Era una tarde veraniega en Nueva York. Me paseaba por el High Line, una vieja línea del metro convertida en parque, repleta de arbustos y bancos para holgazanear al  estilo del primer mundo. El tiempo transcurría tranquilo y poco a poco comencé a impacientarme. ¿viajé cuatro mil kilómetros para aplastarme en un banco? Lo podía haber hecho perfectamente en la plazoleta del Rosario: gratis y sin riesgo de atentados. Decidí, entonces, bajar de esa mole de hierro y hierbas y dar un paseo. Resultó ser que me encontraba en Chelsea, un barrio en el lado oeste de Manhattan. Si se es una persona letrada en el ámbito del entretenimiento  vulgar, se sabrá que fue allí donde Sid Vicious (miembro de Sex Pistols) asesinó a su pareja, o también, yendo un poco más arriba en la escala de lo ordinario, donde Bon Jovi y Andy Warhol grabaron una que otra toma para sus trabajos.

Me adentré en sus calles como quien busca lo que no se le ha perdido.  Recorrí unas tres cuadras viendo los stickers de Trump en calzones pegados en los postes, hasta que, cual luz providencial, encontré las famosas galerías, las de Chelsea, centro mundial del arte contemporáneo. ¿Cómo no había caído en cuenta?, ¿estaba tan absorto en las minifaldas de temporada?

Caminé con singular emoción, llenándome la cabeza de ilusiones. Entré a la más cercana. Me topé con una sala de espera de muebles encuerados, música de ascensor y recepcionistas poco afables. Me dijeron que debía esperar, pues la exposición debía albergar un reducido número de personas en cada sala. Acepté y me dispuse a esperar. En la mesa de centro habían puesto la guía, el abrebocas de la exposición: conjunto de treinta páginas explicando la obra del artista. Una suerte de prólogo escrito por curadores de alcurnia plasmaba frases profundísimas, desde los flagelos sociales hasta la condición humana. Se me erizaron los vellos, parecía que había entrado al estreno de la obra maestra más grande del siglo. Pasaron unos quince minutos (que gasté en devorarme el prólogo) hasta que por fin pude entrar. Subí las escaleras y la primera sala que me recibió me dejó atónito: Paredes blancas, suelo blanco; al fondo del cuarto, un reguero de dulces envueltos en papel dorado, desparramados de pared a pared, algo así como una diarrea salvaje de Willy Wonka; en el centro de la sala, una pila de hojas de papel, tendría unos ochenta centímetros de alto y todas tenían un marco negro, nada más. La gente tocaba las hojas, buscando entre el montón algún trazo interesante. Nada. Supuse que podría haber sido una broma de mal gusto, así que continué. La sala siguiente constaba de algo similar: cuadros de tamaño pequeño vestían las paredes. Los miré uno por uno, con un detenimiento casi detectivesco y no pude hallar diferencia alguna. Se trataba de hojas en blanco, arrugadas a propósito, donde un diminuto rectángulo gris captaba la atención, y sobre este, un cuadrado blanco que, si el observador fuese Borges a sus cincuenta, no lo habría visto.

Descendí las escaleras preguntándome si mi cerebro tenía un córtex atrofiado y por ello era incapaz de comprender lo visto. En este momento creo estar seguro de que no es así. Sin embargo, cuando salí de la galería me encontraba  confundido. Para pasar el mal trago entré al local contiguo.

Me recibió un pasillo repleto de nombres interesantes, críticos de arte de talla mundial. Una elegante recepción servía de fuerte a dos rubias que me recibieron con una sonrisa. Me hablaron del trabajo del artista en exposición y una de ella me tendió un catálogo con los precios de cada obra. Ninguna bajaba de los sesenta y cinco mil dólares, el equivalente en pesos a una cerveza en Andrés Carne de Res, más o menos. Pasé a la primera sala y, cumpliendo con una secuencia casi maquiavélica, me encontré con una barbarie similar a la anterior. En la paredes colgaban varios trapos marrones. Se diferenciaban en las manchas negras (tierra, mugre, residuos de pintura, quién sabe) que se esparcían a lo largo de la tela. Algunas parecían puestas a propósito; otras, el vestigio de un cargamento de plátano maduro en Abastos. Analicé cuidadosamente cada mancha, tratando de encontrar, en un acto de fe, alguna forma reveladora. De nuevo, nada. Colgaban de un clavo, sin más. Entonces, inferí que lo interesante podría estar en los pliegues. Tampoco. Pasé a otra sala con un nudo en la garganta. Al cruzar el umbral: ¡Los mismos chiros! Sólo que esta vez no estaban colgados de un clavo sino de dos. Interesante dicotomía –Diría un crítico actual- la manera en que la tela se desprende de ambos puntos le da un giro absoluto a la obra. Un giro de trescientos sesenta, quizá.
No aguanté más y salí de allí casi corriendo. Este punto de la historia es importante, pues debido a la ola de calor tuve que parar a hidratarme. Tomé asiento en un café cualquiera y pedí un agua. Me sumergí en una meditación profunda:

El arte, ese que cuando se nombra trae a la mente los lienzos de Braque, las improvisaciones de Coltrane, los versos de Pizarnik. ¿Qué sueño tan agitadamente kafkiano tuvo que experimentar para desembocar en lo visto anteriormente? La inmediatez que la tecnología ha traído a nosotros; la hedionda posibilidad de que cualquier gato sin talento pueda andar etiquetando sus travesuras como arte; el pesimismo actual de las personas y sus ansias de hacer trizas lo hermoso; la mediocridad con que la academia tiende a formar a las personas. Tantas hipótesis, todas válidas, todas concretas. Pero entonces, ¿por qué, si los cambios socioculturales avanzan en bloque, no todo el arte cae de esta manera? Es obvio que todavía existen individuos con talentos exorbitantes, capaces de componer  melodías asombrosas y plasmar en lienzos los más bellos trazos. Un ejemplo de esto es, en el campo de la literatura, Juan Manuel Roca, Ricardo Silva Romero, Juan Gabriel Vazquez, Phliph Roth, Primo Levi, Carmen Posadas, entre otros; en el ámbito de la plástica se encuentran Jean Michel Basquiat, Marina Abramovic, Fernando Botero, Louise Bourgeois; En la música abundan personajes como Guthrie Govan, Tosin Abasi, Daymé Arocena, Bebo Valdés, etcétera… Personajes comunes y corrientes, arraigados a este mundo globalizado. ¿Qué los diferencia del resto? Estudio , talento, práctica. ¿Por qué, muy probablemente, son menos conocidos? Por el mercado del arte. Allí está, pues, la respuesta, no sólo a esta pregunta, sino a todas las anteriores.
Como todos los mercados, el del arte es fluctuante y a la expectativa de generar demanda. Busca acceso a todo tipo de público, de modo que las ventas sean fáciles y rápidas. No obstante, se sabe que en la esfera de la plástica las obras tienen costos absurdos. Es debido a que esta  produce material único, capaz de subir de estatus a sus compradores. Por ello es que la música o la literatura no tienen precios desorbitantes, pues están pensados para ser producto masivo. Sin embargo, el marcado influye sobre ellas, y demasiado. Basta con sintonizar la radio  popular del país para darse cuenta; basta con entrar a una librería y encontrar en el stand principal las obras más simplonas. Y es que el mejor producto para vender es aquel que todos puedan entender, el que dentro de una simplicidad burda transmita gusto o por lo menos su idea.
Lo podrido no es el arte, es su mercado. Buscar obras de calidad, si bien no es imposible, es demasiado tedioso, lo que lo convierte en un medio poco recurrido por los amantes de las buenas obras. Esta decadencia en el mercado se ha dado por dos razones: la tecnología y la mediocridad. Si vamos tiempo atrás y vemos casos como el de Francisco de Goya, El Bosco e incluso Mozart, hallamos una posición acomodada en el mercado, facturando su trabajo por grandes sumas y viviendo junto a la realeza. Se debía, evidentemente, a que la obra, al ser escasa la tecnología, no tenía un medio de propagación eficaz, lo que convertía su trabajo en algo absolutamente precioso. ¿Quiénes podían acceder a ese privilegio? Reyes, príncipes, todo tipo de nobleza que, dentro de su mismo ser, ostentaban una educación rigurosa. Gracias a ello, hoy en día, se mantienen grabados, partituras y versos de los más selectos artistas. ¿Qué sería de ellos si los hubiese adquirido un carpintero de Hamburgo?, ¿Los habría entendido por lo menos? Este se contentaba con la música de taberna, de prostitutas y sífilis, no con sinfonías de cámara. ¿Suena familiar la analogía?

Pero las cosas han cambiado demasiado en este aspecto. Actualmente tiende a ser absurdo evaluar las piezas vendidas por millonarias sumas a pseudointelectuales de ciudad. Hace poco, en las galerías de Arco se vendió por veinte mil euros una pieza de Wilfredo Prieto. Se trataba de un vaso de agua lleno a la mitad. Los críticos, tan jocosos como siempre, bramaron un sinfín de teorías filosóficas alrededor de la “obra”. ¡Que tiemble Hegel cuando conozca Arco! Otro caso es del mexicano José Dávila que, inmerso en delirios de  indigente, decidió pegar en la pared nueve cajas de cartón. Como era de esperar se comenzó a hablar de “paradoja lógica, aporía material donde la fragilidad y la resistencia coexisten”, la única paradoja que veo es la caja de Fabuloso sobre la de Clorox. Y para dar un ejemplo no menos relacionado con el mundo de la limpieza, Martin Creed sacó al mercado su maravillosa obra evaluada en noventa mil euros: ¡Una pirámide de papel higiénico! Una obra –pienso yo– que se autolegitima, pues es útil para limpiar su propia esencia. Maravilloso.

Sin embargo, no todo está perdido. Regresando a la ciudad que dio pie a este escrito, el Museo de Arte Moderno de Nueva York cuenta con obras espectaculares. Andrew Wyeth muestra allí su obra “Chirstina’s World”, Pollock se luce con “Uno” y “Shimmering Substance” y, como si fuera poco, Rene Magritte tiene allí sus “Amantes”. Las obras de este museo, como las del MAMBO o El Prado oscilan entre lo novedoso y lo antiguo, sin dejar a un lado una calidad extraordinaria.
Es por ello que decir que el arte está pudriéndose no es correcto. Lo correcto es afirmar que el MERCADO es el podrido,  ¿a quién se le debe culpar? A nadie. Quien quiera alejarse de lo mediocre tiene sólo que dar un par de clicks y encontrar una gama inmensa de artistas estupendos.

Escrito por Sergio González

Bogotano nacido en el año 2000. Sergio González cuenta con un título en construcción de textos (Pontificia Universidad Javeriana) y un diplomado en epistemología de la religión (Harvard Divinity School). Actualmente cursa estudios de filosofía en la Universidad Nacional de Colombia. Dentro de su producción literaria se encuentra el libro "Monólogo a una muerte fásica" junto a textos como "El amor de Kubin" y "Silvia".