la construcción de este poemario.

 Bueno, siempre fue mi intención una cierta continuidad entre los tres. En Espíritu, a veces, pretendo un filtro parecido al de las traducciones. Seguramente no lo conseguí. Termina con una ficción en 16 actos. El protagonista es Fabio Bondarino Silo, personaje que lleva conmigo desde la adolescencia, mía y suya. Es en el cuarto libro donde me propongo un volantazo, un rumbo distinto, otro telar, otros nudos, presencias mucho más cruzadas.

Poemas de Espíritu, hueso animal como por ejemplo He acariciado a un gato que tenía frío y Algunos no tienen lengua, la cigüeña, por ejemplo nos ofrecen un abanico polisémico interesante. Hay narración y descripción pero no parece apoyarse de forma estricta en el sentido de lo real. En una de las glosas del libro, Ángel Cerviño nos dice: «El poema malgasta sentido, destruye ganancias -error certero en su regazo intacto-, dilapida sus más preciadas posesiones, sopla el vaho que quizá eche en falta mañana». ¿De qué manera los textos pueden poner en crisis la idea de sentido, entendido este como algo legitimado en la medida de su legibilidad?

La incertidumbre crea malestar. El libro, que decía Blumenberg, es un sucedáneo: se lee porque no se puede tener o contemplar en sí mismo. El sentido es una posterioridad. En ese después, recurrimos a una comunidad significativa. Yo me dedico a la interpretación de los textos, seguramente el ejemplo supremo de soberbia y arrogancia junto a las exégesis de los textos sagrados. He acariciado es una parada, un desfile barroco. Estamos hartos de insistir en la encrucijada de textos, voces, escrituras, imágenes, naturalezas… Todavía sentimos, presuntuosos, que es algo de nuestro presente más último. Pocos saben que es tradición. El inventario heteróclito, la parada de carros temáticos, el desfile de portentos, textos, cuerpos, sentidos… Barroco. Ese abanico del que hablas viene impuesto por la mera sucesión de tarascas, motivos, alegorías, es decir, la imaginería de la celebración efímera… Efémera polisémica que se encara con lo real. En esos dos poemas que citas pretendo que la sucesión sea un lugar en el que estar, una localización de lo que atraviesa mi ingenio, mi pulso o firmeza, el modo en el que me expreso. Quisiera reconocerme en ese recorrido. He acariciado es un desfile sin traza. El poema que yo deseo tiene que ser un extravío. Quiero un poema sacado de sus casillas.

Tu último poemario es Tierra impar (Ril Editores, 2018). Háblanos del proceso de su escritura y si sigue una evolución respecto de los otros poemarios o si coge una senda evolutiva distinta.

Quizá sea un final. De la Sospecha a la Tierra. Tres libros. La imparidad. Mi obsesión por ciertos números. Tierra no es un mundo de muertos. Es un lugar (porque es lugar) donde no hay ni origen ni efectos. Ni los olores, ni la voluntad humana, ni tan siquiera la luz tiene procedencia. Es un enorme solar, pero sí hay residuos. Y allí puede, insospechadamente, aparecer algo, algo desconocido pero también reconocible aunque bañado en extrañeza. Más esa brutalidad humana que se llama infierno. ¡Jamás la crueldad llegó a esos extremos: el castigo eterno! Abro esas puertas en Tierra, la primera sonrisa en milenios. Y vuelve a aparecer Fabio Bondarino Silo, vagabundo en un derrumbadero donde las sombras lloran y nada tiene trayectoria. No es fácil la moral en un mundo sin origen y sin efecto.

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En innumerables ocasiones has comentado tu admiración por Gerardo Deniz, Eduardo Espina y José Kozer. ¿De qué forma han sido influencias escriturales?

