Los más antiguos testimonios de cartas que han llegado hasta nuestros días, son menos de una decena de textos en griego clásico escritos con incisiones sobre pequeñas y delgadas láminas de plomo que se encontraron enrolladas. Cronológicamente se pueden atribuir al período entre los siglos VI y IV a.C. y han sido encontradas en distintas áreas de la Europa mediterránea, desde España al sur de Francia y desde Atenas al Ponto Euxino. Los textos son, por lo general, breves y ocupan unas pocas líneas dispuestas casi siempre paralelamente al lado más largo de una de las caras de la lámina, con las señas del destinatario en el centro de la otra; solo en unos pocos casos el texto pasa a la cara posterior. Lo que de inmediato llama la atención en estos ejemplos tan antiguos es la total falta de influencia de la milenaria tradición epistolar de las antiguas civilizaciones del Cercano Oriente que usaban exclusivamente tablillas de arcilla fresca, sobre las cuales se escribía raspando con un cálamo y que después se conocían, como también en las prácticas de escritura semejante, influidas por aquellos modelos asiáticos propios de las civilizaciones minoicas y micénicas que por lo que sabemos, estaban limitadas al ámbito administrativo y contable, con exclusión del privado y epistolar.

La elección del plomo como soporte para la escritura y la costumbre de enrollas la lámina sobre sí misma para su envío, nos remiten de inmediato a otra tipología de mensaje escrito, de naturaleza mágica, usado durante mucho tiempo en el mundo grecorromano, aunque solo contamos con testimonios de períodos posteriores: las llamadas tabellae defixionum, de idénticas características materiales, que consistían en pedidos de intervención dirigidos por individuos a difuntos o a divinidades infernales para que sus deseos fueran cumplidos; los rollos de plomo se echaban en las tumbas para facilitar su despacho a sus presuntos destinatarios.

Ante la pregunta de quién escribía estas cartas, está claro que las escribían sus mismos remitentes alfabetizados y que en algunos casos, se recurría a verdaderos delegados de escritura, profesionales o no, capaces de escribir por medio de incisiones y para quienes el uso de láminas de plomo resultaba habitual. La buena composición del escrito, la corrección gráfica y lingüística de los textos, la utilización de recursos como el sistema bustrófedon, pueden confirmar esta posible interpretación. Por otra parte, también es cierto que las excavaciones en el ágora de Atenas sacaron a la luz vívidos testimonios de la misma época, textos brevísimos y concisos, incisos rápidamente sobre terracota que contenían órdenes, disposiciones o pedidos del tipo: Muchacho, llévale más sillones a Phalantos. o también Eumelis, ven lo más pronto posible. Estos testimonios más antiguos, realizados en formas y con técnicas de ejecución cada vez más raras en la producción epistolar del mundo mediterráneo, nos inducen a recordar que las prácticas de escritura habituales en las civilizaciones del Cercano Oriente antiguo y mediterráneo, no solo recurrían a diversas técnicas de ejecución, sino también a la utilización de distintos instrumentos y de diferentes materiales.

En en Antiguo Egipto, el reinado de la dinastía ptolemaica en la época helenística, entre los siglos IV y I a.C., representa el primer ejemplo documentado que conocemos de un  Estado autónomo y minuciosamente burocratizado y un Estado constituido de este modo funcionaba entonces y siguió funcionando más tarde, en la época tardomedieval y en el mundo moderno y contemporáneo, solo gracias a una continua producción de documentos escritos y de una tupida red de mensajes escritos y enviados a destino, que vinculaban el centro con la periferia y viceversa, y los mismos centros menores y periféricos entre sí, de modo que puede ser definido legítimamente como un Estado en permanente autocorrespondencia, lo cual queda confirmado en un pormenorizado memorándum de un alto funcionario de Alejandría de la segunda mitad del siglo     III a. C. en el cual se afirma: Es necesario que todo sea regulado por medio de órdenes escritas.

La cantidad de cartas latinas es básicamente menor que las escritas en lengua griega. Las cartas latinas parecen constituir la prerrogativa de escribas que pertenecen o están vinculados directa o indirectamente al aparato de ocupación y de gobierno imperial, administrativo, judicial y sobre todo militar. La documentación original que ha llegado hasta nosotros, se vuelve más rica y variada a partir del siglo I d.C., y aún más al pasar al siglo siguiente, en tiempos del emperador Trajano y del reinado inmediatamente posterior de Adriano. Veinte años que registran paralelamente a un animado y general desarrollo económico del bloque imperial, una mayor alfabetización y del uso de la escritura en todos los niveles y para todos los fines, desde los administrativos y judiciales a los conmemorativos y comunicativos. De este modo subiste un vivo testimonio en el epistolario de Plinio el Joven.

Más tarde, entre los siglos III y IV, se verificó una importante evolución y transformación en el terreno de las formas gráficas griegas y latinas, llevadas por el uso, a convertirse progresivamente en cursivas y en consecuencia, a cambiar sustancialmente de naturaleza y estructura, de mayúsculas a minúsculas, tanto para la escritura cotidiana como para la más elevada y formal del tipo cancilleres y librario. Una transformación tan lenta y progresiva no modificó, ni en el mundo griego ni en el latino, los modos ni las formas de escribir cartas, sino que condujo a ambos sistemas gráficos a una común organización de formas y de estilo.

