no puede ocuparse de sus ojos
dado que conoce de memoria la humedad en las axilas
el sonido de su padre en las ventanas
su olor inexpresivo            salvo cuando la besan
y la entrada al bosque
donde se refugiaría
no en busca de ser invisible

esa niña y sus piernas salpicadas
que escucha fingiendo que duerme
que arrastra sus ojos y su vergüenza
de costado, en la mugre y en su cumpleaños
siguen siendo
(porque nadie hace nada,
incluso en lo ubicuamente ajeno) la vida

Escrito por Salenka Chinchin

(Quito, 1998)