Historia de Genji


I

La primera palabra que Genji pronunció fue ‘escalera’.
Estaba tumbado a los pies del último de los escalones, y la miraba dándole a entender a sus padres atónitos que deseaba subir, o mejor dicho: que deseaba que lo levantaran del suelo y lo llevaran en brazos hacia arriba, donde estaba su cuna y el juguete de la guitarrita con luces que se había convertido en su favorito de la semana. Genji no necesitaba hacer aclaraciones porque al final siempre lo entendían prácticamente sin esfuerzos, a pesar de que sus consignas, salvo para sus padres, contenían casi siempre una ambigüedad de tintes esotéricos. Por ejemplo, si Genji decía: «ba-baaa», sería probable que nosotros nos quedáramos ahí parados sin entender, torciendo la cabeza y mirando hacia los lados esperando que alguien responda esas señales enigmáticas, y, si esto al final no ocurriera y nos viéramos irremediablemente solos con él, de seguro nos veríamos reducidos a quién sabe qué formas penosas del primitivismo, procederíamos a mecerlo en los brazos, o a buscar su consuelo mediante sonrisitas genéricas o movimientos rabiosos con las manos, apertura desmesurada de los ojos, payasadas de las más diversas órdenes, sumamente agradecidos en nuestro fuero interno de que las indiferentes fuerzas universales ignoraran nuestros ruegos anteriores, y nos dejaran así en libertad de obrar sin miradas externas. En cambio sus padres lo interpretaban de manera natural. Le decían ¿Así que «ba-baaa», mi bebé? Y le alcanzaban un vasito de jugo de zanahorias y prendían la cosa que se movía encima de su cuna, no sabían a ciencia cierta cómo se llamaba, pero el papá, después de habérsela inyectado durante años en la psyche (leyó esa palabra en una revista de divulgación) a través de esas malas películas de terror estadounidenses a las que se había aficionado casi con fanatismo desde que se casó, la había comprado emocionado un par de semanas después de que habían visto por primera vez a Genji cabeceando como rockstar en la pantalla del ecógrafo. “¿Y esa cosa qué viene siendo?” le preguntó entonces su mujer, que no dejaba de alzarse la panza con las manos como si los frágiles ligamentos que la unían a su cuerpo fuesen capaces de pergeñarle alguna traición, y dejarla caer en un descuido, y el marido, muy orgulloso, le explicó que esa es la cosa que siempre suena en las casas cuando parecen vacías pero está a punto de aparecerse, de golpe, el fantasma de alguien muerto.