En el mismo período, comienzas a aparecer las primeras cartas que por sus evidentes características intrínsecas y extrínsecas pueden considerarse cristianas y es la primera vez que nos encontramos ante la irrupción, en el campo epistolar, de un complejo factor ideológico y cultural que tiende a modificar radicalmente no solo el lenguaje, sino también los modos y las formas de la correspondencia escrita.

Del período entre la época gregoriana y el renacimiento carolingio no quedan prácticamente testimonios directos. En el período carolingio el procedimiento casi absoluto del clero en el ejercicio de la comunicación  escrita, introdujo por lo general al uso epistolar de un único material: el pergamino. En el mismo período se fueron formando y fijando en forma libraria algunos epistolarios de los principales intelectuales del mundo carolingio y poscarolingio, todos por distintos motivos vinculados a la corte de los francos y religiosos por su estatus y por su cultura. Sin embargo, de ellos no nos ha llegado ninguna carta original.

Otro de los aspectos que diferencian la epistolografía latina de la Alta Edad Media de la del período precedente, es la disminución progresiva de la presencia femenina. Entre los siglos VII y XI, la participación de las mujeres en el flujo de la comunicación escrita se vuelve ocasional y está limitada a casos de trascendencia política. Aquí también debemos resaltar un fenómeno paralelo, el empobrecimiento cultural del universo gráfico del Occidente latino, constituido por la renuncia al conocimiento y al uso de su otra lengua, el griego, en todos los campos, pero sobre todo en el epistolar.

En los umbrales del siglo XI, el siglo de la lucha entre la Iglesia y el Imperio, de la reforma gregoriana de la Iglesia y del primer desarrollo de las ciudades, del crecimiento demográfico y de la recuperación económica europea, mucho episodios nos dan la pauta de que en el fervor de los enfrentamientos políticos, ideológicos y sociales, siempre en expansión cada vez más encendidos, la producción y el intercambio de correspondencia escrita, aun estrictamente en lengua latina, volvieron después de muchos siglos a desempeñar un papel decisivo en todos los niveles de la vida civil. Al mismo tiempo, en toda Europa, se desarrolló una tendencia paralela y complementaria a la expansión sociocultural del instrumento epistolar: la de la conservación ordenada de las cartas recibidas que permitió la supervivencia de importantes depósitos epistolares.

Entre los siglos XII y XIII maduran en toda Europa y en particular en Italia, una serie de procesos que se habían iniciado con anterioridad. El cuadro general de la escritura y de los escrito enriquece con nuevos productos, no solo de cartas, sino de documentos con valor jurídico, públicos, semipúblicos y privados, de una nueva organización y participación de los individuos en la vida social.

El siglo XVI es considerado el siglo del libro impreso, pero también es el siglo de un fuerte crecimiento de la escritura manuscrita. Esta revolución fue ocasionada y caracterizada por muchos factores:

  • Un proceso de alfabelitazición general favorecida por la creación de nuevas escuelas elementales y la progresiva normalización ortográfica.
  • La adopción generalizada de las respectivas lenguas vulgares por parte de un número creciente de clase media baja.
  • La movilidad cada vez mayor de la población por distintas causas, desde el trabajo al desarrollo edilicio de las ciudades más grandes con el consiguiente aumento de oportunidades de recurrir al medio epistolar para mantenerse en contacto con la familia, los amigos, el lugar de origen.
  • La participación cada vez mayor de las mujeres en el proceso de la comunicación escrita.
  • La publicación y difusión, a través de la imprenta, de manuales de escritura en lenguas vulgares y recopilación de modelos de cartas en lenguas vulgares.
  • La conservación de un número cada vez mayor de correspondencia.

En general, la producción epistolar del período presentó en toda Europa, características formales y de fondo de notable novedad respecto de las medievales:

  • La afirmación del papel comunico soporte material de la mayoría de los mensajes, con la consecuencia de la adopción de formatos estandarizados y el empleo generalizado de los sellos de cera impresos.
  • La progresiva adopción de dos tipografías gráficas cursivas distintas y contrapuestas: la cancilleres itálica de origen italiano culto y la bastarda cursiva de derivación gótica, sobre todo en las regiones del norte de Europa.
  • Un nuevo modo de firmar de propia mano por parte de los soberanos, nobles y otras autoridades públicas.
  • La extrema formalización gráfica y material de las cartas producidas la cancillería de Estado o por cualquier oficina pública.
  • El uso alternado de las dos lenguas epistolares: el latín y el respectivo vulgar por parte de las personas pertenecientes a la clase ilustrada.
  • Un creciente formalización general, gráfica, material y textual ocasionado por la influencia de los tratados de escritura impresos cada vez más numerosos.

En definitiva, podemos afirmar que la carta moderna nace en el siglo XVI.

