Mañana andáte hasta la almacén y estate tranquilo mientras zumban las heladeras y las moscas se pegan en las cintas amarillas que cuelgan del techo porque ahí se puede estar tranquilo sintiendo el acero girando, cortando el fiambre y no hay traidores hablando, ni injusticias fuertes en ese garaje reja y chapa. No se siente tanto el ardor del fracaso propio y ajeno y nuestro estando ahí parado. Nadie se cae adentro de la soledad mientras busca la pomelo Fagar en la heladera esa que suda por el vidrio. No es que se sienta que vale la pena todo esto, pero tampoco se siente que no valga nada porque uno está tranquilo ahí, de pie, eligiendo las bananas, las más maduras, y nada se trata de amar, romper, coser, rayar, lamer, peinar, decir, tirar o recibir un roce, un hálito o un soplo en el viento que venga a descentrarte como debería; es la calma de jabón y yerba y empanadas de J y Q. Es callado. No es un concepto ruidoso doliendo en las muelas de la mente de nadie. Es tranquilo ahí. Es lindo. Es linda esa nada, el olor. Acordate que es una cantina también, tomate algo, jugáte unas monedas en la máquina de ganar monedas y dejá que te dé bien de frente el cariño de la luz de los dibujos de las mujeres coloridas de la pantalla y tomate algo, mirá a los perros, están los perros también, perros buenos, echados o corriendo a las motos y es lindo, son lindos. Y a las siete, ocho, sube el espíritu de los vasos derramados y las cenizas de los puchos de nuestros abuelos y otra vez dan qué hablar los perros, dan unos parpadeos nobilísimos, o solo cierran los ojos o suspiran como hombres. El ventilador nos quiere a todos igual. Da qué hablar el partido, da chistes nuevos el carnaval, cubos de hielo y da monedas la máquina; da gemas de tesoros árabes pintados por chinos. Amatistas, esmeraldas, oro y más tesoros pixelados adentro de una caja. Juntás todos esos pedazos de paz y al final del día te hacés una píldora de paz que capaz que no hace mucho. Capaz que sí. Pero no importa porque sabés que mañana otra vez estás tomando agua del bidón del trabajo pero después vas de nuevo de tarde y estás tranquilo ahí, en la almacén, deshecho en unos segundos de tregua verdaderamente suave y desabrida que se escurre y termina hecha el peso muerto de la nada, hecha una palabra bien grande e invisible que no moja ni pincha ni corta ni pesa porque no hace falta. Estate ahí mañana. Azúcar de los grisines, Nevada Box, por favor, orégano, dos velas, un Beldent, dos hielos y estate vivo mañana. Haceme caso. Tienen cara los días. Tienen cumpleaños, bolsillos, motores fuera de punto, todo. Todo tienen.

Escrito por Gonzalo Cousillas

(Montevideo, Uruguay, 1987) No ha hecho la gran cosa. Publicó algunos relatos en el libro "#3 Toda la verdad sobre la organización social de las abejas" de la editorial Pez en el hielo y uno en "Las historias que Fressia no contó" de Estela editora. También se publicaron otros en el suplemento Incorrecta y algunos poemas en la revista digital Insilio.