Pobre niño

POBRE NIÑO

Pobre niño.

Se mordía las uñas hasta la lúnulas y, en verano, sus pantalones cortos escoltaban unas rodillas excoriadas de tanto caerse por el árido asfalto de su barrio.

Pobre niño.

Llegaba a clase el primero y se sentaba siempre en la última fila, en el mismo pupitre alto que ningún otro niño quería y que él aceptaba con resignación, cual si cuidara de un animalito enfermo. El pobre niño abría su libreta con diligencia y se oía, mezclado con el frufrú que se elevaba del aula, el deslizar de su bolígrafo sobre el papel. Cuando se sentía seguro de no ser observado, acercaba su mano izquierda, envuelta en un mitón negro deshilachado, al radiador y sus dedos tamborileaban, en silencio, sobre él, mientras disfrutaban de sus tórridos besos y evocaban esmerilados retazos del tiempo de libertad del pasado verano, ahora tan remoto que parecía irreal.

Pobre niño.

En los recreos, su macilenta tez era faro para las mariposas, que se le acercaban y sobrevolaban su aura, cual si hallaran en ella un alféizar donde reposar. Quizás el precio por enamorar a las mariposas era ser olvidado por sus compañeros. Quizás, porque las contadas veces que intentó unirse, en el patio, a los juegos de ellos, cosechó sendos fracasos. Se puso más bien poco por ambas partes y el distanciamiento de unos maridó con la timidez de él. Y así se pasaba esas medias horas en silencio, acompañado de mariposas de fantasía, apurando ensimismado cada miga de su exiguo bocadillo y soñando con volver al aula para tratar de revivir, a la vera de la calefacción, la cálida ensoñación canicular.

Cuando, en clase, la maestra le preguntaba, se oía jaspear su voz con inseguridades recién descubiertas, mas, a pesar de que nunca respondía bien, en los exámenes se defendía, a capa y espada, contra los monstruos, disfrazados de enunciados, que le amenazaban. No eran buenas sus notas, pero tampoco malas.

Al pobre niño le gustaba ir a la escuela. A pesar de sus compañeros, altivos e indiferentes con él, a pesar de las seis horas de estudio, a pesar del tedio de ciertos momentos, encontraba consuelo en aquel pupitre arrinconado a la orilla del calor y un hilo de cariño invisible se extendía desde su mesa a la de la profesora cuando esta explicaba la lección del día con un decir suave que a él se le figuraba dulce como la miel.

Y llegó la Navidad, con su vano vaho de felicidad, cuando los más distraídos de clase soplaban en el vidrio helado y dibujaban sus iniciales en ese efímero lienzo graciosamente proporcionado por la gélida atmósfera del día. Se encendían en las calles las luces ya a la seis de la tarde cual pequeños soles que anunciaran, con su fulguración titiladora, que la Navidad todo lo iba a convertir en ligero y alegre. Al salir del colegio, ya estaba oscuro, y el pobre niño, armado con su mochila llena de libros y un cascabel en la cremallera, andaba calle arriba, marcado su caminito de vuelta a casa por las incandescencias amarillas, rojas y azules que se reflejaban en el asfalto. Sus pasos se arrastraban al ralentí de un vals al que le pesaba el velo de acero que sepultaba su rostro tras una acostumbrada mueca de melancolía. El pobre niño no esperaba de la vida nada más que lo que esta ya le daba: tristeza. Y, por Navidad, pintaba las lágrimas de sonrisas forzadas.

En clase, empezaron a hacer postales con muñecos de nieve y árboles grandes cimentados de paquetes de regalo. El pobre niño, acurrucado en la calefacción, dibujaba con desgana estrellas fugaces y deseaba por escrito «Feliz Navidad y próspero año nuevo» a un destinatario desconocido. Bien sabía que su madre, si él le daba la tarjeta, la dejaría con gesto desencantado, encima de la vieja nevera, donde pronto se mancharía de aceite y en unos días se desvanecería. Su padre, en cambio, la perdería en su mesa, entre el montón de anuncios de empleos. «Entonces, la regalaré a mis mariposas», pensó el pobre niño, «les dedicaré la tarjeta». A ellas, porque, en invierno, dejaban de visitarle en los recreos y las echaba de menos. A ellas, porque había leído que las mariposas mueren rápido, como si un ángel, apresurado por un etéreo reloj, las fuera recogiendo todas, de golpe, con el primer frío, en un autobús hacia el cielo… Con ese feliz pensamiento de saber a quién dedicar su postal, el pobre niño dejó atrás, por una hora, el abatimiento de su madre y el quebranto de los trabajos soñados por su padre, y, cobijado por la calefacción  y con sus manos saltando del bote de cola a las ceras de colores y viceversa, se olvidó de que su Navidad sabía a pasta barata con salsa de tomate y a latas de conserva, a escasos y desangelados regalos de segunda mano. Se olvidó de la angustia y la rabia que subían por su garganta para quejarse, y que volvían a bajar cuando oían a su madre llorar por las noches. Se olvidó de tantas cosas, hasta de su nombre, que, cuando volvió a levantar la cabeza, estaba solo y únicamente la profesora de voz de miel le observaba. Llevaba puesto un abrigo precioso de color borgoña y, a la febril luz moribunda de ese último día antes de las vacaciones, resaltaban más que nunca los dos islotes de unas ojeras profundas en su cara de hada salida del bosque húmedo y de árboles esbeltos donde, sin duda, habitaba.

