Dar una óptica exclusiva a la narrativa de Borges ha sido siempre una tarea difícil. No sólo por su influencia universal: tan babilónica, tan inglesa, tan propiamente argentina y, vía Schopenhauer, tan alemana; sino por esa impecable apropiación cultural, tejedora de marañas literarias, filosóficas e históricas, capaz de desorientar a quien se atreva a buscarle un inicio a sus letras.

Pero ahora resulta interesante zambullirse en esas aguas tan deliciosamente oscuras con la única luz que parece tener cierta fuerza: el pensamiento de Gottfried Leibniz, filósofo alemán del siglo XVII, amante de las cortes y afín a la narrativa judeocristiana. Su obra, muy poco conocida actualmente fuera de las esferas académicas, lo llevó a las Casas de Schönborn y Hannover, codeándose allí con la más selecta élite política de la época.

La monadología podría considerarse la obra capital de Leibniz. Fue publicada en 1720 y su principal propósito es sustentar la existencia de las mónadas: una suerte de átomos desligados del plano material, esto es, puramente ontológico.  

Es importante resaltar el carácter metafísico de su pensamiento, pues es este el que va a conectarse enteramente con la obra de Borges. Tanto así, que ciertos pasajes serán sólo comprensibles con su ayuda, con las pistas que, en algún momento dado, podrían llegar a representar un directivo para la lectura completa. Pero no es necesario ir tan lejos. Quedémonos, pues, con la certeza de una similitud enorme de los entendimientos, hasta el punto que dejar un par de líneas sin autor daría lo mismo. Más adelante se verá que no es tan descabellado.

Y es entonces cuando Borges plasma en una frase la muerte de Beatriz Bitervo, dando inicio a El Aleph. La muerte tiende a ser génesis o final del texto literario, por lo que no habría de sorprender, salvo que preceda una frase como «…el incesante y vasto universo ya se apartaba de ella y ese cambio era el primero de una serie infinita»,queadvierte desde el principio el talante ontológico del texto. Sin embargo, después de tan alarmante bienvenida,  continúa dos páginas enteras de juegos idiomáticos, costumbrismos, una que otra crítica a la noción de lo argentino y, evidentemente, el desarrollo de una narración de lo que podría llamarse una cotidianidad autoinducida – postmortem. Nada deslumbrante. Hasta que, en medio del contexto mencionado, el protagonista se ve escuchando un poema. Se trata de unos versos de cajón, perdidos entre un «alto legajo de hojas de block estampadas con el membrete de la Biblioteca Juan Crisóstomo Lafinur» que narran lo siguiente:

«He visto, como el griego, las urbes de los hombres,
Los trabajos, los días de varia luz, el hambre;
No corrijo los hechos, no falseo los nombres,
Pero el voyage que narro, es… autour de ma chambre»

Es acá donde se podría señalar la primera aparición de Leibniz. El poema no representa problema alguno hasta la última frase que, por razones quizá de cripticismo, Borges decide abordar buena parte en francés. Pero no es por estar en otra lengua por lo que inquieta, sino por ser el giro esencial que tiene el poema al extrapolar lo dicho anteriormente. Pues al decir que «…la travesía que narro, está…alrededor de mi habitación» expresa el noveno supuesto del Discurso de Metafísica, que clama a toda substancia singular como contenedor de todos los acontecimientos con sus circunstancias y la serie de cosas exteriores. La noción un poco física de la que parte Leibniz para argumentar esta relación es que el número de sustancias no aumenta ni disminuye. Además, que toda sustancia parte de la esencia divina, pues lógicamente no hay otra causa esencial. Y así las obras divinas «están redobladas por otras tantas representaciones diferentes de su obra» (G. Leibniz. Discurso de Metafísica. Pag 74. Ed Orbis).

Seguido de esto, como ya había hecho con las primeras frases del texto, decide parar con la cuestión filosófica. Ahora se adentra en el mundo de la poesía, como podría haberse previsto. Habla de diferentes obras y autores, de los dodecasílsbos de Michael Draytron, de Brighton y demás. (Acá en esta parte encuentro uno de los varios resaltadores que puse en mi primera lectura, allá en 2017, y me gustaría plasmar una frase que se adapta otro texto propio publicado en Liberoamérica: «Comprendí que el trabajo del poeta no estaba en la poesía; estaba en la invención de razones para que la poesía fuera admirable». No importa.) Continúa citando otro poema mucho más costumbrista, sin carga filosófica y que, en mi opinión, se ajusta a la línea narrativa simplemente. No obstante, la importancia de este poema dentro de la línea estriba llanamente en que será el hilo conductor del personaje hacia el Aleph. Para no ahondar mucho en el tema dramático y demás, me limito a indicar que el Aleph, situado en el sótano de una casa vieja, sería la solución para el poema. De modo que el protagonista se dirige hasta allá.

Es acá (y el mismo Borges hace énfasis en esto) donde el texto se pone realmente interesante. El Aleph, para el protagonista, representa un problema simplemente a la hora de hablar sobre éste, ya que el alfabeto es finito y la noción de lenguaje también. ¿Cómo, entonces hablar de El Aleph)? Debido a que «Conocer en particular (…) este orden del universo (…), sobrepasa las fuerzas de un espíritu finito». Diría Leibniz unos cuantos siglos antes en el apartado cinco del Discurso de Metafísica. Sobrellevado por la visión del Aleph, el protagonista dispone a hacer un cambio de cadencia en el texto, ya que tan maravilloso evento no podría verse opacado por cuestiones estéticas. Habla de una esfera tornasolada, cuyo diámetro podría ser de dos o tres centímetros, pero el espacio cósmico se halla sin disminución de tamaño. «Allí donde no hay partes no hay, por consecuencia, extensión”, clama Leibniz en la tercera proposición de la Monadología. Y, como decía yo al inicio, pueden identificarse frases sumamente parecidas en cuanto a óptica e infinito. Inmediatamente después de describir al Aleph, Borges dice: «Cada cosa (la luna del espejo, digamos) eran infinitas cosas, porque yo claramente la veía desde todos los puntos del universo», cosa que Leibniz entiende perfectamente y en su Metafísica apunta de manera muy similar: «No hay relación que escape a su omnisciencia, el resultado de cada visión del universo, como contemplado desde un cierto lugar», refiriéndose a la mónada superior, es decir, Dios. Dicha conclusión aparece gracias al concepto de infinitud atribuido la sabiduría y el poder.

Sin embargo, esta noción de infinitud se ve tocada por ambos, así mismo, con la metáfora de los espejos. ¿Qué mejor forma de ilustrar lo infinito de una substancia que a partir de la óptica? Borges y Leibniz están al tanto y proceden a hacerlo cada uno a su manera. Borges, por un lado, introduce cierta noción existencialista, que lo aleja un tanto de Leibniz: «…en un espejo, vi todos los espejos del planeta y ninguno me reflejó». Por otro lado, Leibniz, tan ligado a las nociones judeocristianas, afirma algo muy similar de la siguiente manera en la proposición cincuenta y seis de la Monadología: «…hace que cada substancia simple tenga relaciones que expresen todas las demás, y que ella sea, por consiguiente, un espejo viviente y perpetuo del universo».

El protagonista, entonces, queda evidentemente sorprendido por la visión. Para Leibniz, sería esta una aproximación a la visión tan anhelada de la naturaleza divina, ¿No será lo mismo para Borges? Ambos teorizan a su manera sobre lo que constituye la noción primaria del universo, problema filosófico antiguo. Desde los más primitivos pensadores se ha venido desarrollando el problema y, como se ha visto, Borges y Leibniz coinciden en las características de este inicio. ¿Coinciden?, ¿o Borges está simplemente basado en Leibniz?

Desconozco algún tipo de testimonio que afirme a Borges como lector de la filosofía moderna, más específicamente, de la Monadología y el Discurso de Metafísica. Pero resulta en extremo interesante tal similitud, no sólo en cuanto a forma e ideas, sino a proceso inferencial, al orden en que cada pensamiento brota en el texto. Es por esto que, independientemente de la procedencia del texto, la importancia del paralelo debe reconocerse a toda costa. No hay mejor manera de leer a Borges que desde la filosofía.

Escrito por Sergio González

Bogotano nacido en el año 2000. Sergio González cuenta con un título en construcción de textos (Pontificia Universidad Javeriana) y un diplomado en epistemología de la religión (Harvard Divinity School). Actualmente cursa estudios de filosofía en la Universidad Nacional de Colombia. Dentro de su producción literaria se encuentra el libro "Monólogo a una muerte fásica" junto a textos como "El amor de Kubin" y "Silvia".