Me amo.

Camino furiosa. El tedio por la resistencia perpetua crece insosteniblemente. ¿Y será que la vida es eso?
¿Qué hago contigo si todo el tiempo me desencuentro con vos? Sí no miro más que miradas extrañas.

El amor encuentro en algunos ojos, no muchos… capas sólo dos. Hay amor en ellos y no son tuyos.

Pero mi amor es para vos.
Mi amor es para mí.
Camino sobre carbones encendidos y alguna gente me mira y me dice que no sea masoquista.

Y los ojos que no son tuyos me miran y me dicen que pueden regalarme abrazos de esos que penetran el alma.

Pero yo sigo en silencio caminando, escuchando mis latidos y muchas voces me dicen que deje de caminar en esa dirección.

Esas voces no saben que la dirección en la que voy no es la tuya. Esa dirección es la mía.

Voy caminando a encontrarme a mí, no a vos.
Sí me encuentro a mí, encuentro al resto del mundo.

Ojalá algún día los otros ojos abrazadores me entiendan. Me gustaría que me entiendan pero sé que a veces el dolor es eso, es estar sólo y seguir adelante. Es renuncia a los corazones regalones de miradas hechizantes y sinceras.

Esas miradas sinceras me inspiran. Son faros que por momentos iluminan y por momentos enceguecen.

Pero creeme que que mi renuncia no es un autoflagelo, es parte del alcohol que se le echa a la herida para que cure.

No es que esos otros corazones no tengan amor. Por el contrario, no dudo que tengan mucho amor y mucha sabiduría. De ahí que me conmuevan tanto.

Mis más sinceros respetos y agradecimiento a las miradas abrazadoras.
Sin embargo, he decirte que el amor más valioso, profundo, significativo y real que puedo tener, es el amor que doy.

¿Qué hago permanentemente escapando? Sí escapó de él y de él y de él, para irme incesantemente corriendo bajo el ala de alguien que supuestamente me amará mejor, ¿no estaré en verdad escapando de mí?

Yo te di mi amor y mi amor se enterneció con tus caricias y tus cuidados.

Pero no puedo ir indefinidamente buscando cuidados externos. Mis cuidados los tengo conmigo, en mi adentro.
Ahora no tolero tus insultos y tus pensamientos obtusos. Pero me amo. No escapo del dolor que cura.

“El dolor no cura” me grita la gente.

Muy cierto.
Si el dolor siempre curara todo el mundo sería feliz.

Te cuento algo que aprendí y a veces olvido… El dolor sí puede curar, pero para eso debe atravesarse de modo atento, pasivo y silencioso.

El dolor que se atraviesa pasivamente, recibe en el instante menos esperado un aliciente, que es el perfume más primitivo del amor. El amor a ese misterio que hay en uno mismo.
No escucho tus palabras hirientes, atravieso más allá de ellas y me encuentro a mí, para abrazarme. De hecho incluso te comprendo, también supe herirte algunas veces.

Camino en paz y se disuelve la egolatría, se disuelve la autoconsideración, se disuelve el automenosprecio. Todo se vuelve nada y sólo brillo, con un brillo profundo que enciende, comprende y se reconoce en otros brillos. Que no sabe ni le importa si brilla menos o más que alguien. Que no compara. Que es.
Algunas magias suceden cuando me amo. Encuentro paz y tú encuentras paz en mí y ya no te enfureces, ni yo tampoco. A veces cuando yo me curo, tu te curas también.

Escrito por Victoria Calvete

Victoria Calvete (Montevideo, Uruguay, 1986), soy Licenciada en Comunicación Social y Maestra de Educación Inicial. Me gusta escribir de vez en cuando... así que comparto algunas cosas para quien guste leerlas.
A %d blogueros les gusta esto: