Marzo feminista: rayas, tetas y hashtag

Parece una broma de mal gusto, pero es una realidad, que muchos hombres e incluso algunas mujeres se resistan a aceptar que aún existen situaciones de injusticia basadas en el sexo, que exista un sistema patriarcal que mantiene relaciones tremendas de desigualdad social, política, económica, etc., que nos afecta a todas y  todos.  Y parece un mal chiste también, que movidos por esta falta de reconocimiento de la realidad material, tilden de exageración e intolerancia a un movimiento como el feminismo, a sus formas de expresión y manifestación; ignorando y anulando, de lleno además,  las causas que nos mueven, así como lo que se ha conseguido en estos siglos de conciencia e insistencia desde las trincheras feministas. No creo que en tal indolencia siempre exista gratuidad.

Ante esta necedad y falta de conciencia histórica, muchas compañeras aconsejan ignorarles, no entrar en debates, sin embargo creo que en el fondo sabemos que es preciso que la comunidad humana reaccione. Y con reaccionar me refiero no sólo a admitir que tenemos mucho que hacer en ámbitos de equidad e igualdad, de transformación social, sino que también es hora de tomar postura y actuar realmente frente a situaciones tan graves como el feminicidio, las violaciones, la explotación sexual y reproductiva, la trata, y muchos otros motivos por los que es tan importante el feminismo. Con reaccionar me refiero a, por lo menos, frenar los ataques iracundos hacia las feministas que decidimos parar y marchar, que decidimos denunciar, y exigir que se respete algo tan esencial como la vida misma; para recordarles que hemos dejado de ser ciudadanas de segunda.

¿Saben hacia dónde voy, no? Marzo ha sido un mes intenso para la reflexión colectiva feminista, de mujeres de todo el país, a través de las redes y también de encuentros amistosos, foros, marchas, círculos de estudio, tertulias, bailes, risas, peticiones, etc. Pero así como ha tenido esos momentos de reflector dialógico, también los ha tenido en la polémica y la violencia discursiva.

Después de la marcha del pasado 8 de marzo en la Ciudad de México, hubo un sinnúmero de controversias, señalamientos y ofensas  hacia las feministas y sus formas de expresarse; me referiré principalmente a las redes sociales. Al parecer algunas personas -mayormente hombres- quedaron realmente indignados y enfurecidos porque algunas de las participantes de las marchas rayaron un par de monumentos y estatuas, algunas paredes quizá, con mensajes que enunciaban el hartazgo frente a los hechos avasalladores -y las cifras en aumento- de violencia contra las niñas, niños y mujeres en este país. Curiosamente no los veo indignados cada 12 de octubre que se vandaliza el Monumento a Colón, ubicado en Reforma. En fin.

Parece que existen personas que creen que para manifestarse contra la inseguridad, la violencia feminicida, sexual, contra la impunidad y la corrupción, contra el Estado machista, es necesario hacerlo bajo ciertas reglas de corrección. Que dicen que, para eso, ni rayas ni tetas, tampoco hashtag. Faltaba más.

En mi propio muro causó una discusión la fotografía que compartí donde una estatua terminó con pañuelo verde y la leyenda “Tira tu miedo y defiéndete”. No faltaron los comentarios de dos, tres, o cinco hombres que mostraron su descontento, su falta de comprensión, su desaprobación e incluso repudio hacia las formas tan “violentas” e “irrespetuosas” por parte de las feministas “inescrupulosas” e “intolerantes”. Se manejaron “argumentos” del tipo: “el fin no justifica los medios” “esas no son las formas” “así no ganarán ningún adepto” “por eso el feminismo fracasará”, “son violentas y piden respeto”, etc. Nunca hablaron del mensaje, es claro que eso que no mencionaron, es justo el problema; gustamos más con miedo y calladas, que valientes y hartas.

Ya ni les cuento todo lo que he visto últimamente en mi timeline, no sólo sobre las pintas, sino también sobre las tetas al aire y, muy recientemente, sobre el hashtag del MeToo de los escritores.

