No recuerdo cuándo vi una pistola por primera vez. Pero era joven, muy joven. Me crié entre policías y creo que aprendí a comprender “partes policiales” antes que las matemáticas. Es más, nunca comprendí las matemáticas.

Lo que sí sé es de violencia.

“¡Corre, Jefferson! ¡Corre!”, me gritaba mi esposa. Sonaban como fuegos artificiales, pero eran las detonaciones de los policías persiguiendo a los secuestradores. En pleno centro de Caracas la gente corría y yo ensimismado, pasmado en el centro de la calle con el miedo subiendo desde los pies hasta el cerebro. “¡Corre! ¡Corre!”, la escucho y mis piernas no se mueven.

Es como si la muerte me abrazara.

Años antes, lo que escucho es: “¡Quieto ahí! ¡Quieto o te mato!”, dos hombres a bordo de una moto me empujan contra una pared a pocas cuadras de mi casa. Quieren mi celular, quieren mi dinero, quieren mi valentía y lo roban todo a punta de pistola. Mi cerebro no procesa el cañón del revólver, no procesa la posibilidad de que una bala perfore mi cráneo. Mis manos son fantasmas de mi cuerpo y dan lo que se les exige. El hampa se aleja en dos ruedas y sólo tengo tatuado en mis pupilas el óxido del gatillo.

También, en los sueños escucho los tiros. Escucho como me gritan “¡tírate al piso!”, y me lanzo de mi cama al suelo de granito. Un suelo frío, desinfectado y sin vida: como las mesas de una morgue. Es irónico, para salvarnos volvemos al estado primordial de nuestra existencia: sobre nuestras espaldas y cubriendo corazones.

Los carros se alejan escupiendo destellos y yo me levanto revisando mi cuerpo.

Esto también se traduce en las balaceras que se escuchan a lo lejos. Duermo abrazando a mi mujer, a mi hijo recién nacido, confiados de que la distancia pondrá un mundo entre nosotros y la tragedia. Las balas pueden ser por cualquier cosa: una fiesta, una venganza, una nostalgia, un aburrimiento, unas ganas de sentirse invencible a punta de plomo y acero.

Volteo y ella no está. Ella sí corrió, y yo veo que la policía viene hacia mí. Como una invasión. Como una tropa extranjera que invade mis pasos a punta de cañones, gatillos y destellos que huelen la sangre. Me obligan a dejar mi paz. Me obligan a pisar la realidad de un país que se acostumbró a la violencia.

Un país que ya está invadido.

Somos prisioneros de nuestra paranoia y pesadillas.

De esos fines de semana donde cien personas mueren en Venezuela porque los seres humanos bañamos nuestra supervivencia con un licuado de almas. Vivimos con invasores que tienen nuestro mismo pasaporte, hablan nuestro acento y saben cómo moverse en una tierra que lucha por salir de la sequía.

¡Corre, Jefferson! ¡Corre!

Escrito por Jefferson Díaz

(Caracas 1986) Padre, esposo y periodista.