Eduardo y José son amigos muy queridos. Los dos son geniales. Kozer, a partir de Bajo este cien, empieza a soltar libros, a cada cual más apabullante, en construcción de una de las poéticas más intensas de la segunda mitad del siglo XX y los primeros años del XXI. Digo en cualquier idioma, no solo en español. Leo una vez al año En Feldafing las cornejas. Y Espina: la poesía en español tiene un antes y un después de La caza nupcial. ¿Me preguntas por Gerardo Deniz? Erdera es una obra sin par, inigualable. Leo a Deniz como práctica saludable. A veces reescribo algunos de sus poemas. Una especie de guiño casi cercano a la plegaria. Todos terminan en la basura, por supuesto.

En América Latina la poesía es una presencia que envidio, admiro, leo. Hay países que no se agotan: Cuba, Perú, Argentina, México… Medusario fue un hallazgo grandioso. En 2014 Mario Arteca, Benito del Pliego y Maurizio Medo publicaron País imaginario, antología de poesía latinoamericana de 1960 a 1979. El pasado año, Medo, Arteca y Reynaldo Jiménez publicaron en la editorial Ay del seis la segunda parte de País imaginario, esta vez de los años 1980-1992. Gracias a esta segunda entrega he conocido al cubano Pablo de Cuba Soria o a la mexicana Xel-Ha López Méndez…

Y algo más… En 2020 Maurizio Medo entregará un nuevo País imaginario, esta vez de España. Y eso me gusta especialmente: ¡un estudio y selección de poesía española elaborado en Perú! ¡Qué necesarios son estos envites! Será algo distinto, nombres no habituales en las antologías, tampoco los criterios de selección…

Actualidad poética

¿Cómo aprecias el panorama poético español actual? ¿Es muy distinto al de hace unos 20 años, por ejemplo?

Muy diferente. Pregunta qué se opinaba en América latina de la poesía escrita en España hace 20 años… Vemos con claridad cuál fue la causa del aislamiento de nuestra poesía respecto a otros países de la misma lengua. Ahora por fin se han abierto ventanas, puertas, mentes… aunque el poco pastel que hay sigue en manos de los de siempre. Se habla mucho de los jóvenes, y es indudable su magnífica aparición. Pero otros factores también son decisivos. Revistas muy serias en Madrid, en Barcelona, en Sevilla, en Zaragoza (vuestra La caja nocturna)… Blogs cuidados, rigurosos, abiertos y volcados. Y un fenómeno crucial: el asentamiento, ya pleno, de algunas editoriales pequeñas e independientes. Aficionado como soy a la poesía norteamericana, cómo no voy a estar agradecido a Aníbal Cristobo y su Kriller71. Es muy tarde, es cierto, pero ya en España se habla de Mary Ruefle, de Ted Berrigan… Hablé con Aníbal para intentar que traduzcan a Susan Howe o a Barbara Guest. Aficionado como soy a la poesía latinoamericana, cómo no voy a estar agradecido a Chema Cumbreño y su Liliputienses. Su labor para tender puentes entre España y América Latina es admirable. Editoriales como Varasek, Ay del seis, RIL, La uÑa RoTa, Libros de la resistencia, Ultramarinos… Súmese a esto librerías que organizan lecturas, presentaciones, jornadas: la Central, Animal Sospechoso, La Puerta de Tannhäuser… No voy a citar nombres. Hace ya unos años lo hice en otra entrevista, y hubo quien se molestó conmigo porque olvidé apellidos, títulos… Para evitar el mismo error aventuro solo algunos que verán luz en este 2019 y que considero fundamentales. Liliputienses sacará el libro de Sebastián Bianchi Poemas Inc.  Y RIL dos libros que ya conozco y por los que apuesto fuerte: La explotación industrial del gusano de seda de Ángel Cerviño y La vida cotidiana arrasa Europa de Maite Martí Vallejo. Y tengo ganas de leer lo nuevo de Luz Pichel, David Aceituno, García Román, Guillermo Morales…

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Parece que hoy se publica como nunca y en redes sociales se postean versos sin parar de forma emocional y mecánica. Es un fenómeno bastante comentado en la actualidad ¿Cómo aprecias este nuevo fenómeno de la poesía Best-seller?

