Indira Carpio Olivo: «La escritura  me ha ayudado a hacer lo posible, y lo imposible también»

Indira Carpio Olivo nació en Caracas, el 1° de noviembre de 1984. Periodista de la Universidad Central de Venezuela, también es escritora. Premio Nacional de Literatura por su poemario Frutos extraños y autora del libro Mujerícolas. Actualmente se estrena como escritora de obras de teatro y también de canciones.
En un intento por definirse, dice que «tiene dos hijas paridas y dos más, no paridas, pero amadas como si… para un total de cuatro mujeres bajo el ala». Además de «un marido amoroso y poeta de las cosas más sencillas».
Conozco a Indira desde hace varios años. Un alma caritativa me hizo el gran favor de traerme Mujerícolas hasta Montevideo. El libro pasó por tierra hasta Brasil –el resto del trayecto lo hizo en avión–, parte del equipaje de una emigrante en ciernes, quien tuvo que dejar atrás todo lo que no entró en la maleta. Pero me trajo a Indira.
Mujerícolas fue editado por la editorial venezolana El perro y la rana, con ilustraciones de Deisa Tremarias. Reúne las historias de cincuenta mujeres de distintas épocas y distintos lugares, algunas muy conocidas y otras anónimas, todas unidas, al menos así lo veo yo, por conjugar en sus vidas maravilla y dolor –¿una dualidad inherente al género?–. El libro me destrozó y me fascinó.

¿Cómo empezó a gestarse Mujerícolas? Qué vivencias, impresiones o reflexiones plantaron la semilla de lo que sería este libro?
Mujerícolas no empezó como un libro. Mujerícolas, en verdad era una columna semanal que tenía un medio digital en Venezuela que se llama Desdelaplaza.com. A través de ese medio, a mí se me ocurrió que podíamos tener un espacio en el cual hablar de mujeres subterráneas, y no subterráneas, pero que tengan un sentido alternativo de la vida, de la historia, de la cultura. Entonces empezó como eso, ¿no?, ese espacio nuevo. Fue Giordana García, que era lectora de la columna, la que me propuso hacer el libro.

Es un libro difícil de leer por lo duro de muchas realidades que describe. ¿Fue, en ese sentido, difícil de escribir?
…Siempre fue muy duro para mí escribir cada una de las historias —unas más que otras, por supuesto— porque implica vivir de alguna manera las realidades que mencionan […] Es volver a pasar por el pecho todas estas realidades. Sin embargo, fue placentero en el sentido en que me invitaba a ejercitar eso que para mí se convierte en el objetivo de mi vida, que es escribir. O al menos así lo siento.

Obviamente tienes una relación íntima con todas, pero ¿cuál o cuáles de estas historias son las más significativas para ti y por qué?
Entre las historias que más me conmueven, y lo digo después de leerla, con cierto tiempo de por medio, está la de Concha Liaño porque Concha fue mi amiga. Y siempre para mí es duro recordar su vida, y también la forma en la que murió. Me descubrí en eso cuando la elegí para una lectura y presentación de Mujerícolas en el Teatro Municipal de Caracas. Yo pensaba leer en homenaje a ella […] pero en plena lectura me quebré mucho porque era muy duro para mí también, que siendo mi amiga, la hubiesen encontrado muerta, luego de una semana, de un infarto, en su casa, sola…

Eres también periodista,  ¿qué consideras que puede hacerse desde cada disciplina, el periodismo y la literatura, frente a las realidades que vivimos?
Digamos que… yo no debería ser quien califique mis textos, pero mis textos, pero mis textos no son ni una cosa ni otra, en definitiva. Podrían tener la definición, en su mayoría, de textos transgenéricos. Para mí, la literatura es una forma de decir muy importante porque con ella puedo transfigurar, o necesito transfigurar, algunas realidades muy duras.

Podría hablarse de muchos feminismos, ¿cuál es el feminismo de Indira Carpio Olivo?
No sé cuál es mi feminismo, creo que es uno de constante revisión. Porque implica la realidad que cada mujer tenga, ¿no? Es uno propio. El de alguien que nació en Caracas, se crió en Charallave, tiene dos hijas… Al que le matan a la vecina, al que le golpean la madre, al que intentan violar… Es el de una mujer en su particularidad, contando la particularidad o las particularidades de cada mujer, de cada mujer [sobre la que] pretende contar. Entonces, no es uno definitivo ni es uno en especial, es el que tengo y el que expreso.