En un principio Genji se mostró reacio a dejarse impresionar por el aparato, pero bien pronto acabó aficionándose a esa cosa más que su propio padre, lo cual no es decir poco, teniendo en cuenta que su funcionamiento, su eficacia y su rendimiento ocuparon el centro de la atención de aquel pobre hombre durante un tiempo bastante largo. Se suponía que la maquinita tenía que funcionar toda la noche, girando ininterrumpidamente al compás de un par de melodías simplificadas de Le nozze di Figaro, pensadas para estimular (ciertamente, no demasiado) la escasa sensibilidad que los fabricantes de juguetes atribuyen a sus mocosos clientes, implantando en la mente de Genji -o en lo que él imaginaba que era su mente: un terreno acuoso cuyo caudal estaba constantemente sufriendo procesos violentos de transformación que hacían temblar las aguas y cambiarles de forma a cada segundo- , de alguna manera que él nunca podría entender, alguna cosa. No lo sabía a ciencia cierta: inteligencia, velocidad de reacción, un sentimiento de alegría que iba a acompañarlo para siempre como el eterno telón de fondo de una vida plena y colmada. O viveza, que era algo así como la virtud humana que más estaba de moda cuando él era chico (en este punto, el padre derramado sobre el costado de la cuna alza los ojos hacia la luna helada y recuerda un episodio particularmente doloroso de su infancia: su madre aplaudiendo al matoncito de la clase, el mismo que aterrizaba su mano regordeta y cerrada sobre la cabeza del niño padre de Genji recién llegado al aula con su pelito oliendo a limpio, tan prolijo, con su nombre en cursiva adornándole hasta el último lápiz, para intimidarlo y marcarle de entrada, al comienzo del día, quién era quién en esa salita de niños pobres, flacuchos, cortos de ánimo y aterrorizados que sus madres tiraban ahí con esperanza, quién sabe de qué, pero sobre todo como quien llega a su casa y siente, aliviada, el sonido seco del cántaro descansando por fin sobre la mesa y el agua volviendo a la quietud, después de haberlo llevado todo el día en la cabeza, y así es que las madres volvían a sus casas a disfrutar de su único momento solas, o al menos de su único momento sin ellos, y la suya, su propia madre, había elogiado al pequeño matoncito del aula. Le dijo a su hijo que así tenía que ser, que tratara de cambiar un poquito: que viera a ese chico tan confiado, tan animoso. “Tan… vivo”, había agregado otra mamá que estaba ahí. Todas las mamás asintieron. Él no entendía, porque todos estaban vivos. «Es que inteligentes hay tantos, pero vivos, lo que se dice vivos… hay pocos» sentenció la madre). Lo que sea: la vendedora le había asegurado que eso era lo que los bebés modernos estaban usando para dormir. Los bebés destinados al éxito.
Lo cierto, como decíamos, es que Genji se mostró indiferente al juguete (¡y a toda su gloria futura!) durante algunos días en que se dedicó básicamente a prenderse de de las tetas de su mamá y dormir el resto del día. Ni siquiera era de esos bebés que se la pasaran llorando así que el papá no pudo darse ni el gusto de comprobar fehacientemente el grado de veracidad de la que era, a su gusto, una de las afirmaciones más seductoras que había en la caja en donde venía el aparato: “ayuda a calmar la ansiedad y el llanto de su bebé”. ¿Qué más decía? No lo podía recordar; desde los primeros indicios de que Genji asomaría a la vida brotando del vientre de su joven esposa como las repentinas espigas que, sin el aparente esfuerzo de ningún agricultor, aparecen silenciosas en las mañanas asomando por la ventana de su habitación, se sintieron en la necesidad (material, por qué negarlo) de alquilar una casa un poco más chica en un lugar un poco peor -en el medio de las áridas llanuras del este- con lo cual ella se había hecho de la odiosa costumbre de tirar todo lo que podía para hacer espacio: todos los papeles que no entendía, todas las bolsas vacías, todos los restos de comida, todos los zapatos con el prendedor medio estropeado. Y allí había ido la caja, el mismo día que la compró, cuando todavía estaba instalando el juguete encima de la cuna. Pero ahora a Genji le encanta esa cosa, y ya no solamente la usa para dormir. De hecho, esa es la demanda que en general viene detrás de sus «ba-baaa» o de sus «meeeeh…», que luego de algunas confusiones iniciales, sus padres aprendieron a interpretar como: llevénme a mi cuna, quiero mirar la maquinita que gira como si fuera un portal a otro mundo.

Esa tarde (la tarde que abrió este relato, me refiero), sus padres sorprendidos solamente lo miraban hasta que Genji se vio obligado a repetir: «¡Escalera!». Lo exclamó de una forma un poco seca, como cuando se hace de cuenta que el interlocutor no puede ser lo suficientemente estúpido como para no entender algo demasiado simple, y se le repite cortésmente la orden, antes de enojarse esta vez en serio. Su madre hubiera querido responderle con otro gruñido, porque en general así se comunicaban, pero lo miró durante unos segundos así, sin entender, y después lo tomó en sus brazos a los que Genji se prendió como un koala, y se lo llevó a su cuna a escuchar la musiquita de su juguete y jugar con su guitarra nueva que tiene siete notas: una por cada color del arcoiris.

