Sigue siendo un misterio aún hoy en día, casi ochenta años más tarde de su escritura, la estética y la lírica que surgen en Poeta en Nueva York. La crítica biografista tiende a asociar la complejidad de sus poemas con una etapa de crisis vivencial del poeta granadino, sin embargo, la poética del corpus va mucho más allá que un simple volcado psicológico. Poeta en Nueva York es un verdadero mundo literario, un crisol vanguardista que arrastra parte de la tradición popular andaluza recogida en El romancero gitano.

La distribución misma de las composiciones dentro del poemario es también aún hoy tema controvertido: García Lorca entregó el manuscrito mecanografiado y corregido a mano a José Bergamín poco antes de ser asesinado. Este se lo llevó consigo al exilio, a Francia primero y después a México, donde finalmente lo publicó, en 1940. La obra apareció simultáneamente en México, la conocida edición Séneca, y en Estados Unidos, la edición de Norton, y misteriosamente hay entre ellas múltiples variaciones: mayúsculas, minúsculas y hasta la colocación de un poema en uno u otro apartado de los diez que lo componen. Así pues, un análisis formalista del poemario es también difícil tarea de reconstrucción.

Con todo, el recorrido que trazan las secciones sí parece bastante claro y muestra lo que el mismo autor define como «la visión estereotipada de un viajero que se siente perdido en la gran ciudad y busca alivio en el campo, sintiéndose feliz al abandonar la metrópolis». De ahí el desplazamiento del tono del yo lírico desde la sección primera, «Poemas de la soledad en Columbia University», hasta la sección novena y décima, respectivamente la «Huida de Nueva York» y «El poeta llega a La Habana». Los primeros los domina una angustia que va in crescendo y que forma, a través de todas las composiciones, un poliedro polifacético que escarba esta ansiedad social desde múltiples puntos de vista: el rechazo a los negros (vinculado sin duda al gitano del Romancero), la ruptura de un amor, la visión de una marea humana que se mueve alienada… La alegría y el festejo se le contraponen en el tono jovial que marca las últimas composiciones como el «Son de negros en Cuba».

La angustia por la multitud remite sin demasiada complicación a la vanguardia expresionista. Si partimos de la diferenciación que hace Guillermo de Torre en Historia de las vanguardias entre impresionismo y expresionismo, este queda definido como un crisol, frente al espejo impresionista que, en realidad, no deja de representar algo que le es exterior. De Torre afirma: «Aquello que fue representación de un trozo de realidad se convierte ahora en representación de un trozo de interioridad: lo que antes era una atención humilde al lenguaje del objeto se convierte ahora en una visión interna a fin de desprenderse del objeto y redimirse en esta.».

Esto parece especialmente evidente en la tercera sección, «Calles y sueños»: el yo lírico no habla de la ciudad en sí, pese a la retórica de los títulos «Paisaje de la multitud que (vomita 1 y orina 2)», sino de su interioridad. Muestra un mundo atormentado, invadido por presencias dionisíacas, de ultratumba, que surgen como un sujeto escindido y atravesado por fuerzas que, lejos de serle ajenas, son lo único que le sostiene. La crítica al capitalismo, a la prisa y la fruición del nuevo mundo, es irrevocable: la figura de la mujer gorda «enemiga de la luna» que «venía delante arrancando las raíces» y “dejaba por los rincones pequeñas calaveras de paloma» (Paisaje de la multitud que vomita). Todo apunta a un apocalipsis ya no tan distópico, que parece hacerse presente y del que, sin duda, no se puede huir «y al que le duele su dolor le dolerá sin descanso/ y el que teme la muerte la llevará sobre los hombros» (Ciudad sin sueño). El pathos condenatorio, la fuerza ingobernable nietzscheana que se opone radicalmente a la poesía de la tierra que reivindicaba en el Romancero y que parece verse reflejada en esas raíces que la mujer gorda arranca.

En este nuevo (viejo, en realidad, llevado hasta el límite) mundo invadido por criaturas descontextualizadas según el paradigma lógico-causal, resuena también el surrealismo. Virgina Higginbotham, en su ensayo «Reflejos de Lautremont en Poeta en Nueva York» crea un vínculo entre las criaturas animales del poemario, que tienden a aparecer o bien ejerciendo violencia hacia el ser humano, o bien ya muertas por él, con Les chants de Maldolor, protosurrealista.

Ambos muestran «un mundo enemigo en que los seres humanos viven a costa de otras criaturas» y presentan al hombre como culpable por su falta de simpatía a otras formas de vida. Esto es claramente visible en «Nueva York: Oficina y denuncia» («Yo denuncio a toda la gente, / que ignora la otra mitad…») y sigue recorriendo el poemario con «Luna y panorama de los insectos», donde se muestra una visión desastrosa muy próxima a Lautrémont, en que el hombre será atormentado por una multitud de insectos, así como en «Ciudad sin sueño», donde la amenaza castigadora proviene de iguanas, cocodrilos, caballos, hormigas…

Más allá del foco animal que lo vincula con Lautrémont, la presencia del surrealismo es difícilmente separable del poemario que parece, a modo de la película Un chien andalou (de título no casual, pero eso es tema de otra reseña), mostrar las pesadillas de un subconsciente atormentado, que no cesa de trabajar y problematizar su exterior.

Esto parece establecer, de alguna manera y aun a riesgo de forzar el vínculo, una relación con el inicio y la poética del Nadja de Breton, publicado por primera vez en 1928.  En esta primera parte de la novela (esta sí puramente surrealista), se muestran los lugares decadentes y fantasmagóricos por donde andan los intelectuales del París de los años 20. Crea un clima, una atmósfera y estado de ánimo para adentrarnos más adelante: rompe la cronología, una realidad que frota la lógica no-lógica del surrealismo. Asimismo, elude toda descripción, que, según juzga Breton, es inútil (el lenguaje referencial nunca lo es) y en su lugar coloca fotografías intercaladas. Del mismo modo y como ya hemos visto, el sujeto lírico de Poeta en Nueva York utiliza los exteriores para hablar de su(s) interior(es) y coloca una serie de dieciocho ilustraciones fotográficas intercaladas, que, sin embargo, no se añadieron hasta la primera edición de la Editorial Cátedra en 1988.

Es Poeta en Nueva York un poemario infinito, un collage dadaísta que recopila las vanguardias, un crisol que reúne tradición granadina con la estética más rompedora, para componer, al fin, un caleidoscopio de infinitos reflejos e infinitas perspectivas, nunca terminadas, nunca terminables…

Escrito por Laura Benedicto

Nació en Barcelona, España, en 1999. Actualmente cursa la carrera de Estudios Literarios en la Universidad de Barcelona (UB), donde trabaja la teoría literaria y la literatura comparada. Además, forma parte del Círculo de Escritura y Crítica (CEC) y se inicia en las artes plásticas. Es colaboradora habitual de la revista y plataforma online Liberoamerica, donde publica reseñas críticas de libros y escribe en su blog personal (cafesobrelamesa.wordpress.com). En 2016 fue finalista en el Concurso Nacional "Jóvenes Susurros", en la modalidad de relato corto. "Arte como único lenguaje en la vida."