¿Estás escribiendo algo actualmente?
Actualmente, acabo de enviar un poemario a concurso. Y estoy como en reposo. Digamos que escribo como en la cotidianidad, en situaciones relacionadas con el devenir. Pero en específico no tengo ningún proyecto en mano, aunque en mente sí. Digamos, no me he sentado a darle forma, pero en mi mente tengo hacer una novela, y eso como que me ocupa ahorita el alma. Pero no se ha manifestado a través de las manos aún… Aunque estoy por sentarme a ello.
Recientemente, escribimos una obra de teatro que lleva el mismo nombre del libro que ganó el [premio] Stefanía Mosca, llamado Frutos Extraños. Pensamos hacer de esa obra una obra de teatro, pero como me tocaba transformarla en tan poco tiempo, entonces Oriana Orozco –que también es una escritora venezolana– y yo decidimos hacerlo todo de nuevo, y así escribimos una obra de diez escenas que habla sobre los femicidios. Se presentó este fin de semana en el Festival Internacional de Teatro de Caracas y estuvo a reventar la función, asistieron más personas de las previstas. Estuvo muy hermoso, la verdad.
También escribí canciones, a las que le pusieron música y voz cantantes venezolanos. Cantantes como Amaranta, Fabiola José, Ana Cecilia Loyo, Luisana Pérez […] También escribí canciones para la obra [de teatro] y Amaranta les puso música […] La escritura  me ha ayudado a hacer lo posible, y lo imposible también.

¿Podrías señalar algunas lecturas importantes para ti?
Entre las lecturas más importantes para mí, o que recomiendo, o a las que vuelvo, está la de Clarisa Pinkola Estés, Mujeres que corren con los lobos, que para mí es una guía, es una vuelta a lo salvaje, a la raíz, y constantemente vuelvo a ella para redefinirme, para volver a mí, en realidad, porque me invita a tener la cabeza en lo etéreo pero los pies bien… bien subterráneos, chupando siempre de la fuente. Y para mí eso es bastante importante. Como a ella, he estado leyendo a Jean Shinoda Bolen, también, sobre los arquetipos de las mujeres, sobre los círculos de mujeres.

Mujerícolas en fragmentos

«Anoche soñé que me llamaba Concha.
Son muchas las veces que la sueño. Y son largas las pláticas como cuando iba a su apartamento del piso catorce, o ella me llamaba para llegar hasta el piso nueve en Sabana Grande, y en la conversa se nos iba la tarde, la noche.
Hubo una vez que me llamó solo para preguntarme si había visto la Luna.
Ahora, teléfono no tengo. A Concha, tampoco.
Me queda la memoria y la blancura de esta hoja.
[…]
Cuando iba, tenía que avisarle por lo menos un día antes y llegar con el estómago vacío. Me preparaba una pasta con salsa, me abría las manos y dejaba caer sobre ellas una bolsa con caramelos de miel». («Mujerícola 27. Concha»).

«Aún debo bañarlas, masajearlas, darles las gotitas, peinarlas, inspeccionar las uñas, las orejas, sacarles los moquitos, vestirlas, darles de comer, sacar los gases, cantarles un cuento, dormirlas, y no, para poder escribir, corregir, publicar, difundir, recorregir. A la más pequeña la acostumbré a los brazos. Me duelen las bisagras que sostienen esta hamaca a mi pared. Y entre respiro y suspiro, pajita sobre pajita para redondear el nido: obrera de la paja.
Las madres por puritica definición podemos enfermar como si no. ¿Quién se da cuenta de que las mujeres soportamos un lado oculto de la economía y que esa mano invisible sostiene el capitalismo? ¿Cómo le arranco a mis hijas, que en un par de décadas engrosarán el ejército de la burocracia propietaria? ¿Las crío para perpetuar la enfermedad?» («Mujerícola 5. Obrera de la paja»).

«Ángela es una niña negra que no sabe por qué se llama así.
Un día me preguntó si me gustaba su nombre. Yo le dije que era como si pudiera volar.
Su nombre nació de una montaña, color de pólvora. Se asomó por la ventana de su madre, una cabeza de puño zurdo, florecido.
[…]
Ángela, serás una pantera que estirará sus garras y arañará la historia, una pantera que a su paso delineará surcos de los que nacerán todos los volcanes.
Serás roja, ya no negra, y las ideas te agrietarán la cabeza.
De tu cabellera, el león aprenderá a imponer su presencia.
Y con tus ojos se tejió la oscuridad.
Serás peligrosa y sabrás que la reja no te hará menos libre.
Pero las querrás abajo y morirás y no caerán». (Mujerícola 34. “Ángela).

Escrito por Cristina Gálvez Martos

Cristina Gálvez Martos (Venezuela/Uruguay, 1987). Caraqueña como las guacamayas que bajan del Waraira. Soy Lic. en Letras por la UCV. Escribo, sobre todo poesía y ensayo. Traduzco poemas del inglés al español. Desde 2015 vivo en Montevideo, donde realicé estudios en Gestión Cultural. Obras publicadas: Psicopompa (Monte Ávila Editores, 2015) y Bicorne (Casa de las Letras Andrés Bello, 2016).
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