¿Cómo se produce el sonido? es el hilo estructural de El órgano de Corti de Julieta Gamboa, obra ganadora del Concurso Ediciones Digitales Punto de Partida 2018 en la categoría poesía, que puede descargarse aquí. A lo largo de tres fases, como si de un estudio anatómico se tratara, la poeta va trazando la trayectoria del sonido. El órgano de Corti es, según la información que arroja Wilkipedia, un elemento sensitivo del oído interno, acaso sea más clara la metáfora que lo define como el micrófono del cuerpo. Porque un micrófono es un aparato que tiene que ver con los sonidos me atrevo a decir que El órgano de Corti es un viaje de los ruidos, internos, primarios y externos del cuerpo.

En la Fase 1, donde las vibraciones sonoras hacen oscilar a la membrana basilar hacia arriba y hacia abajo, como en el mismo libro se indica, hay un recorrido por los ruidos del pasado. La memoria sonora que se dice o al contario: no se dice, porque no hay recuerdo de los sonidos con lo que se formó cada cuerpo, hay intuiciones, a pesar de las certezas biológicas. Aquí la poesía sirve como un parche que llena los vacíos de la creación y qué asombro me da descubrir la curiosidad de Julieta Gamboa, porque la suya, es una poesía que me dice cosas.

Los poemas de esta parte del libro, hablan de la configuración del cuerpo, del cordón umbilical que es metáfora del alimento, la respiración. Entonces pienso en Merleau Ponty cuando habla de existencia a través de los sentidos. No podemos decir nada más allá de lo que percibimos con esos pobres cinco sentidos. Me alegro de haber descubierto la magia de las sinestesias; combinar esos sentidos para potencializarlos en el lenguaje de la poesía: Decir del cuerpo, que respira y palpa y siente como en este fragmento:

Si no hubiera desarrollado el ciclo de inhalar y exhalar,
y tuviera una respiración distinta,
no reaccionaría
con un ritmo agitado frente a un insulto callejero,
o una contracción de los pulmones ante un grito de dolor.

No intentaría inhalaciones profundas
para acompasar los instantes de violencia.

Sería distinto caminar sin sostener el ritmo fijo
de ese movimiento involuntario.

Hay peces pulmonados.
Seres híbridos,
mitad pez, mitad anfibio,
con aletas lobuladas y orificios nasales,
que pueden respirar en aire y agua.
Eso los hace flexibles,
con movimientos que se anticipan al peligro.

Si experimentara una respiración cutánea,
el intercambio de gases expandido sobre toda la piel,
la piel sin filtros,
sin capa sobre capa
para separar el afuera del adentro,
protegiendo el adentro,
si mis pulmones con sus formaciones poligonales
fueran un órgano secundario,
probaría un cuerpo distendido
no tan pendiente de los intercambios,
la espera,
los tiempos de los otros para asirlos,
en el ciclo de las repeticiones.

La Fase 2, nos adelanta; «Las ondas propagadas movilizan la membrana basilar desde la base (sonidos agudos) al ápex (sonidos graves) de la cóclea.»

Insisto, un cuerpo se dice a través de las sinestesias. Y en la poesía es frecuente la metalingüística, la palabra que se define o se descompone a sí misma. Julieta Gamboa, escribe: «Las palabras son cimientos», y continúa desdiciendo el lenguaje, la lengua materna que «es una puerta falsa del cuarto que me acoge mientras deja que los muros caigan» y yo pienso en la fragilidad de los poetas: el miedo a decir o no saber decir ni saber qué hacer con las palabras. Ese temor primigenio que hasta César Vallejo tuvo cuando escribió: «Y si después de tantas palabras/ no sobrevive la palabra.» Pero en El órgano de Corti el miedo al lenguaje tiene una trayectoria palpable en el sonido de las palabras escuchadas por un cuerpo femenino:

Quedan los anversos del lenguaje:
los monólogos,
la relación accidental entre palabras como:
no
nunca
mujer
está prohibido.

Articulo sonidos en mi lengua flexiva,
huellas acústicas reconocibles,
familiares,
que han estado ahí,
anidando como propias.

Pertenezco a sus reiteraciones,
a sus ecos continuos y a la vez disonantes:
a los silencios que se multiplican.