II

Con el correr de los días, Genji aprendió más palabras además de escalera. Muy poco tiempo después ya era capaz de construir frases más o menos sofisticadas como: «Hola, mamá», «¿Dónde esta Paca?1», «Más azúcar» y además (esta era la parte favorita de sus padres) le gustaba presentarse cuando alguien desconocido se acercaba a saludarlo y a hacerle muecas bobas, subestimando del todo las capacidades lingüísticas de Genji (y su orgullo, según parecía) «Me llamo Genji », decía él, así como al pasar, pero con altura, pronunciando cada sonido con una delicadeza y una precisión artesanales, pero también, otras veces, empleando además alguna perífrasis o adornando el conjunto con una inversión sutil en el orden natural de los términos, como para dejar en claro que su destreza excedía la mera pronunciación, ya que esa podría ser simplemente la consecuencia vulgar de un desarrollo prematuro del aparato fonador, y paremos de contar. La gente no sabía qué responder. Miraban a sus padres como para que ellos les confirmaran con algún gesto que el niño estaba hablando efectivamente. Esa gente de seguro se iba pensando que Genji era un prodigio, que ese lenguaje hipertrofiado no podía ser un hecho aislado sino más bien la manifestación más visible de un fenómeno que seguramente se extendía hasta las regiones más alejadas de su potencialidad cognitiva. Qué regiones misteriosas se enconderían en ese minúsculo cráneo de olorcito perfumado, allí donde el mundo sólo conoce aridez, paredes de grosores infinitos, alturas inverosímiles, durezas de piedras, cerrazones inflexibles. Suponían que era un genio. Porque, a ver, uno habla porque piensa, ¿verdad? Mamá y papá respondían a esa pregunta siempre de manera afirmativa, y bien rápido, pero no estaban del todo seguros de nada. Genji seguía consagrando sus días a la tarea de chuparse los pies –a veces sin éxito y con llanto consecuente-, a comerse los cascarudos que se le cruzaban por el piso, llenarse de polvillo, de barro, a revolcarse entre pegotes de comida, y rivalizar con el perro en esos certámenes de ladridos que le ocupaban varias horas, y que siempre tenían a Genji como ganador. Sus padres le decían: ¡Bravo! ¡Ese perro tonto no sabe ladrar! El niño arrugaba la cara con un gesto de alegría y decía «Baaah». Conocían tan bien las diversas formas de entonación que adoptaban en cada caso sus balbuceos, que siempre entendían, así que terminadas esas jornadas llevaban a Genji a su cuna: esa mente necesita, también, a veces, rebajarse a la quietud de todo lo muerto.

Genji no hablaba muy seguido. Hablando con propiedad, no se podría decir precisamente que Genji hablara. Genji decía cosas. Palabras. Frases sueltas. Pedidos. Quejas. Pero no se podía razonar con Genji porque era insensible a las respuestas; a los estímulos verbales de otros él no respondía nada, o respondía con gruñidos, con tímidos ronroneos, con runrrunes de autitos, con mugidos que aprendía de sus tardes babeándole las orejas a Paca. En ese sentido no era muy diferente de los otros bebés: como todos ellos, en general se comportaba de manera arbitraria. Lo que a veces le daba risa, otras veces lo hacía llorar o tirarse un eructo cortito y sonoro, y así era su forma de responder a las cosas. Su madre había tratado de chantajearlo muchas veces para que alguna vez pisara el palito y dijera algo que surgiera de ella, algo pensado para ella. Claro que Genji ya le decía «maa.. maaá», no sin cierta dificultad, es cierto, pero desde aún antes de que comenzaran a manifestarse sus habilidades inusuales de célebre bebé parlanchín. Pero para su madre ese tipo de logros no eran nada: por más pequeño que fuera, siempre hay historias de bebés que dicen mamá prácticamente desde el vientre y eso, señoras y señores, no-se-valía. Por eso es que, por ejemplo, había veces en que Genji lloraba para pedirle la mamadera y ella actuaba normal al principio pero luego simulaba olvidar qué era exactamente eso que Genji le había pedido y le decía, haciendo con la mano y con la frente ese gesto de estarse controlando la fiebre, «Mi amor, ¿qué era eso que me pediste?» y Genji, que seguro adivinaba todo lo que seguía, se disponía entonces a lloriquear cada vez más y más fuerte, mientras que su madre señalaba todas las cosas de la casa esperando que a Genji se le diera por nombrar alguna a secas, o en el mejor de los casos, que llegara a exasperarse y a gritárselo en una frase larga, o explotar en múltiples cacofonías desesperadas, pero preñadas de sentidos. Ella tenía siempre preparado y escondido el grabador. Eso callaría a los incrédulos. A los envidiosos. A los tontos. Pero eso nunca sucedía y ella no le quedaba más remedio que recalentar su leche y dársela de una vez, antes de que el papá los descubriese en ese “lamentable concierto” que tanto les censuraba. Sobre todo a su esposa. Le decía cosas como: «¿Pero no lo ves? El chico no sabe hablar. Es un bebé, no tiene dientes, apenas sabe cagar y babearse entero. Dejalo en paz». ¿Pero era que acaso él nunca lo había escuchado? ¿Y no había sido suya la idea de consultar con los médicos, de respetar las derivaciones de éstos, de cuidar la no-sobreestimulación de Genji, tal y como les habían sugerido, y la idea de darle las pastillas tranquilizantes? ¡Pero si esas pastillas son naturales, son yuyos, son más sanas que una fruta, que la leche! Esas peleas duraban horas y la mamá acaba concluyendo que toda la situación era un teatro cuyo descenlace apuntaba como siempre hacia ella, ella siendo internada prematuramente en un geriátrico como su pobre madre incomprendida, que, por si no lo recordaba (y seguramente nadie, nadie lo haría) había muerto de la pena que le causaba la indiferencia de… su marido. ¡Su propio padre, por Dios! Todos habrían acordado secretamente participar de eso: él, sus conocidos, el psicólogo infantil con su expresión sobradora frente al cual Genji nunca soltó una miserable palabra que podría haberle cerrado la boca de una bendita vez a ese charlatán que los miraba como si ellos fuesen unos ignorantes incapaces de comprender una palabra de neurociencia, medicina, fononosequé, y lo importante que es tener dientes para pronunciar los sonidos de un idioma, y ni qué decir del mismo Genji que se le daba por hablar solamente a veces y a destiempo y a capricho como hacen los locos. Pero luego de esas acusaciones catárticas la culpa volvía a adueñarse de ella y así retornaba, con renovadas energías, a entregarse a la tarea de amar a Genji con paciencia y sin cuestionamientos.

