Nombrada como niño

La guerra no levanta banderas, no tiene bandos, ni causas justas, es solo la forma, el cuerpo de la destrucción. Así ha sido siempre, una vez que el monstruo despierta la muerte multiplica su cosecha y la tierra queda abierta, ultrajada, rota de oscuridad.
Ahora este país es un lento declinar hacia el silencio, los vientos que levantan la arena entierran las pocas voces que se resisten al olvido.
Las casas rotas y vacías son como ojos huecos que miran hacia el pasado, cuando el pasto crecía y el agua del río se podía beber.
Mi madre me vistió y me nombró como un niño, yo andaba junto a ella por las ruinas de todos los poblados tratando de sobrevivir, nunca conseguimos ayuda y el hambre fue tan violenta que nuestro sueño más deseado era morir en ese instante.
Recuerdo el día que el ejército cocino para los aldeanos, mi madre corrió para que al menos yo pudiera comer un poco y aunque quedaba comida en el caldero enorme ya no había platos. Ella extendió las manos y pidió que se le sirviera, los soldados se opusieron al principio porque el estofado estaba muy caliente, pero insistió tanto que no les quedó otra opción más que hacer lo que pedía, gimió de dolor al principio pero después se contuvo.
-Come despacio, está caliente- me dijo mientras se acercaba para que yo siendo una niña vestida y nombrada como niño comiera del cuenco de sus manos, como cuando no había guerra y a mi madre no se le marcaba la violencia en los huesos y yo me sentaba en la mesa junto a mi padre.

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