Gloria, ¿adiviná qué? Resulta que en este mundo hablar no es gratis, cada palabra cuenta: algunas sanan, otras contaminan y enferman. Nos han dado la inmensa tarea de crear e implementar el diagrama teórico del circuito ADMISIÓN – COMPRESIÓN – EXPANSIÓN – ESCAPE de cada palabra para todo ser de/en la naturaleza.

—Otra gramática, entonces. La inventamos. Una gramática que considere a las palabras como sustancias virales, dentro de un circuito de admisión, compresión, expansión, escape. Un circuito, además, que implica la salud y la enfermedad. Empecemos por el circuito. Me lo imagino aplicable a todas las palabras de la lengua. Los términos para la formulación del circuito deberían estar definidos. Tengo un apego feroz a las definiciones, esos amarres para las cáscaras de nuez en el Mar de los Zargazos que son las palabras. Digamos, entonces, que la admisión es la instancia en la que una palabra empieza a tener efecto sobre un cuerpo. La compresión es el momento en que la palabra, ya dentro del cuerpo, se concentra sobre sí misma y toma impulso (“aventón”, ¿no es una hermosa palabra?) para expandirse. Es decir, las palabras se comprimen como movimiento imprescindible para expandirse. No hay expansión sin compresión previa. La expansión es el clímax, el estallido viral. El efecto de la palabra dentro del cuerpo alcanza su punto máximo. Y el escape es la posibilidad de cura, de transmisión, de eliminación de una palabra. El escape, tal vez, es la defensa.

¿Con qué empezamos? ¿Clasificamos las palabras según su energía? ¿Según su nube semiótica?
—Creo que lo mejor será clasificar las palabras según su posibilidad respecto del circuito. Es decir, cómo se comportan en ese circuito (admisión-compresión-expansión-escape), que implica la salud y la enfermedad. Lamentablemente, todas las palabras son admisibles. Digo lamentablemente, porque si algunas no se admitieran, los cuerpos no enfermarían. Eso vuelve peligroso al lenguaje. También lo vuelve espléndido. Hablamos de un circuito inmanejable. La enfermedad y la cura. La fantasía, claro, sería decidir que las palabras que enferman no sean admisibles. No es posible esto. Si se aplicara este criterio, ¿qué regla pondríamos?, ¿qué principio general que dividiera las palabras? Se nos caería el sistema por facilistas. Digamos que algunas tienen una inmensa posibilidad de compresión. Pienso en: “río”, “cabizbajo”, “naufragar”. Pienso en “hospital”. Otras palabras tienen una posibilidad media de compresión, “azul”, “tiroides”, “vereda”, “hacia”, o una posibilidad mínima de compresión: “también”, “evidentemente”, “de”. Sabemos que algunas no tienen, siquiera, la posibilidad de comprimirse: “tostadora” o “positivo”, por ejemplo. Son admitidas, pero permanecen inertes, laxas, opacas, inofensivas, dentro del cuerpo y se eliminan sin dejar casi ninguna huella con el paso de las horas. La expansión y la compresión van de la mano: las palabras con mayor capacidad de compresión son aquellas que más se expanden. ¿Dónde termina la expansión de un naufragio? ¿Cuáles son los límites de un hospital? ¿Hasta qué hundimiento llega la mirada de un cabizbajo? Es importante precisar, creo, que las palabras clásicas del amor y las palabras de la muerte tienen una enorme capacidad dentro del circuito. Por último, la eliminación (o el escape) es compleja. Algunas palabras que se expanden con facilidad, no se eliminan. Otras, que tienen una expansión media, se eliminan con prisa. No sabemos por qué. Parece una zona gris, la eliminación.

¿Qué pasa cuando un cuerpo admite una palabra?
—Los cuerpos no saben nada de las palabras. Están sometidos a ellas. Por eso se enferman y, dentro de este régimen, se curan.

