Reuniones nocturnas

La primera de esas noches me despertó el tremendo bullicio, alguien había organizado una maldita fiesta en mi pequeña habitación.

No, no era una fiesta, ni siquiera era una agradable velada entre conocidos.

Eran espectros deambulando en el estrecho espacio, susurrando alrededor de mí, de mi lecho. Eran los muertos de mi vida, extraños, azules, enloquecidos, aberrantes.

Vienen con frecuencia, vienen a joderme, viene a joder mi ya de por si mal sueño. Nunca sé qué dicen, nunca me miran a los ojos. No les temo; ellos saben que yo estoy aquí contemplándolos y eso casi siempre les parece suficiente.

A veces cuando es de día, cuando despierto del sueño concebido tras su visita, me hallo deshabitada, y es la cama la que guarda los recuerdos, el llanto, los olores, las marcas de dolor, de todo lo que me arrebatan.

Una noche por fin he distinguido, entre el mar de rostros, al hombre que sólo conocí en mi infancia, a quién me resigné a perder sin escuchar su voz ya avejentada, sin que él escuchara mi voz ya madura. Fui encontrado, uno a uno, la expresión triste de los pocos a los que amé, la de aquellos a quienes admiré e igual perdí.

¡Aun así la mayoría me son tan ajenos! Incluso si con el paso del tiempo me van acostumbrando a su presencia sé que no formaron parte de mí. Pero he descubierto que hacen aquí. Son los muertos de mi vida, de toda mi vida; los que brevemente advertí y luego desaparecieron; los nombres que escuché, qué leí y felizmente ignoré; los muertos que no lloré teniendo que haberlo hecho; incluso los que sólo deseé encontrar desplomados.

Ocasionalmente alguno se ha atrevido a hacer más que errar y lamentarse, me ha cantado absurdos al oído para que yo vuelva a la inconsciencia y él tome aquello por lo que vino. Alguno se ha sentado a mi lado y ha acariciado suavemente mi semblante. Algún otro me grita palabras de odio, me amenaza sin verme porque todavía es débil. Todos son débiles. Son los vestigios de sus propias historias alimentándose de la mía.

Creo que me esperan. Esperan que salde mis deudas, que pague por las carencias de mi inerte existencia. Esperan que vaya voluntariamente con ellos antes de que tomen todo de mí. Creo que yo también he empezado a anhelarlo, también espero que lleguen una última noche y me miren y yo los mire, que me abracen, que me tomen de la mano y yo me sienta por fin en casa.

 

 

Escrito por Minerva Martínez

(Ciudad de México, 1992)
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