Lo diáfano no admite glosa. Hace poco una escritora premiada, reconocida, diez libros publicados, muchos de ellos traducidos, recogía en Facebook una frase de Albert Camus, la siguiente: “Los que escriben claridad tienen lectores, los que escriben oscuramente tiene comentaristas”. Me gustaría dar un paso más y proponer que los que escriben claridad hoy tienen followers. Hay una jactancia muy extendida en la defensa de la llaneza y la sencillez: al pan, pan; y al vino, vino. Las cosas claras, y el chocolate espeso…Se desconfía de la complejidad. Aquel refrán: “Quien hace mal, aborrece la claridad”.

En Hechos 4, 3 Lucas usa la palabra idiotés como persona ignorante, iletrada, simple, indocta… Todo esto es muy viejo. En 1563 Francisco de Monzón escribió un diálogo llamado Norte de idiotas…Es el aviso, la dirección dirigida a los bobos santos, San Francisco y la corte de los inocentes que nada saben… Frente a ellos, la inteligencia y, su aliada, la complejidad siempre fueron peligrosas, a menudo atributos femeninos por ser cualidades de procedencia diabólica.

La sencillez es santa… El sujeto místico de San Juan es femenino, tal vez por contagio con “alma”. Pero a partir de ahí todo son complicaciones en un texto sencillísimo y de acceso universal para iletrados y cultos. Sin embargo es un texto que desde su misma aparición exigió toda una inmensa secuela de exégesis, explicaciones, glosas… ¡La sencillez explicada! ¡Virgen Santa! ¿Cómo se puede explicar aquello que parece familiar, sereno, afín a todos los rincones del mundo y de la inteligencia?

Aristóteles en el capítulo 9 de su Poética decía que el poeta y el historiador se distinguen en que el historiador cuenta los sucesos que realmente han sucedido, y el poeta los que podrían suceder. Es un tema muy debatido en las poéticas renacentistas. No anda lejos la diferencia platónica entre verdad y opinión. Cervantes en DQ II, 3, matiza: “uno es escribir como poeta, y otro como historiador: el poeta puede contar o cantar las cosas, no como fueron, sino como debían ser; y el historiador las ha de escribir, no como debían ser, sino como fueron, sin añadir ni quitar a la verdad cosa alguna”. Es decir, vieja prosapia para la tan admirada claridad. ¡Todos nos reconocemos dentro de un mismo significado, de un sentido que nos identifica! El orden simbólico establecido. La gran comunidad del mensaje único. La unanimidad es acogedora.

Me atrevería a decir que hoy vivimos una muy devastadora tiranía de la sencillez. Todo necesita ser sencillo, asequible, rápido, de ligera captación: el poema, la película, la pintura, la clase… Y nos reímos, haciendo camada y pandilla, de lo que no se entiende y de los pedantes que se revuelven en ese fango de la incertidumbre significativa.

El gran Eduardo Espina nos hablaba hace bien poco de que a veces se produce la catástrofe del sentido, los desmentidos de la inocencia… Suele esta catástrofe canalizarse entre ciertos usos poéticos. Hay poemas que evidencian la falta de acuerdo entre los posibles significados. Pero el totalitarismo de lo inmediato reacciona e impone el consabido espejo de la representación. Ahora bien, tampoco podemos caer en ese narcisismo de lo no comprendido. Tamara Kamenszain, con buena razón, consideraba obsoleta la idea de que la poesía no se puede explicar. Dante decía que el poeta debe “dar razón” de lo que escribe…

¿No se debe hacer paráfrasis del error canonizado aunque sea de una fastuosa y sugerente sencillez? La frase “es mas fácil que un camello pase por el ojo de una aguja…”, dicha en el Evangelio de San Mateo, traducido del griego por San Jerónimo, es un error que comete el Santo al traducir el texto. El término “kamelos”, que se interpreta como “camellos”, realmente es la soga, la maroma gruesa con la que se amarran los barcos.