Ya entre los siglos XVII y XVIII, en toda Europa, en Sudamérica y también en las colonias americanas de Inglaterra, la masa de correspondencia estaba constituida por remitentes a destinatarios no profesionales, de nivel sociocultural medio bajo, que adoptaban cada vez con mayor frecuencia el medio epistolar para mantener un contacto afectivo o de intereses económicos con destinatarios tanto próximos como lejanos. La utilización de la correspondencia escrita involucró cada vez mayor cantidad de alfabetizados, hombres y mujeres en las áreas urbanas europeas y americanas, debido a dos causas distintas: por la progresiva tendencia a la burocratización de las instituciones estatales y locales y por la creciente necesidad de aprender a escribir para responder a las exigencias documentarlas de la administración pública, cada vez más presente e invasoras en la vida común.

El siglo XIX se diferencia notablemente del pasado y supone una transformación de las cartas típicas:

  • La invención y la difusión rapidísima del sobre, que permitía el uso del sello y garantizaba una mayor protección del secreto epistolar.
  • La introducción de las estampilla con la consiguiente pago de la tasa postal en el punto de partida.
  • La difusión progresiva del uso del papel de carta más fino en relación con el del pasado y cada vez más a menudo de color.
  • La adopción paralela de tintas del color en lugar de la negra.
  • La invención de la pluma de acero, cuya punta no podía ser modificada y manejada por el escribiente a su gusto.
  • La gradual reducción del espacio de separación entre la formula inicial de saludo y de encabezamiento y el texto.
  • La gradual sustitución del desplazamiento hacia afuera de las primeras palabras, típico de la Edad Media, por un breve espacio habitual hasta el día de hoy.

El perdía que va de la Primera Guerra Mundial al surgimiento de nuevas y revolucionarias formas de correspondencia es verdaderamente un siglo corto, aunque rico en acontecimientos y cambios; pero es también el período en el cual la correspondencia escrita a mano, después de dos milenios y medio de activa presencia en la civilización occidental, llega a fines del siglo XX a un final que se configura al mismo tiempo como muerte y transfiguración del fenómeno expresivo en su conjunto, caracterizado simultáneamente por la máxima difusión sociocultural y por la adopción de nuevas formas y funciones. En el transcurso del siglo XX, como natural consecuencia de un privilegio conquistado y consolidado, la clase burguesa occidental supo plasmar y utilizar para sus objetivos de predominio económico y político el instrumento epistolar en todos sus niveles. También la comunicación escrita entre los profesionales cultos asumió en algunos casos, en todas las áreas lingüísticas y culturales de Occidente, una característica particular derivada de la rígida jerarquización de las estructuras universitarias. El siglo XX, tan cercano a nosotros, es probablemente el siglo que ha producido y conservado, el mayor número de cartas extraordinarias, que una cantidad cada vez mayor de investigadores, están rastreando, salvando y dando a conocer a un público cada vez más interesado y numeroso.

Con lo que respecta a la actualidad, la correspondencia escrita sobre papel ha sido sustituido por el correo electrónico, creado en 1971 por un ingeniero informático estadounidense, Ray Tomlinson. El cambio radical que el nuevo instrumento electivo de comunicación ha implantado en el mundo contemporáneo avanzado, también incide inevitablemente en la estructura y en la formulación de las comunicaciones escritas. Se ignora el tradicional y milenario esquema textual de la carta occidental y el texto queda reducido al mínimo. Es evidente que este sustancial empobrecimiento textual de la expresión epistolar no se debe en sí mismo al medio electrónico, sino que se le puede adjudicar a otras características propias del mundo contemporáneo desarrollado: el mito de la rapidez y la concisión comunicativa, propio del sistema capitalista-financiero internacional, la fascinación irresistible del dominio de un mecanismo tecnológicamente avanzado, el empobrecimiento cultural progresivo de los sistemas educativos, desde las escuelas elementales a la universidad. A estas características negativas podemos agregarle la atracción de la posibilidad de un intercambio inmediato de expresiones o de noticias, que tiene el poder de abolir el tiempo y el espacio.

La aparición, la difusión y las características formales y lingüísticas de este nuevo sistema comunicativo constituyen una auténtica revolución, cuyos efectos futuros todavía no podemos prever. No obstante, la correspondencia escrita a mano todavía conserva en algunos ámbitos de uno propios, su específica e insustituible funcionalidad, incluso en las sociedades avanzadas del mundo contemporáneo, sobre todo, en el ámbito de las relaciones familiares de vida en común: breves mensajes de advertencia escritos a mano y listas de cosas para hacer. Sin embargo, estos y otros indicios, nos permiten reconocer que la correspondencia tradicional sigue obstinadamente tratando de conservar su vitalidad.

 

Bibliografía:

  • PETRUCCI, Armando. Escribir cartas, una historia milenaria. AMPERSAND. 2018.

Escrito por Lia Katselashvili

Nací el 29 de enero de 1988 en Tbilisi (Georgia). Desde pequeña me apasionaba la lectura y acabé estudiando Filología hispánica. Tengo publicados dos libros “Diccionario etimológico de nombres y palabras bíblicos” (2008) y “El “catálogo de las lenguas del mundo” del abate Lorenzo Hervás Panduro y los caldeos-kartvelios de Zenaare” (2014).