Mi primera reacción al ser etiquetada para que tomara postura en la primera denuncia de la protesta viral en México #MeTooEscritoresMexicanos fue preguntar: ¿quién denuncia y de qué acusan al presunto agresor?

Las respuestas no se hicieron esperar y las acusaciones de golpes y humillaciones llegaron como tromba contra el primer caído del #MeToo. Era como si el primer acusado se hubiera convertido en el Harvey Wenstein de las Letras Mexicanas (sólo que sin poder ni dinero, pero con la letra escarlata de la misoginia).

Algunos testimonios evidencian a muchos autores como personajes patéticos, enfermos de un pequeño poder —machista— y mientras la narrativa de los hechos se desarrollaba a los largo de los días, la mayoría de los casos resultaron contundentes, mientras que existen otras acusaciones más vagas que requerirían ponderación.

Los alegatos de las denunciantes están llenos de una rabia ancestral que empata con la experiencia de cada víctima. Las acusaciones más graves van del intento de feminicidio a los golpes, pasando por el ninguneo, el bullying y la intimidación. En este primer trecho se metió a todos los presuntos agresores en el mismo saco. Pareciera que sólo la cacería de brujas inicial podría tener la contundencia necesaria.

La efectividad de este #hashtag se debe precisamente a su virulencia y esto ha resultado en el despido de columnistas acusados en revistas como Más por más, Tierra Adentro y Chilango que ya han fijado postura así como La Increíble Librería que canceló la presentación del libro del primer acusado: Herson Barona.

Considero que este movimiento en particular trajo la primer consecuencia histórica para el país que quizá produce la mayor cantidad de autores machistas.

Varios de los autores de la editorial que dirijo fueron acusados en la primera oleada del #MeToo, algunos ya se habían ido (no en los mejores términos) y otros no estaban en la lista de los autores que he editado (hay imprecisión en algunas de las denuncias). Tampoco se tocó a escritores poderosos.

Como ya lo había mencionado en un post: mi mente tradicional pero sobre todo el hecho de protegerme con el pensamiento de que nadie me quitará mi poder de decir noy en el hecho de que no quiero verme como una víctima me llevó a tomar distancia de la narrativa de las víctimas, eso fue hasta que las llamadas telefónicas de algunas amigas que sufrieron violaciones y agresiones me hicieron reaccionar. Mi hermana me dijo una paráfrasis de Chimamanda Ñgozi: no hay mujer que quiera ser famosa por una historia de acoso. 

Después del shock inicial, —la duda sobre el rumbo que tomará el movimiento e incontables debates con otras poetas y narradoras sobre el curso de las cosas— me cayó el veinte de algo: ya no sentí ese estrés intrínseco de esperar una agresión laboral de algún remitente de correo electrónico, un reclamo desmedido, una postura violenta que a veces he recibido. Ya no me sentí desprotegida frente a la agresión leve.

Muchas veces la relación con los editores es ríspida y muchas veces se cruzan líneas, otras tantas es más fácil cruzar las líneas con una editora que con un editor, con una alumna de una beca que con un alumno. Existen micromachismos en todos los ámbitos de nuestras vidas que hemos normalizado.

Después de ese jueves 28 de marzo las cosas no van a volver a ser las mismas.

Me preocupa—sin embargo—  el uso del”feminismo” como estrategia de apuntalamiento literario, veo con mucho pesar los discursos que responsabilizan a las mujeres por lo que hacen los hombres; también tendríamos qué debatir las denuncias falsas (contra mujeres principalmente) y de las violencias de mujeres contra mujeres en contextos de trabajo y en el ejercicio de la escritura.

El movimiento se sostiene por las acciones que genera y es delicado volver al #MeToo una suerte de sacramento como si fuera una unción que borra acciones anteriores de misoginia tanto de mujeres como de hombres que se pronuncien a su favor. El movimiento ha llegado lejos, vigilemos sus excesos cuidemos un espacio construido por todas las víctimas y sostenido en la colectividad pero sobre todo cuidemos la reproducción de la violencia que criticamos.

 

Escrito por Sidharta Ochoa

Escritora y editora. Fundó Abismos Editorial. Autora de los libros: Tatema y Tabú (cuento) editado en Lima así como de Estética de la Emancipación (experimental), Historia de las feminazis en América (cuento) y del de ensayos Radical Chick. Fue becaria en la Categoría Jóvenes Creadores del FONCA y del Fondo Estatal de Baja California en cuento y novela en una y dos ocasiones respectivamente. Ha colaborado en la revistas, Lee Más de Librerías Gandhi, Nexos y en la revista Río Grande Review de la Universidad del Paso Texas, entre otras. Obtuvo la beca Brazilian Publishers otorgada por la Cámara Brasileña del Libro en el 2019 así como la beca Pro Helvetia del Swiss Arts Council (Suiza) en el mismo año y la de DGLAB- MInisterio de Cultura de Portugal por la edición de obras.