Elvira Sastre, Marwan, Victoria Ash, Defreds, Elisa Levi, Irene X, Diego Ojeda, Loreto Sesma, Escandar Algeet, Xenon, María Leach, Redry, Miguel Gane, Srta Bebi… y otros muchos que me dejo en el tintero porque no los conozco. “Algo está cambiando”, decía Victoria Ash… No, no, no es así… Todo lo contrario… Se trata de una total involución, es un regreso a lo mismo. Algo, con toda seguridad, está cambiando para ella… Es incluso entrañable e ingenuo que ella crea que su poesía signifique un cambio. Este fenómeno solo tiene de novedad su horizonte digital. Punto. Punto y punto. Viene de lejos. ¿Tendremos que recordar la manida anécdota de Oda a Verlaine de Rubén Darío y aquellas púberes canéforas que ofrendaban el acanto? ¿Hablamos ahora de Góngora y de los que reclamaban claridad para que la poesía española pudiera sobrevivir? Ja.

Y como nadie entiende la poesía, y nadie la lee, la gente confía en El País, en Visor, en los consagrados oficiales que afirman que estos jóvenes son la savia nueva, poesía que España estaba esperando como agua de mayo, junio y julio. Elvira Sastre es el último premio Biblioteca Breve y además vende miles de libros… ¿Cómo no confiar? La consecuencia es que la Diputación de Cáceres la contrata para presidir un premio de poesía. García Montero la entrevista en la cadena SER. El Centro Andaluz de las Letras de la Consejería de Cultura la invita a participar en “Letras Capitales” al lado de Muñoz Molina y Luis Landero. David Broncano la entrevista en La Resistencia como poeta e influencer. Tiene una sección en aquel periódico también responsable de lo que está sucediendo. El Instituto Cervantes la elige para su mesa redonda “Poesía ibérica, poesía de la hispanidad”… ¿Cómo desconfiar ante semejante movilización y acuerdo general? Y yo ahora exclamo, de veras: ¡bien por Elvira Sastre! Pero del mismo modo digo que su poesía es de escasa calidad. Un lector atento, asiduo a la lectura, habituado a la concentración llegará a idéntico parecer. Ahora bien ¿es esto importante? ¿A quién o a cuántos importa? ¿Conduce a algo, se concluye?

Creo ver, por otra parte, envidia en este tan clamoroso éxito. Teatros llenos. Miles y miles de ejemplares vendidos, adolescentes que guardan enormes colas en la feria del libro… La editorial Planeta publica lo que se le ofrezca si se le pone encima de la mesa varias decenas de miles de seguidores en las redes sociales. Por ahí la cosa se enturbia. Lo que preocupa no es la irrupción de estos jóvenes, sino que Loreto Sesma fuera el premio Ciudad de Melilla del 2017, que Elvira Sastre fuera el último Premio Biblioteca Breve de Seix Barral, editorial que forma parte del Grupo Planeta, que La Casa del libro de Madrid, adquirida por el Grupo Planeta en 2017, haya prácticamente eliminado su fabulosa sección de poesía en beneficio casi en exclusividad de los libros de estos jóvenes, nombres de su fondo editorial…Esto sí apena, y más cosas… Pero no todo es motivo de lamento. Celebremos como se merece y a modo de reacción que Berta García Faet ganó el último Premio Nacional de Poesía Joven Miguel Hernández, pues Berta también es muy joven y su poesía es excelente…

Precisamente García Faet citaba hace poco un libro que viene pintiparado a nuestro tema de conversación: en 2012 Paul Legault publicaba su Emily Dickinson Reader. An English-to-English Traslation of Emily Dickinson’s Complete Poems. Una farsa que incide directamente en asuntos de inmenso calado. Nietzsche consideraba que interpretar es convertir en familiar algo que resultaba ajeno. Paul de Man estimaba que la paráfrasis es traducción, sinónimo de entender. Por eso, en su opinión, debe eludir cualquier discontinuidad y contradicción. Hace años el magnífico Carlos Piera puso todos los puntos sobre todas las íes. Lo absolutamente familiar también puede pasar desapercibido, porque es lo ajeno a lo extraño, lo que está más allá del límite de la significación colectiva. Hay lenguajes que no posibilitan una narración explicativa, que no aceptan ni la representación ni la paráfrasis. Recomiendo el pequeño ensayo de Piera “Sobre traducción, paráfrasis y verdad”.