¿Regulamos las sacudidas en la expansión? ¿O cómo hacemos cuando dos o más palabras se superpongan?
—El arco o la parábola de la expansión de una palabra no es regulable. Las sacudidas de la expansión pueden percibirse como las turbulencias en un vuelo. Sucede, para mí, y una espera que suceda para el lector, si se combinan de una manera específica, misteriosa, palabras de alta gama dentro de este sistema. Eso es escribir. Por esa ilusión de las sacudidas de la expansión, como las llamás, leo y escribo.

¿Qué clase de palabras tendrían mayor compresión?
—Los verbos, definitivamente. Los verbos tienen una estructura de argumentos. Piden, señorialmente, sustantivos. Son reyes en una corte. El poder del verbo dentro de una frase es enorme. Lo interesante es que tienen diferentes estructuras argumentales, como moldes vacíos que portan consigo. El semblante monárquico de cada verbo es diferente de los otros. No es lo mismo un verbo como “nadar” que un verbo como “traducir”. Alguien nada. No hay objeto. No lo pide el verbo. Se nada todo aquello que es nadable, pero no es lo mismo que “traducir”. Alguien traduce algo. “Juan traduce ese libro”. El objeto, lo que se traduce, está pedido activamente por el verbo. Esta dimensión argumental del verbo es algo que tiene que ver con la compresión, en el circuito del que hablamos. Y lo interesante, lo que llevaría la compresión a su potencia máxima, es cuando transformamos esa estructura argumental del verbo. “Alguien nada en el mar”, sería una formulación básica, prosaica. “Alguien nada en el vacío/el vacío”, sería una formulación de este verbo que enfatiza la compresión, porque se asalta el sentido. Toma el sentido por asalto, lo relocaliza, lo redistribuye.

Dejar solo los verbos en presente, ¿sería una solución o un problema mayor, respecto al tiempo de compresión?
—Qué hermosa pregunta. Sería un desafío interesante. Podríamos destinar y alambrar el uso del tiempo verbal solo dentro del presente. El presente es un tiempo muy flexible en español. No habría un problema con el futuro, porque el presente puede dar cuenta del futuro. El pasado es otro país, como dice el historiador Eric Hobsbawm. Perderíamos la posibilidad de todos los matices, los infinitos matices, que nos da la riqueza de los tiempos verbales del pasado en español. Lo que creo es que cualquier decisión por fuera de la oferta misma que nos hace la lengua española sería un desafío. El tiempo es la más interesante de las categorías en una narración. También en la vida.

Después de tanto imaginarlo juntas, nos dimos cuenta, lo visualizamos concretamente: este circuito teórico que nos encargaron es el mismo que el diagrama de funcionamiento de un motor de 4 cilindros de un automóvil. Ahora ya sabemos que el mejor diseño posible será reunir potencia, resistencia, versatilidad y seguridad… ¡Apuesto a que le damos marcha!

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Gloria Peirano es escritora y docente universitaria. Licenciada en Letras por la UBA, actualmente se desempeña como profesora titular de Morfología y Sintaxis en la carrera Licenciatura en Artes de la Escritura (UNA) y como profesora adjunta de Textos Académicos en la carrera Gestión del Arte y la Cultura (UNTREF).

Es autora de las novelas Miramar, Las escenas vacías y del ensayo Manual para sonámbulos. Colaboró en el guión de los documentales El día nuevo y El estanque, dirigidos por Gustavo Fontán.

Su más reciente novela La ruta de los hospitales (Alfaguara, 2019) resultó ganadora del Segundo Premio de Novela en el Concurso de Letras organizado por el Fondo Nacional de las Artes en 2017.

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Escrito por Yanina Giglio

Yanina Giglio (Bs. As. 1984). Estudió Cs. de la Comunicación Social en UBA. Obtuvo un PGCert en "Escrituras: Creatividad Humana y Comunicación" por FLACSO y se diplomó en "Neurociencias y educación" por la Universidad de Morón. Es correctora de estilo, coordinadora de talleres literarios, cofundadora de Odelia editora y crítica cultural en radio y prensa digital. Publicó "La Do Te" (Alción, 2015); "Corva" (Liberoamérica, 2019) y en diversas antologías, de narrativa y de poesía.