Y al ver todo eso me ha sido imposible no comparar la discusión que se crea en las redes sociales, los mecanismos para desacreditar a las mujeres involucradas en estas “revueltas”, con los de una relación erótico-afectiva de la mayoría de las heterosexuales; me refiero a cuando reclamamos o ponemos sobre la mesa un tema que nos afecta. Regularmente se nos señala de: violentas, bipolares, incongruentes, furibundas, chantajistas, víctimas, intolerantes, exageradas, etc. O cualquier otro adjetivo parecido que sirva para desacreditarnos y sacarnos de cualquier discusión decisiva; o que sirva como excusa para violentarnos.

El asunto es que ahora, en lo colectivo, hemos decidido no ceder, no callar esta conversación que nos está uniendo a todas para señalar lo que nos afecta, y lo que está costando la vida de muchas. Ahora estamos unidas, apoyándonos unas a otras (no todas, pero sí las suficientes como para que el machismo tiemble).

Sí, de todas esas formas que nos hemos manifestado este marzo, pues esperamos que se reconozcan nuestras consignas, nuestra ética y política como una herramienta de diálogo cargada de propuestas. Esto no es una cacería de brujas, ni es daño al patrimonio por mero descaro u ocio, tampoco es que no tengamos otros temas, pero estamos planteando nuestras ideas, nuestros argumentos, los temas que urgen en la agenda,  y sí, muchas han perdido la paciencia, ¿a poco a ustedes no les sucede?

Recordemos que es muy reciente, históricamente, que se nos vea o trate como iguales, como humanas, o que el hacerlo sea una corrección política. Es muy reciente que podamos vivir sin la tutela de un hombre, tener propiedades, voz jurídica, poder divorciarnos; que podamos votar, estudiar o elegir a quien amar, cuándo iniciar la vida sexual, etc.

Porque si somos sinceras y sinceros, como ya lo enlisté en un principio, siguen siendo muchos los hombres, instituciones o gobiernos que reafirman con su praxis, con sus discursos, que las mujeres somos seres inferiores en intelecto y capacidades, que no tenemos autonomía sobre nuestro cuerpo, que somos un trozo de carne para satisfacer sus instintos, que por esencia y naturaleza debemos hacernos cargo de las tareas de cuidados, que debemos consentir aunque no lo deseemos, que nuestro cuerpo está sujeto a sus opiniones, que puede ser violado a cambio de amenazas o dinero, que puede ser rentado, obligado a gestar, mutilado, torturado, aniquilado.

¿Cómo reaccionar ante todo esto? Acaso no tenemos derecho o razones de sobra para estar fastidiadas, indignadas, dolidas, organizadas y ocupadas en transformar este mundo. Cómo es posible que ante todo lo anterior existan personas que no comprendan por qué salimos a marchar, a exigir, a gritar que YA BASTA. Que se pregunten o se indignen porque se viraliza una etiqueta en redes sociales para visibilizar  nuestras historias de violencia; y no de víctimas, porque quienes lograron escribir su experiencia, desde ese momento han dejado de serlo.

El punto es que parece que una vez más, se espera de nosotras que no seamos incómodas, que protestemos incluso de manera “correcta” ¿Cuál sería la manera correcta de una protesta, de una marcha de indignación? Quién establece qué es lo correcto en este tipo de casos, donde además no sólo se le está reclamando y exigiendo a los gobiernos, sino también a esos muchos otros que violentan de las formas que ya comenté y de muchas otras, en lo público y en lo privado. Esto es un llamado de consciencia, aunque muchos no quieran comprender y se escuden diciendo que una exagera, que una no respeta.

Y por cierto, eso también es otro tipo de violencia. Porque se nos ha negado la rabia, se nos ha negado la oportunidad de sentirnos enojadas, furiosas. Se espera de nosotras que sigamos siendo sumisas, que de ninguna manera pongamos en duda sus formas; que agachemos la cabeza y celebremos sus chistes, que sigamos en silencio; se nos quiere convencer de que nunca en el mundo habíamos estado mejor. “Al cabo lo malo sólo le pasa a algunas”; hasta parece una especie de cuota.