—Ya es hora de irse a casa. ¿No tienes ganas de que empiecen la fiestas? —le dijo y a él se le antojó que la media luna de carmín de su sonrisa hendía el aire con un aro de belleza.

Avergonzado, el pobre niño recogió, presto, su estuche, mas dudó al ver su cartulina sin terminar.

—Puedes llevarte las ceras a casa si las devuelves después de Navidad. Así acabas la tarjeta con tranquilidad y se la das a tus padres en Nochebuena, ¿no te parece?

El pobre niño no podía hablar. Se le amontonaban unas lágrimas de vidrio cortante y pronto todo empezó a parecerle lejos, como si lo viera bajo la superficie del mar, como si se ahogara en una pena secular que llevara mucho tiempo persiguiéndolo.

—¡Oh, no llores! ¿Qué te pasa? ¿Es que no te gusta la Navidad?

En casa no lloraba. En el colegio no lloraba. Y, sin embargo, veía a esa profesora, que era como una muñeca de bondad, perfilada en un mundo entre tinieblas, veía su expresión de genuina preocupación por él, y se odiaba por ser la causa de ella. Y, no obstante, qué amables eran las lágrimas cuando no se contenían y rodaban, libres, como piedras por una ladera.

—No hay Navidad en mi casa.

El pobre niño murmuró esa frase como una disculpa. Perdón por ser un pobre niño, por no ser un brillante señorito, vestido de cachemira, que abre sus regalos bajo un árbol gigante, rodeado de una tarta de nata y fresa, que puede ir, en invierno, sin el abrigo puesto en casa; perdón por ensuciar este mundo con mi desgracia, que es fea y deforme; perdón por manchar la Navidad de mis compañeros —tan educados, ejemplares e intachables— con la mía, hecha de facturas que no se pueden pagar y contrito silencio.

La profesora se alzaba por encima suyo como una gaviota, blanca y majestuosa, que, con sus alas extendidas, le hubiera de llevar a una tierra donde la Nochevieja estaría llena de deseos que no serían un trabajo para papá.

Se agachó a la altura del pobre niño y este, hundido por el peso de la armadura de pobreza que arrastraba consigo, puso sus manitas, temblorosas por la vergüenza de la miseria, entre las de ella, y fue como si dos nubes hubieran llevado en volandas al pobre niño hacia un lugar de sirope, de caramelo y de manzanas azucaradas.

—Haremos una cosa. Cogerás una libreta y cada día escribirás un cuento. Uno por cada día de vacaciones. Del tema que tú quieras, sobre lo que más te apetezca. Así, podrás volar hasta dónde te plazca. Y, cuando volvamos en enero, me los enseñas y los leemos juntos después de clase. ¿Te gustaría eso?

El pobre niño lloraba. Apretó, con fuerza, las manos de esa maestra, hecha de luz, y asintió con la convicción con que se entrega un neófito al dios que se le acaba de revelar.

La profesora se despidió de él a la puerta del colegio y le dio dos besos, una flor en cada mejilla, sendos recuerdos a los que agarrarse en cada noche de aflicción.

Y, cuando enero se deslizó por los márgenes de las vidas de las gentes de la ciudad, y las puertas del colegio, desperezadas, dieron la bienvenida con sus fauces de hierro a todos los alumnos, el pobre niño llevaba en las manos una libreta amarilla pequeña con diecisiete relatos, diecisiete pequeños sorbos de magia que le habían hecho, que le hacían compañía. También llevaba las ceras y las dejó en el armario del material discretamente, como todo lo que hacía. Acto seguido, mientras sus compañeros ahogaban el silencio declamando las excelencias de sus regalos, el pobre niño esperaba, amparado por su libreta, ver entrar a la profesora para enseñarle sus diecisiete cuentos, aquellas diecisiete anclas que habían hecho de sus Navidades algo menos azul y menos implacable, más dorado y gentil. Y por fin llegó la hora, y el pobre niño miró la puerta, y entró alguien, mas ese alguien no era su maestra. Y el niño lloró, para sus adentros, cuando supo, por los cuchicheos de sus compañeros, que ella no volvería, que, en adelante, daría clase a otros niños en otro colegio. Y, de nuevo solo, pero esta vez con sus diecisiete relatos, el niño se aproximó, todo lo que pudo, a la calefacción buscando su calor para evaporar sus lágrimas.

Pobre niño.

Aún hoy, de mayor, las sienes ya plateadas, cuando evoca aquel día, le llega, como si viajara impulsada por un irresistible soplo, la desazón de tener todos sus cuentos en la mano, pero no a la persona a quien leérselos. Aún, cuando le preguntan, una y otra vez, por qué empezó a escribir, no se siente capaz de contar la verdad, de hablarles de aquella  buena maestra que todo lo iluminó con un instante de armonía.

Y es que a pesar de todos los premios, de los homenajes, de las ventas y de las entrevistas, del éxito de sus cuentos y novelas, el escritor sigue siendo ese pobre niño de siempre.

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Este relato fue premiado en el XXXVII Certamen Literario Roquetas de Mar, organizado por el IES Sabinar, en marzo de 2019.

Etna Miró

(@etnamiro)

Escrito por Etna Miró

Escritora, escriptora.
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