Es necesario crear fisuras en el lenguaje, ese cuerpo de palabras que nos protege o nos aísla. Este libro me tiene conflictuada, me cuestiona, me acorrala. Es una pedrada al lenguaje que nos define, porque definir es encerrar en una palabra muchos significados. Qué palabras son las propicias para decirnos mujeres, pare decirnos que el cuerpo nuestro es de mujer. Y qué parte del lenguaje, de las palabras fueron coartándonos el cuerpo.

Sujetar los impulsos
para volverme un cuerpo público menos incómodo
contraído en sí mismo:
un sexo bien definido por los otros
que se pliega en sí
lento
que se vuelve
un sexo adulto que duerme.

En la Fase 3 del libro se nos indica: «Las sinapsis entre la célula ciliada interna y las fibras del nervio auditivo se activan y envían un mensaje al cerebro.» El poema que abre esta parte se titula «Dermis», es un relato distópico en donde reina la borradura, la desaparición del habla, para dar paso al «lenguaje del tacto:/de los cuerpos/ del latido sin palabras» y justo en este poema se introduce de lleno el tema político con una estrofa que no es ni panfletaria ni literal, una estrofa que da brillo al reclamo y a la protesta:

Pero las palabras me dieron un territorio
orillado hacia la rabia
y también un cuerpo.

Mi desintegración vendrá tal vez en la disolución de mi lenguaje;
un ente
que irá perdiendo de a poco la forma humana.

En esta última parte del libro se explora la posibilidad de los órganos, una palabra cuya semántica nos conduce a las redes. El cuerpo es una unidad de sistemas que son redes de materia orgánica configurándose una y otra vez, como las palabras enlazadas a otras, comunicando sus ruidos a través de enormes engranajes discursivos, textuales.

¿Y de dónde viene el desconocimiento? de dónde surge esa incapacidad para cercar lo que somos y concluir diciendo que somos cuerpo, aún sin reconocernos en eso.

Hoy me encierra un cuerpo
sin señas personales,
formado de voces que crecen y se adhieren
al centro de mis ojos.

Dudo de mi pulso,
de mi materia transformada con los días.
Mis huellas asimétricas, mis poros abiertos,
no tienen sitio en la figura que me aísla.

Una imagen sin dimensiones,
un rótulo,
se introducen a fuerza de insistir,
de repetirse.

La imagen real desaparece
en un punto ciego.
Mis ojos ceden a los ojos de todos.
Todas las miradas se concentran,
me modelan.
Soy sólo materia.

La forma ornamental
se pega a la epidermis,
exige desechar las sobras de mi cuerpo cierto,
lleno de surcos,
de fibras equivocadas.

Ese falso organismo,
ese adorno,
con medidas exactas y miembros uniformes,
no tiene huellas dactilares
pero busca aferrarse a las mías,
borrar lo que en mí ha sido narrado por el tiempo.

Una puerta se abre a esa figura que avanza contigua,
camina a mis espaldas,
y extiende su respiración desde mi nuca.

Permanece algo ajeno;
un cuerpo sin indicios,
olvidado de sus marcas.

En consonancia con  Carol Hanisch, pensando en lo personal como político sigo la línea de este libro de poemas y me digo que calzo un cuerpo de mujer porque se me ha dicho que eso soy, pero las dudas me desbordan. Como en El órgano de Corti podríamos emplear sinestesias, hablar del silencio como metáfora de la invisibilidad, podríamos negarnos y volver a decirnos a través de los ojos nuestros, nombrarnos en la antítesis, pero nunca más abandonarnos al silencio, que algo vibre siempre en nuestra boca, como en este poema:

Ensayo la invisibilidad; la aptitud para entrar en un espacio y no ser vista ni oída. Sentarme y que mi cuerpo sea una prolongación de la madera, imperceptible en su mimesis con otros materiales. Mi boca no fue hecha para el habla, pero algo vibra en sus paredes.

 

Escrito por Adriana Ventura

Escribo poesía y ensayo. Entreno ballenas, cocino mal y soy autora de Boceto de una vida sin casa, Geografía negra, Elogio a las rain boots que no tengo, Café Bausch y La rueca de Gabriel.