Pero saben qué, me llena de orgullo y se me rebosa la boca al decir que cada vez somos más, que afortunadamente cada vez seremos más las “inconformes” “groseras”,  “vándalas”,  “locas” que quizás rayen paredes, pero que seguro se incendien metafóricamente para exigir justicia, para exigir que se respete nuestro lugar en la sociedad, en la humanidad. Que cada vez somos más las que relatamos la forma en la que se nos ha violentado, en redes sociales o en alguna cena de Navidad.

Y a esta carcajada de letras quisiera agregar algo más:

La libertad de expresión es una piedra angular en la existencia misma de una sociedad democrática, y es indispensable para la formación de la opinión pública, además de una condición para quienes deseamos incidir en la colectividad y en el desarrollo pleno de las políticas públicas; aunque paradójicamente se deban tomar en cuenta ciertos matices.  Así que el órgano que reglamente dicho derecho, no puede tener como objetivo crear una base para limitar dicho ejercicio, tampoco debe hacerlo la sociedad, sería un absurdo que nos dijeran cómo hay que protestar; quizá sí reflexionar sobre su regulación, en conjunto, y también sobre los motivos de tales protestas.

Sí, es cierto, se debe facilitar el ejercicio de dicho derecho sin entorpecer de manera significativa el desarrollo normal de las actividades del resto de la comunidad, asegurando el respeto a los derechos de las demás personas; pero esto justamente está enmarcado bajo la norma de que la única limitación será para evitar amenazas graves e inminentes.   Entonces, ¿de qué manera violenta el derecho de las demás personas el hecho de que una minoría dentro de la marcha haya realizado unas pintas? ¿Qué es lo que les indigna o perjudica de las consignas -para que ya no nos acosen, maten, violen o desaparezcan- pintadas en monumentos o estatuas? ¿Cuál es la amenaza grave e inminente?

¿No ven lo que significa en términos políticos y sociales, que criminalicen per se las marchas o protestas sólo por algunas manifestaciones como rayar paredes o enseñar lo pezones, que descalifiquen lo que se está ventilando en redes sociales, sólo porque intuyen que un par de esas mujeres mienten por venganza o coraje? ¿y las otras? ¿Y las historias que sabemos que sí son reales?

#MeTooEscritoresMexicanos

Quizá en el caso de los hashtag, se puede argumentar que en algunos casos es una difamación, y que puede afectar la vida de la persona que se acusa. Aquí el asunto es que de principio, nosotras partimos de que no existe difamación alguna, sino denuncias hacia actos de violencia. Decidimos creernos entre nosotras, porque entre otras cosas lo hemos vivido, atestiguado o en primera persona. Y porque definitivamente en este país prácticamente no existe el acceso a la justicia cuando se trata de este tipo de violencias.

Admitamos que para que un caso de acoso, violación o agresión sexual, incluso feminicidio se juzgue legalmente, se resuelva, hay un camino bastante largo, que en su mayoría revictimiza y cuestiona a la ya afectada -o familias enteras-, que en su mayoría llega a quedar impune, y que además al hacerse visible desde esos ángulos, casi siempre es estigmatizado socialmente. Y aun así puesto en duda.

Entonces, mientras nos seguimos organizando para exigir a las instituciones, al gobierno, que nos proteja y haga valer nuestros derechos, que nos permita el acceso a la justicia, a la vida libre de violencia. Mientras nos asesoramos entre nosotras para ver cómo nos recuperarnos y proceder, también seguiremos exhibiendo los sucesos que nos han marcado, las violencias que nos han trastocado, en cualquier medio que creamos viable.

De los grafitis: Que el fin no justifica los medios, dijeron algunos, y entiendo entonces que lo mencionan en defensa de las paredes, estatuas y monumentos que sirvieron como medio para expresar un sentimiento de frustración ante la violencia e impunidad que reina en México. Yo diría que los medios serán legítimos mientras no dañen a terceros y el fin sea la justicia.

