La niña

no puede ocuparse de sus ojos
porque conoce de memoria la humedad en las axilas
el sonido de su padre en las ventanas
su olor inexpresivo            salvo cuando la besan
y la entrada al bosque
donde se refugiaría
no en busca de ser invisible

esa niña y sus piernas salpicadas
que escucha fingiendo que duerme
que arrastra sus ojos y su vergüenza
de costado, en la mugre y en su cumpleaños
siguen siendo
(porque nadie hace nada,
incluso en lo ubicuamente ajeno) la vida
tanto
que si hay un manto de neblina bajando por el cerro
el vómito de la niña
ha de adherirse a la espesura del celaje
como a toda idea de los objetos y las formas

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