Sastre casi alcanza los 300.000 seguidores en Instagram. Despreciar esta poesía ¿es despreciar a los miles de adolescentes y jóvenes que la consumen? Si yo llamo a esta poesía “poesía basura” ¿estoy denigrando a una enorme cantidad de jóvenes que se emocionan con estos versos de amor y de experiencias cercanas a sus estimativas emocionales? Pero… ¿no hago lo mismo cuando hablo de “televisión basura” o “comida basura”? Creo que nunca se debe caer en el desprecio. ¡Que cada uno se las componga como pueda!

Hace un par de años Rodríguez Ganoa dedicaba en Ocultalit un artículo a este fenómeno. Decía allí: “Inocuos, amables, ligeros, como ha sido siempre el mainstream, desde Julio Iglesias hasta Bosé o Mecano. Supone la triste constatación del fracaso de programas educativos y de la sociedad civil […] de las plataformas digitales y las redes sociales como medio de expresión y difusión”. Comparto su opinión, pero quiero reducir responsabilidad a estos jóvenes que han sido sacados a hombros por nombres de evidente presencia cultural y social.

El poeta que exige a la lengua ir más allá de la mera comunicación parece definirse por cierto desdén por la verdad. Yo no soy muy afín a la poesía proyectista (o Black Montain) de Denise Levertov, pero sí quiero recordar algo que escribió a propósito de este tema. Decía que la aparente distorsión de la experiencia en este tipo de escritura donde prima el lenguaje, el lenguaje puesto en su más extremada tesitura verbal, “es en realidad una precisa adhesión a la verdad, desde el momento en que la experiencia misma fue verdad” (Pausa versal, 37). Esto nos remite a un viejísimo ataque a la poesía, el que llevó a cabo Platón en su República porque eliminaba la verdad en beneficio de una proyección imaginada, retórica, falsa.

Proyección

Finalmente, ¿En qué nuevos proyectos te encuentras ahora?

 En el cuarto libro, ya terminado. Se llama Oración en 17 años. Está en el escritorio. Lo guardo seis, siete meses. Es una medida profiláctica. Pasado ese tiempo lo leo con una necesaria distancia. Todavía pienso en escribir dos poemas más, largos. Por ahora necesito terminar un libro de crítica, una lectura política de Cervantes desde 1868 a 1975. Estoy en los últimos flecos, en el capítulo último.

Con Oración sí procuro un cambio. Tal vez sea mi libro más radical, me refiero de apuesta en lo atañedero a la lengua, disposición, cruces… aunque para asunto viejo, viejísimo. Oración es nombre de mujer, de alegría y de gran desengaño. Tristeza al fin y al cabo, entendido “cabo” como el término de algo y asunto o discurso. Tal vez la última esperanza relativa al deseo, arrumbada, demolida sin apenas razón. Esa idea tan terrible de que el deseo es caduco, perecedero. Y el sujeto que lo sufre víctima de un espejismo. Es el libro que más me satisface, pero también el más dañino. Tirar piedras sobre el tejado propio. Después, confiar en la salud y en los amigos. Y esperar la mano de nieve.

Escrito por Eduardo Fariña Poveda

Santiago de Chile, 1982 Reside en Zaragoza desde 2004. Periodista de profesión, actualmente es Doctorando en Literaturas Hispánicas en la Universidad de Zaragoza. Ha publicado la plaquette (Promesa y Conquista) (Editorial 4 de agosto, Logroño, 2009). Ha sido antologado en diversas antologías y ha colaborado con poemas, reseñas y crítica cultural en diversas revistas de España y América Latina. Algunos de sus poemas han sido traducidos al italiano, francés y alemán. Es coordinador del Colectivo de Estudios Latinoamericanos en Aragón (CELA) y es miembro del comité editorial de la revista La Caja Nocturna.