Las mujeres buscamos justicia y un freno a tanta violencia contra nosotras y contra las personas o sectores más vulnerables. Buscamos un freno a la impunidad, a la corrupción, a la pobreza, a las vilezas que se realizan desde las cúpulas de poder, y también desde las minúsculas parcelas en las que muchos hombres se sienten dueños del cuerpo y el ser de cualquier niño o niña, o mujer.

Y por otro lado, a las mujeres que repitieron hasta el cansancio el “no me identifico” o el “existen otras formas” para las pintas o los hashtag, les diré algo: he intentado buscar una razón para su descarnada crítica hacia esas formas de protesta, he pensado que quizá su percepción sobre ella, sobre sus herramientas, apela a cierta legitimidad que tiene que ver con la eficacia y su apego a la realidad en términos objetivos; si este fuese el asunto les podría decir que en muchos casos ese tipo de acciones colectivas pueden modificar la situación adversa en la que se encuentra el grupo que se manifiesta, pero no sólo depende de las estrategias que utilice, sino del apoyo social que reciba.  Así que si ustedes son de las que dicen que “apoyan y comprenden los motivos, pero no se identifica con las formas y las reprueban”, les digo: no descalifiquen del todo un momento crucial, sólo por algunas expresiones. Apoyen, confíen en que esto puede cambiar, y no sólo por ustedes mismas, sino también por las mujeres cercanas en su vida.

Respecto a las tetas al aire:

Vi a uno que otro hombre indignado en redes, hablando de las feminazis con los pechos de fuera; sin embargo, en la marcha vi a muchos otros hombres interesados en ver pezones, poquito les faltaba para estar babeando, se detenían en los paraderos para ver la marcha, y casualmente sacaban su celular cuando pasaban las mujeres en toples.

Y bueno, me basta la experiencia como mujer de tetas grandes y aficionada a los escotes, para reconocer que algunos hombres pueden llegar a ser violentos, solo para obligarte a que muestres los pechos, para vértelos.

No nos engañemos, las mujeres somos hipersexualizadas desde pequeñas, nuestro cuerpo desnudo parece rodearse siempre de cierto morbo o violencia; y no me refiero precisamente al arte renacentista, sino a las revistas que abundan desde el supermercado hasta el metro o el puesto de la esquina, las películas, o los castings donde obligan a niñas a abrirse de piernas.

¿Entonces? Aquí sí es mejor ignorarles, ya suena hasta absurdo que digan que les molesta ver a algunas mujeres marchando sin blusa.

Quizá las que nos debemos cuestionar ante esto somos las propias feministas, por las diferentes posturas que existen en el movimiento respecto a si es o no, un acto revolucionario en este siglo esto de los nudes como protesta, en tanto que no existen cuerpos desnudos de mujeres que no sean sexualizados por la mirada masculina. Pero ese es un tema que ya nos tocará reflexionar, en otros espacios, a las feministas.  

Agradezco a quienes se tomaron el tiempo para llegar al final de estas reflexiones, y me pregunto,  qué opinan, con qué reflexiones se quedan de este marzo feminista ¿Hasta dónde lo llevaremos?

Escrito por MARISABEL MACÍAS

Nació en Los Mochis, Sinaloa (1986). Es sudcaliforniana por convicción, y ahora, habitante silenciosa y turbulenta de la Ciudad de México. Licenciada en Filosofía por la Universidad Autónoma de Baja California Sur (UABCS), exploradora eterna de la sabiduría. Feminista. Lectora. Amante de la docencia. Promotora de lectura. Ganadora del Premio Estatal de cuento Ciudad de La Paz, 2014, con el libro de relatos PENNY BLACK. Becaria de FESTIVAL INTERFAZ DE ISSSTE-CULTURA 2014 (Primera generación). Publica en su propio Blog y en algunas Revistas virtuales (RojoSiena, Liberoamérica, Sudcalifornios.com, ProyectoCascabel, Pez Banana, entre otras). También cuenta con publicaciones en revistas impresas de circulación nacional (CantaLetras, Grito Zine, Solar y Libélula nocturna)
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