III

Genji lloraba de noche. Genji dormía de día. ¿Así como se podía descubrir hacia dónde iban encaminándose sus prodigios? ¿Cómo dejar de perder el tiempo y descubrir, de una vez por todas, hasta dónde era Genji capaz de llegar? Sobre estas cuestiones todos los conocidos del pequeño aportaron hipótesis distintas. Su abuela materna sugería dejarlo ser, descubrirlo con el tiempo, no ahogarlo; su abuelo decía que qué duda podía caber de que iba a ser abogado como el nieto del viejo don Cacho, su ya difunto amigo, que también hablaba desde muy chico y más que las cotorritas, y ahora mirenlo nomás con un trabajo estable, vida holgada, obra social para toda la familia; los tíos -¿misteriosamente?- pensaban todos lo mismo (¡buitres!): que muy posiblemente no hubiese relación entre una cosa y la otra (a saber, entre la genialidad y la precocidad), y que en cualquier caso lo ideal era no acomplejarlo desde tan chico, por las dudas nada más.

-¡Tus hermanos están verdes de la envidia! Víboras, víboras – repetía la mujer con fuerza y dolor- ¿No nos dijo el doctor que no es nada normal lo de Genji? No, no dijo normal, dijo ordinario. Que no es para nada ordinario que hable así, y tan pronto. ¿Qué? ¿El doctor también se imagina cosas? ¿Eso creen tus hermanos? ¿Y qué estudiaron tus hermanos?

El padre le decía que sí, que sí mi amor, que yo sé que tus palabras no están contaminadas por el turbio amor que todo lo confunde. Es cierto con toda justicia, con toda objetividad. Lo dijo el doctor.

El padre quería que fuera músico. Le mostraba todas las noches a Genji algo distinto: libros carísimos que adquiría en el pueblo con esfuerzo en los viajes semanales que hacía a lomo de burro, y que ilustraban el recorrido de los astros, la variedad de la fauna que habita el ancho planeta, las viejas esculturas de pueblos antiguos que ya no existen, los torpes sonidos de lenguas desconocidas que trataba de enseñarle (apenas conociéndolas él mismo), las lindas historias que dieron esperanzas a tantos corazones solitarios desde que la escritura intervino en la historia con su mano salvadora, alejándolas, aunque sea por un ratito, bebé, del olvido que todo se lo come: las cosas, los cascarudos, los animalitos, los padres de las personas.

Pero cuando el frágil cuerpito del niño se rendía y quedaba dormido, su padre agachado en la cuna solamente lo imaginaba en el escenario de un anfiteatro moderno, iluminado por suaves luces artificiales como la luna en esos momentos, abrazado a su violín, hablándole al mundo con las palabras misteriosas de la música. Ay, le hubiera gustado tanto a él estudiar música, pero no se pudo… desde muy chico tuvo que trabajar, arar el campo, cosechar el arroz…

 

“Paca”, en el vocabulario infantil de Genji, significa, literalmente, “vaca”. Si bien la familia tenía más de una, Paca es la única que le importa al niño, ya que, al ser joven y de naturaleza mansa, es la que está autorizada a dejarse tironear las orejas y los pelos por el joven prodigio. (Disculparán los lectores el descuido de la narradora).

 

Escrito por Paula Márquez

Paula Márquez (Córdoba, 1992) cursa estudios en Letras Modernas en la UNC. Publicó relatos breves en La Gárgola Azul y es actualmente editora en Liberoamérica.
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